DESTINO

Me habla mi cuerpo. Según dicen, parece que me siento culpable. ¿Será verdad? No me siento culpable. Por si acaso, subo a una montaña de silencio y me observo. No vaya a ser que el buque acorazado en el que a veces despierto, haya tomado el mando una vez más.

¿Qué siento?

Estoy orgulloso de quien soy. Alimento mi imagen. Creo en el placer, más que en el sufrimiento.

Por el horizonte sale un rayo luminoso que crece como el sol al amanecer. Cuando el sol inunda mi cuerpo, veo cómo efectivamente, me siento culpable por haber elegido el camino de la libre elección. La libertad de elegir los pequeños placeres terrenales, sobre la esclavitud del destino, donde uno no puede elegir.

Culpable por aferrarme a lo ilusorio de la vida. El placer de vivir, creyendo en la posibilidad de elegir, cuando entiendo y a veces incluso siento, que en la aceptación y la rendición está el encuentro. El instante presente, de todo lo que es. La unión de todos los seres.

Es en este momento cuando me perdono porque ¿Qué sentido tiene sentirse culpable, si la unicidad no te permite elección?

Acepto el regalo de la vida que me permite elegir, cómo vivir mi destino. Con alegría, con armonía, con amor, con suavidad y compasión, con la abundancia que me ha tocado vivir y con la humildad de que además de ser, mi destino me invita a hacer.

 

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