CIUDAD IMAGINARIA

IMG_3006

Eko espantavientos nació con los ojos blancos. Cuando sus padres estaban creando el camino que lo traería desde  mundo  invisible al visible, hubo el eclipse de sol más largo del planeta Cromado. Duró tres interminables meses y la oscuridad les impidió terminar sus ojos.

Eko no podía ver como los demás. En lugar de ver las imágenes delante de sus ojos, las veía tras ellos, en el interior de su cabeza.  Como manchas translucidas blancas y grises, en pantallas de cine que aparecían y desaparecían. A veces incluso veía más de una pantalla a la vez. Como si viera dos películas a la vez y eso le confundía mucho. El no podía ver el negro, que contiene en su interior todos los colores y por lo tanto tampoco podía ver las imágenes en colores.

Eko vivía a las afueras de  “Ciudad Imaginaria” que era la escuela oficial de idiomas del planeta.

A “Ciudad Imaginaria” llegaban todo tipo de personas para aprender todo tipo de idiomas imaginarios.

Toda la ciudad era una escuela porque en todas partes existía la posibilidad de aprender.

Observando a sus habitantes en su medio, podías aprender a captar el espíritu de sus habitantes y  por tanto su idioma.

En general los pinceles con su mostacho de piel de armiño eran mucho más precisos y arrogantes que las brochas de barba plana o barba redonda, aunque no siempre era así. A veces, las barbudas brochas podían ser muy precisas cuando se trataba de crear obras monumentales y gigantes.

Las cámaras de fotos, de carácter elegante en general, cambiaban de vestimenta en cuanto cambiaban de objetivo. Siempre iban persiguiendo la luz y  aunque por fuera parecían tranquilas, por dentro estaban muy nerviosas por esa obsesión de captar el momento preciso. Les caracterizaba un espíritu exageradamente perfeccionista, aunque por suerte no siempre.

La imagen perfecta no era algo que buscaran las cámaras hechas con cajas de cartón que eran muy tranquilas y siempre aprovechaban los días de lluvia para quedarse en casa y transformarse en un teatro o en un cine mudo, de los de antes.  Esos que invitan a la  imaginación a volar.

Estás generalidades se podían aprender conviviendo en la calle con las cámaras o dándose un baño en la piscina municipal con los colores o en la oficina de correos sentándose a escribir cartas de amor con los bolígrafos rojos…

En cada rincón de la ciudad se podía aprender las bases de cualquier idioma y en general el idioma universal: las imágenes.

Todo el mundo en “Ciudad Imaginaria” aprendía a imaginar y a plasmar y crear sus ideas, pensamientos y emociones mediante imágenes que cobraban vida al compartirlas. Los idiomas de palabras y lenguas eran una extravagancia en  “Ciudad Imaginaria”.

Ahora bien, si alguien quería aprender un idioma de verdad tenía que hacerse aprendiz de artesano.

Los artesanos eran los verdaderos profesores. Los que captaban la esencia y el espíritu de sus obras.

Un maestro de pinceles:

-aprendía a mirar a las estrellas, a la luna, al sol, para aprender el idioma con el que estos se comunicaban con los árboles. De esta manera sabía si obtenía el permiso del espíritu del árbol para cortarlo o no.  Un árbol solo se cortaba según lo que dijeran la luna, la estación y el propio espíritu del árbol.

-Aprendía a nadar en el agua para sentir en su piel la suavidad y flexibilidad de ésta. Cualidades indispensables que debía transmitir a un pincel para que este pudiera conectarse a la persona con la que quisiera compartir una vida de creación e imaginación.

-Aprendía a hablar y jugar con los animales, para entender la textura y las cualidades de sus pieles y pelajes.

-Aprendía sobre el aire, sobre el movimiento de las hojas al viento, del polen volando fértil por las 8 direcciones, del polvo de cuarzo flotando, dispersando y reflejando la luz al infinito espacio.

Teniendo en cuenta todos estos conocimientos el artesano creaba cada pincel con un único espíritu e idioma propio.

