Ciudad Rocavientos

pueblo pigmeo el dedo diosLa entrada al valle era un desfiladero donde el viento entonaba el susurro de una melodía hipnótica. Los viajeros poco experimentados quedaban dormidos al poco de entrar en el desfiladero.

En Ciudad Rocavientos vivían los mejores escultores musicales del planeta, en ella se guardaban muchos secretos y para nada les gustaban los ladrones de secretos.

La música del viento era su guardiana y las formas de las rocas del desfiladero dejando pasar el viento, se encargaban de crear una música imperceptible al oído común de aquellos que no estuvieran educados para escucharlo.

A la ciudad, solo se podía acceder por aquel desfiladero o  volando y pocos seres en el planeta eran capaces de volar.

En Rocavientos eran escultores, pero también los maestros del aire y los únicos que sabían construir aeroplanos.

Al salir del desfiladero, se accedía a un gran valle que se ensanchaba hasta perder de vista sus límites. En medio emergía una isla, una escultura viviente que con sus muros y torres de roca esculpida en la montaña, hacían la ciudad accesible solo a los iniciados.

En ciudad Rocavientos no se construían instrumentos musicales, sino arquitecturas esculpidas en la roca y con propósitos secretos que cada ciudad le encargaba para salvaguardar sus más preciados tesoros.

Se construían anfiteatros, donde su asientos huecos filtraban y amplificaban hasta el más leve suspiro de los actores y así todos los espectadores pudieran oír con claridad incluso a 20 metros de distancia.

Se construían laberintos de muros deslizantes y también parlantes o así se lo parecía a quien entraba y escuchaba el eco de sus propios pensamientos.

Construían bibliotecas de silencio, donde solo se podía leer o escribir, ya que cualquier palabra se la tragaban las corrientes de vientos que aspiraban hasta los susurros al oreja.

Esculturas que transmitían las conversaciones de la calle y enviaban las palabras a kilómetros de distancia.

La lista de prodigios sería interminable y la fama de esta ciudad había llegado incluso hasta otros universos.

Esa era la razón de que Dedos Ligeros estuviera en la ciudad.  Dedos ligeros era un explorador de musikosmos,  un planeta de otro universo y debía su apodo, a que era un gran pianista, pero también a que era un ladrón de guante blanco.

El prefería el apodo de explorador, pero cuando se encontraba con un misterio, no podía resistirse hasta descubrir su secreto, y eso para los que guardaban los secretos, lo convertían en un ladrón de secretos.

Cuando Dedos Ligeros entró en el desfiladero, debido a su oído absoluto, había escuchado la melodía adormecedora de la entrada y añadiéndole una tonadilla silbada, había transformado el estacato en un alegro y así superó la primera barrera del acceso a la ciudad.

Después subió por una calzada adoquinada que parecía flotar en la nada, ascendiendo en espirales que subían y bajaban entrecruzándose unas con otras y convirtiendo así la escalinata en un laberinto aéreo del que si te caías, nunca más salías del abismo que había debajo.

Después de unas horas perdido, pensó que mejor si intentaba escalar los muros que rodeaban la ciudad, y paró un momento para pensar.

Entonces gracias a su educación musical, pudo escuchar al viento que sostenía la calzada en movimiento  y en el aire, repitiéndose en un ciclo ascendente y descendente  de escalas musicales. Al conocer el ciclo, supo que escala seguía a la siguiente para subir o para bajar y así en los cruces pudo elegir siempre la que subía y salir del laberinto.

Ya en la ciudad Dedos Ligeros se quedó con la boca abierta ante lo que vio.

Parado en mitad de la calle nadie le prestaba atención porque en Ciudad Rocavientos nunca había habido un ladrón y nadie imaginaba que alguien pudiera atravesar sus barreras defensivas.

Las casas que eran todas de piedra, eran ligeras como el viento que las acariciaba. Llenas de huecos. Ventanas y puertas abiertas, cubiertas por plantas, flores o incluso árboles que se expandían o se recogían a su paso si trataba de mirar dentro de las casas.

Una casa sobre otra y sobre otra hacían torres que parecían rascar el cielo.

Puentes sobre puentes, comunicaban casas y calles que hacían sentir al  caminante que paseaba por el cielo, entre nubes que se enganchaban a las torres, a las casas, hidratando a las plantas y luego de un rato seguían su camino.

Sin embargo, lo que más le impactó, fue ver a los habitantes de Rocavientos trabajar.

Por supuesto eran, maestros escultores que manejaban el mazo, el cincel y todas sus herramientas con una delicadeza que no se puede imaginar y eso también le gustó mucho.

Al principio, incluso le decepcionó un poco ya que ese podría ser el secreto de la ciudad. En el primer taller que vio, trabajaban niños y ancianos casi por igual. Parecía lógico pensar que años y años de aprendizaje, eran el secreto de conocer el arte de la escultura, pero cuando estaba admirando como lo hacían, un niño se levantó y sin el más mínimo gesto de esfuerzo, levanto la piedra que estaba tallando que pesaría como mínimo 300 ó 400 kilos. Eso no era posible para la mente de Dedos Ligeros, que era un hombre de mundo y había visto muchas cosas y muchos seres, pero nunca humanos tan fuertes. Luego un anciano hizo lo mismo y sin pensárselo, lo siguió.

En una plaza estaban construyendo una pirámide y las piedras que movían debían pesar toneladas. Dedos Ligeros llegó rápidamente a la conclusión de que ese era el secreto de los habitantes de aquella ciudad.

