Renacimiento

Sucedió un día o sucederá. Quién sabe en que espacio, en qué tiempo. En un monasterio taoísta de tradición bibliotecaria. Donde durante años se habían acumulado estudios e información sobre los orígenes y evolución de la humanidad. Sobre sus quehaceres y sus historias.

Hacia más de 100 años que el monasterio había quedado aislado debido a un derrumbe, en el único camino que a través de un desfiladero daba  acceso a la biblioteca excavada en la roca y que como una gran catedral se extendía en balconadas, por las paredes de una gran falla.

En la sala de reuniones, en otros tiempos tan habitada y dinamizada por la asiduidad de peregrinos estudiosos y mensajeros de todos los reinos, se reunieron el monje más anciano del monasterio, Chen Fu y su mujer, Lian Shi. Dos ancianos de un largo caminar juntos a lo largo y ancho del mundo, hasta que asentaron su cotidianeidad en aquel monasterio.

La anciana volvía de hacer un riguroso inventario y análisis de la situación.

Después del duro invierno y la larga sequía tenía sus dudas de que con las escasas reservas pudieran sobrevivir al próximo invierno.

Se sentaron durante largo tiempo a meditar.

Al terminar,  habían percibido perfectamente el final del camino y después de reflexionar un rato, el anciano expreso a su compañera lo que parecía evidente que había que hacer:

abandonar el monasterio.

Ya solo quedaban 5 monjes contando con ellos dos.

La pequeña Liu, el tenaz Goang y el viejo y sonriente Rein, eran los sobrevivientes de una comunidad olvidada y abandonada por el mundo exterior.

El anciano Chen Fu reunió a todos en la sala y explicó a cada uno la difícil tarea que les esperaba.

Los tres más jóvenes tendrían que escalar el muro y volver al mundo a difundir el claro mensaje que aquella biblioteca siempre trato de seguir.

Y en caso de conseguirlo, de alguna manera encontrar un nuevo lugar, para renacer en una nueva biblioteca.

El anciano tenía un plan y  explicó a cada uno la dirección a seguir para llegar a encontrar ese lugar de renacimiento.

 

La pequeña Liu se dirigiría hacia el Este. Allí donde nacen los seres. Donde nace el sol y con su fuerza: la primavera. Buscaría una comunidad para transmitirles el conocimiento de la tierra, sus ciclos y su capacidad de renacer continuamente. Les instruiría en la calma que te lleva a aceptar el cambio continuo. Los más instruídos serían carpinteros, hacedores de puertas. Ellos serían la puerta hacia el nuevo camino que les llevaría a la nueva biblioteca.

Con la conciencia de abrir permanentemente puertas a la creatividad, una vez establecida la comunidad, los más inquietos peregrinarían hacia el Oeste hasta encontrarse con la comunidad fundada en el Oeste, por los dos ancianos mayores.

Surgieron preguntas pero el anciano les invitó a la calma y a escuchar el plan en su totalidad.

 

Goang el tenaz, se dirigiría hacia el sur. Su comunidad sería la de la fraternidad. Su lema, la constancia del trabajo de hombro con hombro que mediante la experiencia compartida crece, como referencia de madurez para este nuevo mundo.

Goang les instruiría en la fuerza de la unión que permite hacer el camino más ligero y claro. Su comunidad sería una comunidad de nómadas que ocuparían toda la extensión del sur.

Los más instruidos serían mensajeros, jinetes de caballos salvajes.

Con la fuerza de la madurez y desde la alegría de la hermandad, su peregrinaje se encaminaría hacia el norte después de haber explorado todo el inmenso sur.

 

El viejo y sonriente Rein, una vez superado el muro buscaría un lugar de recogida en el norte, aunque no tan al norte donde habita el invierno y sus eternos hielos. Un lugar que pudiera adaptarse a la primera biblioteca, aunque no la definitiva.

Donde cultivar el recogimiento previó a la muerte, que enseña a relativizar. Y desde la sabiduría, fortaleciera la humanidad para ser capaz de aceptar sin miedo, la muerte, como el transito al cambio.

En este monasterio se cultivaría el silencio interior, Sería a la vez, una nueva biblioteca donde almacenar la sabiduría de las experiencias de nuestros ancestros y escuela de creaciones y consejos para todos aquellos dispuestos a recoger los legados de los más ancianos. Los más instruidos serían chamanes, maestros de susurros invisibles.

 

Y por fin quedaba el Oeste. Allí se dirigirían la pareja de ancianos. ¿Cómo? Era la pregunta en la mente de todos.

Entonces el anciano les explicó que ellos dos, con la partida de los demás, se sentarían a una última meditación, la del sendero infinito que el último anciano le transmitió antes de abandonar su cuerpo.

Ellos dos irían hacia el oeste al abandonar sus cuerpos mediante su última meditación.

El Oeste, el final de la etapa del cuerpo, allí donde los infinitos pensamientos emulan, al todo, al infinito.

Allí en algún lugar, buscarían alguien receptivo. Capaz de comunicarse con sus ancestros. Dispuesto a comprender que todos somos uno. Todos unidos por intrincados hilos invisibles al ojo no educado.

Un lugar donde se entienda lo absurdo de dañar al otro que soy yo mismo. Un lugar donde está comprensión hiciera más fuerte el mensaje de está segunda biblioteca que no la definitiva. La biblioteca de la memoria de los ancestros, de los espíritus.

 

El plan se fue perfilando y se fueron resolviendo las dudas.

Cuando los peregrinos del Este, aquellos abridores de puertas, se encontraran con la comunidad del Oeste, aquellos médiums de lenguajes infinitos, fundarían un primer monasterio dedicado a cultivar una nueva visión, más allá del cuerpo, más allá de la mente. La puerta y el camino, como símiles de cuerpo y mente unidos en conexión y abiertos a las infinitas posibilidades de la percepción que brinda el mundo de la dualidad, de la luz y la oscuridad que engendra los infinitos seres.

Cuando los peregrinos del sur se encontraran con los peregrinos del norte fundarían monasterios que serían bibliotecas y escuelas a la vez que difundirían la sabiduría a través de los nómadas errantes que entraran y salieran constantemente. Alternando periodos de aprendizaje en introspección, con la constante divulgación mediante sus viajes.

 

Y cuando los peregrinos de los cuatro puntos se encuentren, allí ubicarán la biblioteca que hará renacer el conocimiento de está que abandonamos en materia pero no en espíritu.

Un solo espíritu, un solo mensaje:

“Izan zakizkit ate, maite. Izan nakizun bide”.

 

Poesía final de Joxan Artze. La traducción literal siguiente, no hace justicia a la original:  “Me seas puerta, amor.  Te sea camino”

 

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