Ttinbilin Ttanbalan

Aunque las horas del día eran más cortas en invierno, el día se le había hecho interminable. Sentado frente al fuego bajo, Asier rumiaba una y otra vez como pedir permiso a su madre.

Miraba al fuego y adelantaba las manos queriendo acelerar el efecto del calor en su corazón. Un corazón que se había encogido durante el día trabajando en el bosque, recogiendo leña.

El invierno estaba siendo especialmente largo y las reservas de leña del otoño se habían agotado.

Recoger leña se había convertido en la tarea de todos los días para Asier. Hasta que el frío no cesara y no fuera necesario recogerla, Asier no tendría permiso para cruzar el río. No había puente en invierno con las aguas bajando rápidas y frías desde las cumbres heladas de las Malloas.

Cuando el fuego le hizo recuperar el habla y el calor de los pensamientos, dirigió su mirada a las cadenas de las que colgaba la olla. Las cadenas conocían las palabras exactas para hablar. Ellas conocían todos los secretos.

Todas las palabras dichas desde la memoria de los vascos, habían sido dichas en la cocina, al calor del fuego bajo y las cadenas además de sostener el alimento las guardaban en su memoria.

¿ Cómo explicar a su madre que había conocido a los Mikele Galtzagorri? y le habían enseñado una canción para construir puentes de piedra.

Asier solo tenía 10 años. Nadie le creería capaz de construir un puente.

Todos los inviernos eran iguales para Asier. Siempre esperando que las nieves de las Malloas desaparecieran. Que la marca del roble apareciera sobre el nivel del agua.

Solo entonces su madre le daba permiso para cruzar el río e ir a visitar a su amiga Amaia.

Amaia fue la primera que le habló de Mari, de Basajaun, de los gentiles, de las Lamias y demás habitantes del bosque escondido a los ojos de los que viven con miedo.

Amaia le enseñaba a escuchar y a ver el bosque, pero Asier nunca había visto nunca a ninguno de esos habitantes invisibles sobre los que hablaban tan a menudo los adultos al calor del fuego bajo de la cocina.

Más que nunca deseaba cruzar el río para contar a Amaia su encuentro. Fue entonces cuando su madre habló antes que él. En primavera se iría a vivir con su tío el cantero a Iruña para aprender el oficio.

10 años más tarde, Asier volvió a los bosques de Araitz. Aquella primavera no pudo despedirse de  Amaia y ahora en su mente solo había dos pensamientos. ¿Todavía viviría Amaia en el valle? ¿Todavía estarían allí los Galtzagorris?

Durante años, Asier había cantado la canción de los Galtzagorris mientras tallaba la piedra y para sorpresa de su tío, lo que otros tardaban en aprender casi toda una vida, él lo había aprendido en 10 años.

Por las noches, Asier se dormía con la canción en la lengua y por la mañana las respuestas del oficio estaban claras en su mente. Por eso, cuando se puso a cantar en el bosque, no se sorprendió cuando los Galtzagorris salieron a la luz y las sombras del bosque para saludarle y cantar con él.

Con su ayuda retomaría la idea original. Construiría el primer puente de Araitz. Se dirigió hacía el río, en busca del lugar exacto y ese día se convirtió en doblemente extraordinario.

En el punto exacto donde los Galtzagorris le indicaban debía construir el puente, se encontraba una lamia peinando sus dorados cabellos con un peine de oro.

Ella le sonrió, – te esperaba – le dijo y dejó su peine de oro sobre una roca. Se sumergió en el agua y desapareció.

Ya de noche, Asier llegó a casa de sus padres. Ahora que la casa  Zubiargiña había recuperado el oficio de canteros constructores de puentes que le dio su nombre y que al morir el padre se había perdido, habló a la familia de sus intenciones y seguidamente preguntó por Amaia. No mencionó ni a los Galtzagorris, ni a la lamía.

El padre de Amaia se había convertido en el jauntxo del valle, de todo el goierri bajo las Malloas y no vería  con buenos ojos un puente que diese paso a los de Gorriti, al otro lado del río, que dispondrían de un acceso fácil a las Malloas.

Le convenían las fronteras naturales para mantener su poder frente a los otros jauntxos.

Amaia era la moza más perseguida por todos los jóvenes, pero ella apenas se dejaba ver y las malas lenguas la juzgaban de bruja. Ahora vivían a este lado del valle, pero en lo más alto de Gaintza, escondidos en el bosque.