Debía descubrir como hacerlo, pero casi le descubren a él cuando intentaba levantar una roca, resoplando y apretando los dientes sin ningún resultado.

Cuando vio que algunos le miraban desconfiadamente, se alejo silbando una tonadilla como si no pasara nada.

Estaba llegando la noche y allí parecía que todos se conocían. No había extranjeros y no había visto ningún lugar para dormir, ni para comer.

En el momento en que el sol lanzó su último destello en el horizonte, se hizo un silencio. Parecía que todo el mundo se hubiera callado a la vez. Hasta que cesó el rumor, Dedos Ligeros no se había percatado de ese sutil rumor que ronroneaba en el aire.

El viento paró y el laberinto de escaleras de acceso a la ciudad también. Por una calzada bien firme, subían todo tipo de comerciantes y Dedos Ligeros aprovecho para mezclarse con ellos. Los llevaron a un gran recinto por donde los habitantes de la ciudad pasaban para comprar todo aquello que no podían hacer crecer en sus huertas.

Después de un rato, Dedos Ligeros intentó salir del recinto para explorar la ciudad e intentar descubrir su secreto, pero salir fuera estaba prohibido para los extranjeros.

Dedos Ligeros estaba pensando en escalar hasta una ventana bastante discreta, cuando un habitante bastante alto, fuerte y con cara de pocos amigos, le preguntó: ¿Tu que vendes?

Titubeando, pensando, temblando, Dedos Ligeros comenzó a tamborilear sobre una mesa y entonces el hombre rió sonoramente y grito para que todos lo oyeran: – ¡Eres Músico!

Todo el mundo se alegro mucho y enseguida empezaron a pedirle canciones, pero cantar no era lo que mejor hacía Dedos Ligeros y la gente comenzó a mirarle con decepción, desilusión e incluso algunos, con desprecio.

Entonces se le ocurrió una idea y dijo la verdad. Les dijo que él era pianista y tal como supuso nadie sabía lo que era un piano. Pidió a los maestros escultores que le tallaran piedras de diferentes grosores y longitudes y que las pusieran sobre dos troncos paralelos. En realidad, había construido un xilófono, pero como nadie conocía la diferencia, pudo hacer la música que le pidieron. Estuvo toda la noche sin parar. Nunca antes en ciudad  Rocavientos se había escuchado un concierto semejante. Todo el mundo estaba muy contento menos Dedos Ligeros, que vio como salía el sol y con él, el momento de marchar. Todos los extranjero debían salir de la ciudad para que sus habitantes pudieran trabajar.

Cuando llegaron al desfiladero, un niño agarró de la mano a Dedos Ligeros y tiró de él para que le siguiera. Entraron a un túnel y antes de que se diera cuenta el niño lo lanzó hacia arriba y aterrizó sobre una repisa donde apenas había luz. Se oía una melodía muy lejana, muy suave y la siguió. De vez en cuando llegaba a un cruce, donde tenía que elegir entre la primera melodía o una segunda. A veces, en las encrucijadas, había tres túneles y las melodías se entremezclaban. Tuvo que aprenderse la primera de memoria, porque cuando en alguna ocasión se confundió y cogió el camino incorrecto, se dio cuenta que algo oscuro y perverso acechaba en la sombra. Cuando se le erizaron los pelos del brazo, se dio cuenta de que era otra melodía y retrocedió asustado rápidamente. No quería que le volviera a pasar.

Al final, llegó a una sala luminosa, acogedora y se encontró con un anciano.

-       Veo que vienes de musikosmos le dijo el anciano.

Dedos Ligeros se puso alerta pues no comprendía como aquel anciano podía saber su secreto.

-Y veo que te marchabas si haber podido robar nuestro secreto.

Dedos Ligeros comenzó a tener mucho miedo. ¿Cómo podía saber aquel anciano sus intenciones malogradas? Ni siquiera, el mismo, sabía lo que tenía que robar. Nadie podía haber sospechado porque ni siquiera lo había intentado.

El anciano, viendo el miedo en los ojos de Dedos Ligeros, lo tranquilizó. Lo había observado todo desde el principio, desde que traspaso la primera barrera. Un viento le había seguido todo el tiempo. Los vientos se lo contaban todo al anciano.

La prueba del laberinto de túneles, había sido para confirmar que venía de musikosmos. Nadie en Cosmoforma podría superar esa prueba musical.

El anciano lo había convocado para entregarle el secreto que había venido buscando.

El secreto era la capacidad de hablar con los vientos y ese secreto, se lo había entregado a sus ancestros hacía miles de años un habitante de musikosmos, por lo que el anciano dedujo que si un habitante de musikosmos estaba intentado robar esa maestría, eso quería decir que en musikosmos se había perdido en el pasar de los tiempos. Por eso el anciano quería devolvérsela. Sin embargo Dedos Ligeros a pesar de ser un gran músico, era un explorador, no un mago de Musikosmos, por ello el anciano en comendó a Dedos Ligeros que cuidara del niño que le había agarrado de la mano y se lo llevara con él hasta musikosmos.

Una vez allí, debía llevarlo ante el mago maestre de Ciudad Monasterio y allí, el niño podría instruir a los magos a comprender el mantra mediante el cual, los habitantes de Rocavientos podían hacer que las piedras levitaran. Un mantra que murmuraban constantemente y que cesaba con la puesta del sol, cuando se dejaba entrar a los foráneos.

Un mantra que dice así: NAMDAODEIKING,…

 

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