Sueño de Sirena

Amanecía despacio. El horizonte se destilaba en rumores rojos que palpitaban lejanos tras el infinito marino. Las olas, leves y sosegadas, arrastraban hacia la playa los primeros brotes de luz diurna transformando la oscuridad salada en un silente estanque azuloso, derramado a merced del tiempo sobre el torso desnudo de la arena.

Así, llegaste tú. En una barquita blanca de dos remos, que a ritmo de barcarola trazaba la estela que habría de dejarte sobre la playa. La misma playa que habría de juntar el roce de tus dedos con el goce de mi espalda, el saber de tus manos con el pudor de mi vientre, las heridas de tu cuerpo con el éter de mi alma.
Quizá cansado decidiste tomar asiento sobre la arenosa alfombra, cada vez más blanquecina, y respirar con los ojos cerrados de aquella brisa templada que enardecía el coral de tu cabello. Para entonces, yo ya te sentía. Con las piernas abiertas y los brazos en cruz, dejaste yacer la espalda contra la arena. De tus miembros todavía mojados, hileras de acuosas estalactitas saltaban nerviosas hasta la sílice fina y cálida donde descansabas. Quién no hubiera perdido la mirada tras el rastro de cada una de las gotas que con minúsculas caricias rapelaban desde tu torso hasta tu espalda. De haberme sido posible, hubiese imitado con cada uno de mis dedos los innumerables caminos que el agua abría sobre tu cuerpo. Secado después alguno de ellos con el inminente afán de mis labios de apretarse contra tu carne y posado más tarde sobre los tuyos un beso salado, suave e interminable. Dormías.
Cientos de yemas solares, mimosas y agasajadas, declararon batalla en tus párpados y así, poquito a poco, fuiste abriendo los ojos. Dos velas curtidas de marinero que apostillaban con su mirar, profundo y sereno, el eterno viaje de su destino.
Decidiste caminar. Lentamente y casi desnudo. Ocultando tu cuerpo tras unos pantalones que apenas alcanzaban las rodillas. De haberte podido mirar lo hubiera hecho sin descanso. Demorando cada pestañeo. Absorbiendo para mi, el suculento peso de tus piernas. Galopando con las córneas sobre la estepa indomable de tu abdomen. Inyectando en mis pupilas el perfil abrupto de tus carnes. El sutil movimiento de los músculos de tu pecho, ancho, robusto y entregado. Arañando mil veces el cuero terso y febril de tu espalda con la negrura incandescente de mis iris. Violándote con los ojos. Sí, de haber podido mirarte, te hubiera violado.
Imaginé tus pisadas como tambores sobre el coso marino. Sentí la necesidad de abdicar bajo ellas. De crecer por tus tobillos como una hiedra insatisfecha y esparcir los sarmientos, muslos arriba, hasta alcanzar la culminante caricia de tu espina dorsal. Si mis uñas hubiesen sido, habrían sido lenguas de nácar. Diez lenguas de nácar que mecidas a voluntad del deseo habrían trepado por el jugoso acantilado de tu cuello. Viril. Vigoroso. Enérgico. Envolviéndolo en un susurro de sensualidad que habría de extenderse por cada uno de los miembros de tu cuerpo, mientras mis nácares todavía contra tu carne, se habrían de deslizar desde la cumbre de tu nuca hasta el perfil atrevido y provocador de la exótica sábana de tus glúteos. Navegando sobre el carnoso oleaje de tu espalda en una dócil y estimulante fricción serpenteada. Saboreando cada tesoro de tu musculatura. Fibrosa y morena. Viva. Acalorada. Dejándose resbalar lentas por detrás de tus omoplatos. Degustando cada milímetro de tu tronco con la impaciencia paciente de quien sabe que cada momento que pase no ha de volver. Diez colmillos sedientos que a fuerza de excitarse con el olor de tu hombría habrían acabado clavándome a ti.
El sol orbitaba. Ya se mostraba entero, como un lunar de cien fuegos. El paisaje ardía en colores. Millones de lentejuelas, caóticas y vandálicas, descomponían el mar en un calidoscopio de luces y sombras que trasegaban las aguas y hacían coruscar los barros.
La línea del horizonte sangraba magenta. Un par de nubes se tintaban distraídas del beso de Eos. En la escollera, el oleaje, dócil y blando, se hacía vino. La espuma, rosácea, parecía tratar de recorrer el geométrico laberinto de los cubos de granito, que puntiagudos y gigantescos, contestaban con quietud a la salitrada corriente sanguínea. Entonces, te detuviste. Bajaste la cabeza y observaste la arena. Fue ahí y en ese mismo instante donde los dos supimos que habríamos de encontrarnos.
Con una de las tantas ramas que el océano había decidido varar, trazaste sobre la arena unos cuantos surcos. Bosquejaste los pliegues de mi volumen. Me buscaste bajo el manto silíceo imaginando ya mi cuerpo. Las medidas de mis miembros, la largura de mi tronco, la tensión de mi nuca, la extensión de mis cabellos…
Por fin me viste y claro que sí, me miraste. Oíste claro el susurro febril de mis labios que por detrás de tu oreja parecía desvanecerse en el eco insinuante de un gemido entrecortado.
Lo primero que hicieron tus manos fue retirar la arena blanca de la superficie. Tus dedos se ahondaban en ella firmes, rápidos, vigorosos, como dos herramientas incansables de carne curtida que buscaran impacientes desnudarme de los paños inertes de la tierra seca. Yo te sentía cada vez más cerca y de vez en cuando, un escalofrío me apretaba las piernas con la sola idea de imaginar el roce de alguna de tus yemas en mi cuello, en mi pecho, en mi abdomen…