Al día siguiente, Asier colgó todas sus herramientas de cantero en las ramas de un roble próximo al río. Comenzó a hacer la música que los Galtzagorris le indicaban. Con un martillo en cada mano iba golpeando la herramienta y sacando las notas. A lo largo del ese día y los siguientes se fueron acercando los curiosos.

Asier dejó que los curiosos eligieran sus notas y les explicó que herramienta era suya por naturaleza. Cuando hubo convencido a los necesarios, comenzó la construcción.

Asier no pidió permiso y las tareas se hicieron al ritmo del ttinbilin ttanbalan de la canción que los galtzagorris cantaban para Asier:

donde poner la primera piedra que desviara el curso. El tamaño de los cimientos, el grosor de los pilares. El ángulo de los arcos. Todo se lo cantaban los Galtzagorris durante el sueño y durante el día Asier lo organizaba todo para que los demás picaran y colocaran las piedras siguiendo sus instrucciones.

Cuando el puente ya estaba construido hasta la mitad de de su extensión, apareció el jauntxo Aitor, el padre de Amaia. Acompañado de varios hombres armados y en tono amenazante preguntó desafiando a Asier: – ¿Quién va a pagar el impuesto por la construcción de este puente?

Asier se le acercó y le extendió el peine de oro que la lamía le había dado diciéndole: – Espero que esto sea pago suficiente.

Aitor con el rostro contrariado y desconcertado, cogió el peine con desaire y balbuceo un volvamos a casa que sus hombres no oyeron pero que al verle marchar, partieron con él.

Antes de desaparecer por el bosque Aitor se dio la vuelta y gritó: la mitad del puente que falta será de madera para que lo podamos destruir en caso de que nuestros enemigos quieran atacarnos. Dio media vuelta y se marchó soltando un grito de rabia.

Todo el mundo se sorprendió con la reacción de Aitor, ya que su fama de sanguinario hacia esperar lo peor cuando se le vio aparecer. Todos suspiraron aliviados cuando se fue.

Para no entrar en lucha, Asier decidió que la mitad del puente sería de madera pero no los cimientos. Ninguna corriente fuerte  de agua del invierno, destruiría el puente.

La construcción del puente siguió al ritmo del ttinbilin ttanbalan hasta su finalización.

Llegó el día de la inaguración. Asier estaba nervioso. Había grabado en una piedra el nobre de Amaia y esperaba que ella apareciera ese día, ya que en los meses durante la construcción a pesar de haber frecuentado los lugares donde jugaban de niños, no había conseguido verla y debido al carácter de su padre no se había atrevido a visitarla. No al menos hasta terminar el puente.

Se había organizado una fiesta especial pero antes un carro tirado por 6 bueyes debería confirmar la consistencia del puente.

Asier esperaba impaciente en un lado la llegada de los bueyes pero estos no se movían. había una persona que impedía el paso. Asier cruzó el puente y distinguió a la persona que cerraba el paso a los bueyes. Era la lamía del río. Parecía estar grabando algo en la roca, en un contrafuerte, al comienzo del puente. Cuando Asier llegó hasta ella, justo terminó la canción del ttinbilin ttanbalan y el grabado en la roca.

Amaia le sonrió y le dijo: – creo que esto es tuyo – y le devolvió el peine de oro que su padre había reconocido y que por no contrariar a su hija había aceptado como pago.

En la roca grabada se podía leer:

“Asiera eta Amaiera tartian zubiyak eraikitzen”

Los bueyes cruzaron el puente y una nueva comenzó en Beterri, en el valle de Araitz.

Ciudad Ferrata

 

Agata Ruedafierra era la locomotora más antigua del planeta performado. Había recorrido el planeta entero siguiendo a los escultores del Hierro. El pueblo nómada a quien el creador de mundos había encargado esculpir las vías ferroviarias que unieron a todas las tribus.

Para Agata Ruedafierra había llegado el momento de retirarse. Sus engranajes empezaban a desgastarse y cualquier día podrían romperse. Los escultores del hierro una vez cumplido su objetivo había desaparecido y ya no había nadie capaz de esculpir locomotoras con ruedas de hierro como las de Agata.

Los trenes modernos estaban hechos con aleaciones de metales ligeros y podían ir mucho más rápido que Agata. Cuando algún tren joven  la alcanzaba y no había posibilidad de cambiar de vía se enfadaba mucho y le gritaban que se jubilara y dejara libre la vía.

pero a donde iva ir ella si abandonaba la vía. La vía era su vida. Siempre había vivido allí.

Una mañana transitando una vía secundaria vio una señal desconocida para él, lo que le intrigo mucho ya que creía conocer todas las vías y estaciones  del planeta.

