La memoria

IMG_3664La memoria.

La tan recurrida memoria.

Recuerdos del pasado.

Tantos horrores justificados por la memoria.

Un lastre que soltamos por fortuna,

justo con el último suspiro.

 

Volvemos a nacer sin memoria.

Una bendición que nos permite

seguir adelante.

Una maldición que nos enreda

en un bucle sin fin.

 

Recuperamos parte de la memoria,

como un deseo inalcanzable

del olvido de la memoria.

 

Con el deseo inconsciente

de alcanzar el olvido de la memoria,

abandonamos fugazmente dicha memoria,

en la medida insuficiente

de una vida solitaria.

 

Todas las memorias.

Todas la vidas.

Acumulando olvidos de la memoria.

Cuantas son suficientes,

es el gran misterio

para alcanzar el Gran Presente.

 

El retorno a la memoria,

una caída al olvido.

Renacimiento al presente.

Un regalo

por el olvido de la memoria.

 

Camino hacia el Gran Presente.

 

Renacido

Un ovillo de lana negro escuchó un susurro en el aire que parecía una caricia. Asomó la punta más superficial para afinar el oído. Se alzó todo lo que pudo y justo entonces el peso de la vida lo tumbó y todo volvió a ser negro y recogido en un ovillo.

Volvió a asomarse. Esta vez con un poco de cautela, dejando que el viento peinara su gracioso flequillo.

entonces un pájaro lo atrapó y quiso llevárselo volando. Fue un instante, un vuelo hacía el cielo, hasta que el ovillo se trabó y el peso de la vida hizo que el pájaro lo soltara.

El ovillo, ya no era solo un ovillo. (El aventurero flequillo en el…) El recorrido de su viaje se movía por el suelo, de un lado a otro, hasta que notaba el tirón de su aterrado núcleo ovilloso sin destrabalazar apegado a su forma y lugar.

Por suerte, pasó por allí la madre vida y tanto le gustó aquel cabo escurridizo, ondulante y  pidiendo libertad, que se puso a tejer y y tejer. Hermanó y entremezcló a otros ovillos y cuando el ovillo negro recorrió como un río, todo lo largo de su vida, pensó que había llegado su final. Ya no reconocía su forma de ser, su ovillo.

El dolor comenzó ha hacerle sentirse culpable, por haber asomado su flequillo, hasta que la madre vida se puso frente al espejo y vio como el ovillo que ya no era ovillo, había renacido.

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Sentado bajo el viejo roble de la colina he pasado la noche conversando con él. Calentando mi cuerpo con el calor acumulado en sus raíces durante el día y que durante la noche ascienden hacia el basto cielo. Hemos hablado de la oscuridad y de la luz. Ha pasado ya la noche y siento la tibieza de los primeros rayos de luz.

Incontables días has vivido viejo roble tras incontables noches. Incontables primaveras has vivido también tras los duros inviernos de hielo, viento y penumbra.

¿Como se vive una vida de oscuridad y de luz y se llega a tu edad? le he preguntado.

Si he vivido una vida larga es porque cada día he renacido con el sol. Cada primavera he renacido con la estación. Porque para un roble no existe el pasado que es una carga, no existe el futuro que es un misterio. Por eso, cada primavera renazco, cada día renazco, cada respiración renazco.

Cada momento es un regalo de la vida y por eso los grandes sabios le llamaron presente.

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En el silencio, adormecida y acunada por el mecer de un mar que me cobija, escucho, al viento de mi respiración, expandir mis pulmones. Expandir mi vientre. Expandir mi piel como un globo que quiere salir a la superficie desde el oscuro abismo hacia la luz del sol.

La dulce caricia de los primeros rayos en el horizonte calientan mi recién renacido cuerpo pez que comienza a caminar hacia la orilla volviendo a renacer en un cuerpo caminado.

He subido a la montaña y extiendo mis brazos como alas de pájaro en mi renacido cuerpo danzado que desafía a la gravedad, con la levedad de mis pasos, saltos y ondulantes manifestaciones de la vida que muere y renace con cada inspiración y exhalación.

Patriarcado

 

PATRIARCADO

Hubo un tiempo habitado por mujeres árbol, que hacían posible la vida  en el planeta tierra, donde guiaban y cuidaban a todos sus seres. Sus copas formaban una cubierta vegetal capaz de nutrirse de la energía y la fuerza  del sol a través de sus cabellos como hojas al viento.

IMG_3574Eran capaces de transformar el aire y hacerlo respirable para los demás seres que cohabitaban el planeta. Capaces de atraer la lluvia y recogerla para crear un lecho húmedo y fértil de tierra, donde poder dar a luz a todos los seres. Un lecho de tierra, donde plantar sus raíces y desde donde comunicarse con el resto de las plantas, mediante sus redes subterráneas de hongos y líquenes. Un universo subterráneo de vidas futuras posibles.

Como árboles y como mujeres, sus frutos eran abundantes, a la vez que su frondosidad. Sus retoños, las hijas árbol, nacían año tras año gracias al fértil suelo creado, y cobijadas bajo sus ramas, a salvo de los letales rayos  que surgían de la tierra en busca de su reflejo en el cielo.