Tus dedos, templados a las caricias de un sol de cobre, proseguían penetrando rígidos en las diminutas dunas, faenando en despojarme de aquel velo de polvo que me separaba de tu abrazo. Me gustaba mirar con que firmeza entraban y salían de la arena e intuirlos cada vez más cerca de mi piel, más dentro de mi. Una oleada de calor me ascendió desde las rodillas inundándome de fiebre los muslos, invadiéndome de hambre las ingles, rodeándome por las caderas para bifurcarse más tarde en mis pechos ya nerviosos y excitados.
Yo empezaba a romper el cascarón de aquel pedestal de barro que fue mi esencia y algunas partes de mi anatomía ya se distinguían de entre el terruño, aunque no estuvieran del todo matizadas.
Resuelto en no darte descanso en la tarea de labrar mi silueta, comenzaste a jadear tenue y apaciblemente. Escucharte sonrojó mis mejillas y separó mis labios. Deseaba encontrarme con el aire caliente que bullía en tu garganta y necesitaba oírlo esparcirse bajo mis lóbulos. Decidí respirar contigo. Espirar a tu compás. Contestar a tus jadeos. Una vez tú, otra vez yo, una vez tú, otra vez yo…
Me esculpiste desnuda. Recostada. Con una mano cubriéndome el pubis y la otra sujetando la cabeza. Un hermoso cuerpo de mujer de cuello sedoso y hombros ligeros. Espalda tersa y pecho apuntalado. Baile exótico en el vientre y más abajo, las carnosas tentaciones de Venus escondiéndose tras la caricia de cinco dedos. Dispuesta. Apetecible. Con la cintura inquieta y los muslos impacientes. Las nalgas provechosas y tan tentadoras como tentadas, las jugosas ingles. Me sentía orgullosamente femenina y cada vez más libre de aquella mortaja terrosa sobre la cual tallabas mi contorno y esperaba impaciente amotinarme contra tu boca una vez acabaras de pulirme.
Sin embargo, no habrías de concederme tan bella oportunidad. Y al acabar de dar forma a las sibilinas curvas de mis muslos, se detuvieron tus manos en mis rodillas. Sorprendida, pude observar como iniciabas la talla de decenas de escamas sobre la arena de mis tibias y en lugar de en dos traviesos e insinuantes piececitos, convergían mis piernas en una aleta caudal de criatura marina que habría de negarme el movimiento para siempre. Condenándome a la eterna quietud, al infinito reposo. Por un momento cada uno de mis sabulosos átomos creyó derrumbarse de ira. Acababas de vedarme el aliento divino que de su hombre espera cada mujer. De prohibirme la voluptuosidad que cada piel espera de otra piel, cada carne de otra carne, cada sangre de otra sangre. Se sumieron mis pensamientos en cólera. Enajenaron mis vísceras. Enfureció mi corazón terroso y un abismo de ira chasqueó a lo largo de toda mi amplitud derramando en forma de lágrima todo el amor que te venía jurando. Una lágrima concentrada de pasiones sin mesura que tú ni siquiera percibiste. Una perla de arena salada que secó mis entrañas. Quebró mis latidos y agrió mi saliva. Una semilla de vehemencias muertas que hubo de hacerse a la nada contra el universo de sílice de la playa.
Te separaste unos metros para observarme mejor. Luego me rodeaste dos, tres, cuatro veces, escrutando hasta el último detalle de mi anatomía. Yo no podía mirarte. Hacía rato que había cerrado los ojos y no tenía intención de abrirlos. Quería olvidarte. Borrar de mi memoria tu rostro, sacarte para siempre de mi. Te despediste besándome tres veces. La primera en la frente, la segunda en la boca y la tercera ronroneándome al oído lo hiciste detrás del lóbulo de una de mis orejas. Volví a enloquecer. El tacto cálido de tus labios licuó mi médula durante unos segundos. Mi cuello se contrajo y los hombros subieron hasta la barbilla. La brisa de tu aliento imantó mis lóbulos al tiempo que un torrente carnívoro y visceral se desbordaba desnudo y voraz sobre la abertura vertical de mi nuca. Mi cuerpo se tensó de cintura para abajo. Buscaba enloquecida el tiento de tus manos, el calor de tu experiencia. Anhelaba con cierto masoquismo poder separar los muslos, cosa que mi naturaleza de sirena se encargaba de reprimirme. Necesitaba abrirme por entera a tus apetitos. Mi pelvis se dilataba y contraía buscando impetuosa tu calentura con lascivos movimientos circulares. Una y otra vez. Incansablemente. Galopando sobre un caballo invisible que acrecentaba mi impaciencia y proponía un leve gemido en lo profundo de mi garganta.
Bastó el rozamiento del aire que supo colarse entre los dedos de mi mano, para que mi pubis, codicioso y despojado, se abriese por entero a los deleites de la libido. Un agónico estertor escapó de mi boca al tiempo que un disparo de éxtasis líquido se derramaba por el interior de mi espalda salivándome las ingles y empapando mi bajo vientre.

No te he vuelto a ver. Cada noche, desde aquel día, pido a la luna de las mareas te haga regresar en una barquita blanca de dos remos, que a ritmo de barcarola trace la estela que haya de dejarte sobre la playa. La misma playa que haya de juntar el roce de tus dedos con el goce de mi espalda, el saber de tus manos con el pudor de mi vientre, las heridas de tu cuerpo con el éter de mi alma.

Autora: Idoia Josue

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