A veces, los pinceles no encontraban afinidad con una persona y sí, con otro pincel y si querían formar una familia, entonces recurrían a un maestro artesano. Le contaban como les gustaría que fuera su hijo: un fino pincel para pintar con hiperrealismo, un pincel sugerente que emocionara con su color o un pincel abstracto abierto a una desbocada imaginación.

Así aprendía el artesano continuamente el idioma de los pinceles y así aprendía también el aprendiz.

 

Pincel pelo de nutria era un aprendiz que se aburría en la escuela de idiomas a la que el maestro le había mandado, antes de comenzar con el verdadero aprendizaje.

Su mejor amigo era Grafity negro, un spray huérfano al que no le gustaba formar parte de una comunidad, tal  como se suponía que todo grafitero  necesitaba, para poder crear los murales y las imágenes propias de los grafitis.

A estos dos jóvenes les unía su pasión por la naturaleza.

A pincel pelo de nutria lo que más le gustaba era nadar y jugar con el agua. No necesitaba de los colores para pintar. Humedecía las hojas, humedecía las rocas, humedecía el aire y combinaba una gama de tonos que lo mismo dibujaban un dragón extinguido hace miles de años que una puerta de entrada a sus mundos imaginarios.

Grafity negro se reía de él porque sus dibujos duraban un suspiro y muchas veces eran difíciles de ver para los ojos no acostumbrados al juego de las luces y las sombras.

Pero su risa era la risa de un amigo que bromea y provoca cuando en realidad siente admiración.

Grafity al igual que Pincel no podía usar los colores. Todavía no había ningún artesano que hubiese inventado el espray multicolor. Por eso, a Grafity le gustaba tanto pintar en la naturaleza en lugar de pintar en los muros y paredes de la ciudad. Cuando Grafity pintaba en la naturaleza, su trazo era tan sutil y difuminado que sus obras parecían parte misma de la naturaleza. Solo se podían contemplar desde la distancia y solo cuando te acercabas mucho, notabas que una roca o una hoja o un árbol había sido pintado. El negro era tan difuminado que el color de aquello que pintara lo impregnaba de rojos, verdes o azules.

Sus obras aunque duraban más que un suspiro, también duraban bien poco, hasta que el agua  y el sol las borraban.

Esa idea de  arte efímero era  lo que más unía a los dos artistas.

Y precisamente, en una de sus fugas de la escuela, al salir de la ciudad, paseando por la naturaleza, se encontraron con Eko espantavientos.

Eko iba caminando y dibujando en el aire con sus manos todo aquello que veía en su pantalla de cine, en el interior de su mente. Como siempre lo hacia.

La mayoría de la gente se asustaba al verlo hacer estos gestos en el aire, porque creían que eran conjuros. No entendían como siendo ciego podía caminar sin tropezar y a la gente lo que no comprende le asusta; sin embargo, Pincel pelo de nutria y Grafity negro, cuando lo vieron en dirección hacia ellos,  se quedaron parados y en silencio asombrados y  curiosos, tratando de entender porque dibujaba en el aire.

Los dos enseguida se habían dado cuenta de que dibujaba en el aire pero no sabían por qué, hasta que al llegar frente a ellos se vieron a si mismos, dibujados en sus manos. Eko se paró y les saludo.

Eko dibujaba con su mano lo que veía y de esta manera conseguía la información necesaria para caminar sin tropezar. Siempre caminaba lentamente, para leer el dibujo primero  en sus manos como un radar y luego en su mente como una imagen.

Enseguida se hicieron amigos. Nadie hasta entonces había podido interpretar las manos de Eko, mientras que él podía ver los pensamientos e imagenes de los demás perfectamente.

Sin embargo, habiendo nacido en una familia pobre y no haber podido ir a la escuela, le había impedido aprender los idiomas básicos de Ciudad Imaginaria y por supuesto, Pincel y Grafity no habían aprendido el idioma de palabras que Eko hablaba y que solo unos pocos profesores y artesanos sabían en “Ciudad Imaginaria”.