El cartel ponía:  “Ciudad Ferrata”.

Tomó esa vía que le llevó durante muchos kilómetros a introducirse en un desierto que parecía interminable. Cuando llegó a consumir la mitad del combustible paró y tuvo que decidir si seguir adelante o volver. Con lo que le quedaba de combustible podía volver a la anterior estación, pero   si seguía hacia adelante y no encontraba ninguna estación en lo que le quedaba de combustible se quedaría inmóvil en mitad de un desierto por donde no parecía pasar nunca nadie.

Confió en que si había un indicador de una ciudad, esta debería estar en alguna parte y que quien construyó esa vía en algún lugar debería haber repostado.

Siguió y mucho más adelante con gran pena tuvo que deshacerse de sus antiguos vagones para eliminar peso y poder avanzar más kilómetros.

Al final de una cuesta interminable, apareció en un valle y a mucha distancia una gran montaña. No se distinguía bien pero bien podría ser Ciudad Ferrata.

Apenas le quedaba combustible para un par de kilómetros por lo que cerró el depósito y se lanzó cuesta abajo, a tumba abierta co la esperanza de que los frenos aguantaran y no descarrilara.

Con las ruedas al rojo vivo que parecía que iban a fundirse alcanzó la base de la montaña y la puerta de entrada de la ciudad donde ponía su nombre: “Ciudad Ferrata”

Agata Ruedafierra entendió el nombre. El camino de acceso a la ciudad era un estrecho sendero construido con hierros clavados en la roca y cables por los que ninguna locomotora podría acceder. Era un camino para ese tipo de humanos escaladores de montañas que alguna vez había visto en sus viajes.

Con el poco combustible que tenía abandonó la vía y siguió un sendero que rodeaba la montaña y con una inclinación moderada que le permitía avanzar.

El camino era tan estrecho que sus puertas chirriaban al roce con la pared de la montaña y las ruedas exteriores a veces solo se apoyaban en la mitad de su superficie. El miedo bloqueaba sus engranajes, pero ¿Qué podía hacer? Ya no había marcha atrás.

 

En la tercera vuelta a la montaña y a 600 metros de altura. ¡Qué sorpresa! En mitad del camino con las piernas bien apoyadas y los brazos en jarras apareció un escultor de hierro. Uno de aquellos que se suponía habían desaparecido del planeta, hacía muchos siglos.

El escultor le saludo como si conociera a Agata de toda la vida. Le explicó que sino quería despeñarse no podía continuar por ese camino pero que si tantas ganas tenía de llegar a la cima podía entrar en el túnel que entraba al corazón de la montaña unos metros más adelante. Por allí tampoco, encontraría un camino apropiado para una locomotora, pero en el centro de la montaña se encontraban las forjas de los escultores de hierro.

Si estaba dispuesta a cambiar, él le podría ayudar en la transformación.

El tunel era oscuro y no se veía luz alguna. Agata Ruedafina era la locomotora más antigua del planeta. No tenía focos de luz como los modernos tranvías. Recordó sus primeros tiempos cuando viajaba con Alikate Locomotoro. Su inseparable maquinista hasta que dejó este mundo. Alikate se ponía de pie en el guardachoques delantero. Agarrándose con una mano y estirando la otra hacia delante con una antorcha para prevenir que no hubiese nada en la vía. Los túneles eran oscuros y peligrosos en aquellos tiempos en los que la electricidad no llegaba a todas partes.

Con la esperanza de llegar al centro de la montaña Agata siguió a ciegas. En la más absoluta oscuridad se quedó parada sin combustible. Al principio grito, peleo por mover toda su pesada maquinaria, trató de imaginar mil maneras de salir de allí y avanzar pero al final tuvo que rendirse a la evidencia. Nunca saldría del túnel.

No sabía cuanto tiempo había pasado en silencio cuando escuchó una voz y el escultor de hierro se le apareció delante. Estaba en el corazón de la montaña. La sensación era extraña como en un sueño. Su vieja y pesada máquina no le acompañaban. Solo era una idea.

-¿Has venido por fin? le dijo el escultor de hierro.

  • ¿Donde estoy? ¿Quién soy? Le preguntó Agata.
  • Estás en el corazón de tu alma. Donde no eres nadie, solo eres. Aquí puedes elegir quedarte en este mundo, en este planeta y volver a ser una nueva versión de Agata, aunque tendrás que confiar en mi y mi pericia como escultor. También puedes elegir ir hacia aquella luz y elegir ir a otros mundos donde yo no  puedo saber en quién o qué te transformarás.