Este carácter maternal de cuidar a todos los seres y de aceptar a todos los espíritus, incluido al del rayo, tenía el otro lado de la cara de la moneda. En la vida de las mujeres árbol, hasta que una madre árbol no moría,  ninguna de sus hijas a su sombra, alcanzaba la madurez para ser fértil y convertirse en mujer árbol adulta, dadora y cuidadora de vida. Podían pasar cientos de años o incluso algunos pocos miles, antes de que una madre árbol dejará paso a una hija árbol. Tal fue así, que algunas de las continuas descendientes que nacían, crecían y morían sin llegar a desarrollarse plenamente, perdieron la capacidad de dar a luz y se convirtieron en los primeros hijos árboles.

Con el tiempo, los hijos árboles que no poseían este carácter innato de las mujeres e hijas árbol, de darse a los demás, de dar a luz; no comprendían que sus madres los protegieran mientras crecían: del sol abrasador en verano y de los vientos gélidos en invierno, para luego dejarles morir sin llegar a la plenitud. El sol era la vida y los hijos árboles que no entendían la sombra protectora de sus madres, crecieron con ahínco para sobrevivir y algo más. Presintiendo primero y sintiendo después el poder que les daba la luz del sol cuanto más se acercaban a él y cuanto más lo recibían, crecieron hasta más allá de las copas de las mujeres árbol. Les hicieron sombra y así comenzaron, las primeras muertes de las mujeres árbol, causadas por sus hijos árboles al principio, aquellos que fueron hombres árbol después. Los hombres árbol buscaban la luz y creían en su propio derecho a vivir en plenitud, igual que las mujeres árbol. No entendían del sacrificio por el bien hacia los demás, a costa del provecho de uno mismo. No entendían la armonía del bien hacia uno mismo siempre y cuando fuera también provechoso para los demás.

Se extendieron tanto y fueron tantos sus ignorantes crímenes, que apunto estuvo de extinguirse la mujer árbol.

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Con el tiempo, los primeros hijos árboles que luego fueron los primeros hombres árbol, se convirtieron en abuelos árboles, que comenzaron a morir sin la capacidad de crear descendientes, y las tierras antes fértiles, comenzaron a ser desiertos.  En esos desiertos duros y crueles nacieron los primeros hombres sin la protección y la memoria de las mujeres árbol. Hombres que a falta de los abundantes frutos del bosque, para sobrevivir aprendieron a luchar, a cazar y a matar, a otros seres primero. Con el hábito de la fuerza ya en sus vidas, comenzó la lucha entre ellos, pues solo poseían la memoria de los ignorantes y codiciosos primeros hombres árbol que establecieron la ley del más fuerte, sin comprender la futilidad y decadencia de su uso.

Perdidas las raíces de la memoria echaron a andar por el mundo, dejando un rastro de esclavitud y sometimiento de los más débiles, buscando el paraíso perdido, que según las memorias parciales y desvirtuadas que poseían, las mujeres árbol habían negado a los hombres. Unas memorias que las acusaban además, de mantener egoístamente el conocimiento  de crear, para ellas solas y con ello, el acceso al paraíso. En un tiempo, hasta llegaron a considerar a las mujeres como brujas demoniacas, poseedoras de un poder antiguo para someter a los hombres y sus descendientes.

 

Alejados de estos desiertos y de estos hombres, los pocos hombres árbol que habiéndose convertido en abuelos árbol mantuvieron contacto con las casi extinguidas mujer árbol, antes de quedarse solos y aislados, pudieron acceder a la memoria de las abuelas árbol y reaccionar a tiempo para darse cuenta, que solo mediante la unión de mujeres y hombres árbol podrían sobrevivir, compartiendo el espacio y retornando a la humildad del servicio a todos los seres del planeta. Recordaron su capacidad de crear, al compartir la luz recibida del sol, una capacidad compartida con las mujeres árbol y  sin la cual, las mujeres árbol no podrían dar a luz. En estos exiguos paraísos, de fructíferos y fértiles bosques,  nacieron los primeros hombres y mujeres de largos cabellos y pies descalzos, con la percepción y la capacidad de acceder a la memoria de las abuelas árbol.

Basaandere y Basajaun se llamaron los primeros y habitaron y defendieron los bosques durante miles de años, pero la ferocidad de  aquellos primeros hombres de los desiertos, llegó al fin a todos los rincones del planeta, destruyendo a la naturaleza y sometiendo al bosque.

 

Ya solo queda la leyenda que habla de un tocón tan antiguo, que aunque  por fuera parece una roca, por dentro está conectado a las redes subterráneas de hongos y raíces. Y dicen, que guarda la memoria de las mujeres árbol. La memoria de cuando las mujeres árbol eran mujeres y hombres en un solo árbol  y cuando ellos los árboles, eran ante todo madres árbol, padres árbol, hijas árbol. Un cuerpo, una mente y un espíritu indisolubles y unidos.

Dicen que aunque nadie conoce su paradero, el tocón está escondido en el monte perdido de Ararat.

Esperando.