Durante unos meses, los tres no pararon de disfrutar y crear obras que se las llevaba el viento, el agua o la luz.  Hasta que un día en la escuela les dieron el último aviso. Si volvían a fallar a alguna clase, serían expulsados.

Pincel y Grafity quisieron llevar a Eko a la escuela pero los profesores no sabían interpretar sus manos y no sabían como enseñarle. Había un profesor que entendía sus palabras pero  aun así, no sabía como explicarle el concepto del color, ni el espíritu de objetos animados como pinceles, brochas, lápices y demás seres con los que se suponía debía aprender a comunicarse.

Lo cierto es que Eko podía interpretar y leer imágenes sin color  pero las emociones le causaban gran confusión y muchas veces le hacían interpretar mal los idiomas imaginarios.

Los dos muchachos intentaron enseñarle fuera de la escuela pero sin haber experimentado Eko nunca el color, les resultó tarea imposible.

Un día le llevaron a la piscina de colores y fue muy divertido. Pincel le presentó a 10 colores que se untaron en sus 10 dedos y Eko pintó verdaderas obras de arte en la opinión de Pincel y Grafity pero los colores acabaron bastante mareados y desilusionados, porque no podían interpretar y fusionarse con las emociones de Eko que solo se preocupaba por la precisión y nitidez del trazo, ya que al desconocer el idioma del color, sus dedos no podían plasmar su espíritu.

Cuando Eko se había resignado a no poder ir a la escuela, se encontró con la determinación de Pelo de nutria a quien se le había ocurrido un plan.

Nadie había hecho nunca nada igual, pero el contaba con la fe del espíritu de la creación.

Si Grafity colaboraba, estaba dispuesto a pintar y crear los ojos en el lienzo en blanco que eran los ojos de Eko.

Eko estuvo por su puesto de acuerdo, como mucho lo único que podía pasar era que continuara ciego.

Pincel explicó a Grafity que tenía que pintar un minúsculo punto negro en el centro del ojo de Eko. Un negro tan negro que contuviera todos los colores y antes de que la pupila pintada se secara, Pincel pelo de nutria debería sacar todos los colores hacia el exterior, pintando un perfecto ojo irisado que permitiera a Eko ver los colores.

La operación no duró más de dos minutos y cuando Pincel estaba transitando por los colores pálidos de la tristeza las lágrimas a punto estuvieron de borrar toda la precisión de los finos y rápidos trazos de pincel.

Tuvieron la suerte de que el profesor Tinta China estuviera presente y rápidamente con un papel secante pudo absorber la lágrima que salía por el rabillo del ojo.

Cuando Eko espantavientos pudo ponerse en pie, se tambaleó como drogado o borracho. Reía, lloraba, cantaba y sus manos no paraban de moverse sin sentido arrastrando su cuerpo sin control.

Se había quedado ciego de verdad. No podía interpretar lo que veía en la pantalla de su mente. Su cuerpo le llevaba de la euforia al llanto, a cada poco.

Pincel recordó entonces el día de la piscina de colores y allí que se fueron.

Eko iba poniendo colores en sus dedos y se dejaba llevar. En menos de una hora, Eko había aprendido el lenguaje de los colores y sus emociones.

Después comenzó a crear sus propios colores y volvió a recuperar el orden en sus visiones y en su manera particular de ver el mundo.

Seguía siendo ciego para los demás, pero ahora pintaba con sus dedos, no solo sus propias emociones sino también las de los demás.

Eko pudo ingresar en la escuela de idiomas y gracias a la habilidad de sus manos, llego a ser artesano escultor de caligrafías para invidentes.

Pincel pelo de nutria y Grafity negro recorrieron el planeta creando extraordinarias obras efímeras que se recordaban en todas las tertulias, de todos los cafés, de todo el planeta Cromado.

Cada cierto tiempo, volvían a ciudad Imaginaria, a visitar a su amigo para toda la vida y ese día se convertía en una fiesta de color e imaginación.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

*