Agata eligió quedarse en el planeta. Quería conocer Ciudad Ferrata. El escultor le invitó a volver al silencio que le había llevado hasta el corazón de su alma para que el pudiera trabajar y llevarla hasta la ciudad.

Agata una vez más no supo cuanto tiempo había estado en silencio hasta que el tañido de una campana le despertó.

A su alrededor había mucha gente. Podía oír los traqueteos y el lenguaje de los trenes. Podía sentir los engranajes moviéndose en su vieja máquina, pero no podía moverse. Estuvo todo el día observando el ir y venir de las gentes sin descubrir quién era o que era, hasta que se vio reflejada en la lente de un turista que lo fotografiaba.

El escultor había devuelto a la vida a la locomotora, transformándola en el reloj de la estación de Ciudad Ferrata.

Ánima

El explorador Madera Dedosligeros era ya un anciano cuando llegó al lago sin nombre del planeta Olvidado.

Dedos ligeros había dedicado su vida a explorar los infinitos universos, planetas y ciudades. Primero empezó explorando el planeta donde nació y  cuando en esos viajes oyó hablar del creador de mundos su vida cambió. A partir de entonces estudió y recopiló durante años todo lo que pudo sobre el creador de mundos, hasta que un día aprendió a viajar más allá de su planeta, más allá de su universo y descubrió que allá donde fuera, el creador de mundos era conocido y ya había pasado por ahí.

El resto de su vida trató de seguir los pasos del creador de mundos y ese caminar le había llevado al planeta Olvidado, a sentarse frente al lago sin nombre.

Dedosligeros había disfrutado y experimentado la vida todo lo que pudo y mirando hacia atrás se sentía contento. Tenía la sensación de haber hecho todo lo mejor que su comprensión le había permitido.

Sentía que su fin como Dedosligeros estaba próximo y solo tenía la pena de no haber podido encontrarse con el creador de mundos, aunque fuera solo unos minutos.

Miró el reflejo de su cara en el lago y sonrió. Qué arrugado y vivido se veía. Tocó la superficie del agua con un dedo y el reflejo desapareció. Esperó a que las aguas se calmaran mientras observaba como se iba formando la imagen de su cara de nuevo.

Su sorpresa fue cuando en lugar de su cara, vio la cara de la fascinante señorita ClavedeFa Brisarefrescante sonriéndole. Dedos ligeros le sonrió recordando los grandes momentos que le brindó su amor. Tocó la superficie del agua como para acariciarla y desapareció. Al volver la imagen apareció la  maestra Iris del planeta Cromado, quien le había enseñado a viajar más allá de su cuerpo y le abrió el camino hacia los nuevos universos.

También se despidió de ella y durante un tiempo atemporal fueron desfilando en el reflejo del lago inumerables seres y personajes que le habían impactado y transformado en su vida. La señora AguaPentagrama, el señor Fuegomayor, la señora Tierraserenata y el señor Metalbrisafina le recordaron su paso por ciudad conservatoria.

Pedro zapatodeclaque y el Granteatrodanzante le provocaron ese cosquilleo de la danza en su ombligo.

Su amigo del alma Jon Clarinete de Rocagrande le sonrió desde la inocencia de la juventud, cuando salió por primera vez  de Ciudad Concierto para empezar a explorar.

A la gigante MontañaDeJade se la encontró viajando al igual que él y así su supo que uno podía estar aquí mientras está allá. Fue una gran compañera de viaje y muy divertida.

Las caras se fueron apareciendo y desapareciendo, perdiendo DedosLigeros la noción del tiempo y espacio hasta que apareció el anciano sin nombre de Ciudad Rocavientos a quien conoció en su primer viaje a otro universo a otro planeta en Kosmoforma.

Entonces Dedosligeros comprendió que todas esas caras en el lago eran él mismo, en otros espacios y otros tiempos.

Cuando Dedosligeros viajó por primera vez, un cuerpo se quedó en Musikosmos y el otro apareció en Kosmoforma. Estando en dos lugares a la vez.

Comprendió entonces que él también era Ánima, el creador de mundos. Comprendió que del infinito imposible de abarcar, el había viajado a un punto concreto y había dado nombre a quien se había cruzado en su camino y al igual que él, otros viajeros habían hecho lo mismo.

Entre todos habían creado los mundos, porque todos eran uno mismo, todos eran Ánima. Desde las plantas, a los minerales, las personas y los conceptos. No podían existir los unos sin los otros.

