KEN (La montaña)

El I ching dice:
Aquietamiento de su espalda, de modo que él ya no siente su cuerpo.
Va a su patio y no ve a su gente.
Montañas, una junto a la otra: la imagen del aquietamiento.
Así el noble no va en sus pensamientos más allá de su situación.

El cuento dice:
La montaña era la hija del cielo y de la tierra.
Por ser una persona tan importante desde el primer día todos en el pueblo la observaron y juzgaron en cada uno de sus actos.
Cuando empezó a andar todos esperaban que cayera porque el día de su nacimiento los signos habían sido contradictorios y la duda había sembrado los corazones.
Justo había dado los primeros pasos cuando impacientes la pusieron delante del puente sobre el abismo: un tronco no más ancho que la espalda de una mujer mediana.
Todo el día permaneció de pie, tranquila, como una montaña inmóvil, semejante a un árbol de grandes raíces que juega con el viento y el sol. No cruzó el puente, pero ningún hombre habría permanecido todo un día, de pie, inmóvil, sin caer desvanecido.
Aquel día no fue suficiente para alejar la duda de algunos.
Siendo adolescente vigilaron la progresión de sus estudios y en la prueba final, la discordancia con su maestro generó no pocos detractores.
Tuvo que abandonar el pueblo con gran dolor por no saber como mostrarles el tamaño de su error.
Comenzó así un viaje donde a pesar de su disciplina y entrega a la meditación para lograr la quietud en cuerpo y alma, los azares de la vida la llevaron de una relación a otra y con ello al sufrimiento de su corazón.
Después de un largo tiempo de rigidez, que no aquietamiento fue madre y entonces recordó el por que de su discordancia con el maestro. La montaña para ser madre tuvo que dejar de ser montaña. Tuvo que dejar de meditar inmóvil para meditar en movimiento. Recordó que el maestro cuando descubrió los síntomas de aquella enfermedad desconocida recomendó el reposo y la meditación como siempre se había hecho.
Ella aconsejó buscar la ayuda de un curandero. Más de la mitad del pueblo murió, incluido el maestro. Ella no podía saber si el curandero habría salvado más vidas pero en aquel entonces fue cuando descubrió que el aquietamiento requería de movimiento para aquietar el movimiento.
Así fue como se lo explicó al volver a su pueblo. Encontró las palabras correctas:
“Una estóica resignación general en cuanto al mundo entero, le confiere a uno la quietud y ventura frente a todos los aspectos en particular”
Al ser madre olvidó su yo para dedicarse al hijo y esta renuncia le recordó que:
uno olvida su yo, para comprender que al girar la tierra, aún quedándose quieto sigue moviéndose y paradójicamente si alguien quiere permanecer en la oscuridad de la noche o en la luz del día por siempre, deberá moverse.
En esencia, la montaña en su quietud es movimiento.
“Una montaña junto a la otra, cada una en su sitio, sin ir en sus pensamientos más allá de su situación, del presente”.
El movimiento desde la quietud en el presente.
Y con estas palabras la montaña logró ser aceptada en el pueblo como la gran hija de la tierra y el cielo que en verdad era.

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