El sol y el aire alimentan a las plantas. Las plantas alimentan y oxigenan a los animales. Los animales fertilizan la tierra. La tierra cobija y materializa a todos los seres. Ese es el ciclo natural de la combinación de la luz y la sombra.

Todos son iguales y uno solo con infinitos nombres.Todos respiraban el mismo aire, todos reflejaban la misma luz.

¿De donde provenía esa luz? Esa es otra historia. Lo que Dedosligeros comprendió, fue que para comprender la naturaleza infinita de su alma debía abandonar su nombre Dedosligeros. Para viajar sin nombre y explorar los infinitos caminos del Creador de almas. Aquel que es infinito, que es cambio continuo, por lo que no tiene nombre y así lo abarca todo.

 

Monjes caminantes del fuego

 

 

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Ciudad monasterio era famosa por sus monjes capaces de caminar sobre el fuego. Al viajero, cuando entraba en la ciudad, le  sorprendía el nombre de monasterio ya que al atravesar sus puertas la cantidad de gente y el bullicio que generaban eran todo lo contrario a lo que uno podía esperar encontrar en un monasterio.

Mas bien parecía una mezcla entre un circo, un espectáculo de magia y un mercado portuario que recibía a gentes y criaturas de todo el planeta, de todos los colores y de todas las dimensiones.

Era una ciudad de oportunidades y a la vez una ciudad de perdiciones. Un viajero avispado podía hacer fortuna rápidamente o bien perderlo todo y caer en la miseria.

Los puestos de mercancías estaban tan apiñados y entremezclados que se convertían en un laberinto de pasillos, calles, puertas, túneles y pasadizos elevados que hacían perder la orientación al recién llegado.

Los niños aulladores se peleaban por hacer de guía a los viajeros, a los cuales si no estaban atentos, les robaban. Eran niños abandonados a los que nadie había enseñado a hablar, ni ha convivir. Se decía que su jefe era uno de los espíritu lobo que vivían y custodiaban la entrada a la verdadera ciudad monasterio que dio origen a aquel lugar.

Entre el laberinto de calles, a veces había alguna plaza donde los magos, mostraban sus habilidades. Todos eran muy poderosos. Rompían piedras con las manos, se atravesaban agujas por el cuerpo, sin sangrar. Movían a la gente sin tocarlos… pero los más poderosos eran los magos que habían conseguido el título de monjes caminantes, del fuego que no solo podían caminar entre brasas ardiendo, sino que además manejaban el fuego a su antojo. Sus manos podían generar tanto calor que podían quemar cualquier cosa o soltar una descarga eléctrica capaz de derribar a un elefante. Además complementariamente tenían otra habilidad que les daba un gran poder a los monjes. Eran capaces de recitar mantras antiguos y de hacer armónicos mientras bailaban una danza que hacia llover en los campos de cultivo.

Ánima había llegado a la ciudad hacia ya 10 años y había estudiado duro. El entrenamiento para entrar en la orden de los caminantes del fuego era muy estricto, exigente y duro. Aprendió a romper una piedra con un golpe de su mano. Podía hacer saltos mortales hacia adelante y hacia atrás. Su cuerpo resistía todo tipo de golpes. Era uno de los mejores artistas marciales de los últimos tiempos. No había perdido ningún combate. Sin embargo estaba nervioso, no entendía la necesidad de memorizar los mantras. Había conocido a monjes que tenían las mismas habilidades que él y no usaban los mantras mas que para hacer llover y ese ritual se hacia siempre en grupo. No era una prueba obligatoria para entrar en la orden.

Faltaba solo una semana para la prueba final de acceso donde tendría que caminar sobre el fuego. Estaba prohibido probarlo antes de la ceremonia de iniciación, que a la vez era de descalificación, si no se conseguía superarla.

En realidad, a Ánima no le preocupaba superar la prueba. Nunca se había sentido a gusto con el circo de las artes marciales que los monjes montaban para impresionar. Lo que le preocupaba era no entender lo que decían los mantras que desde el principio le atrajeron como un imán pero cuando los memorizó se quedó frío como un helado de carámbano. Nada cambió y frustrado pensó que no servían para nada. Que solo eran un adorno.

Saliendo por el extremo oeste de la ciudad, había un pequeño bosque que llegaba hasta la orilla del lago más grande que nunca había visto. Parecía el mar, pero los exploradores de la tribu de la madera habían conseguido cartografiarlo y se sabía que era un lago.

Se sentó en la orilla mirando al lago y comenzó a repetir los mantras una y otra vez. Después de un largo rato y ya cansado, se quedó en silencio, mirando al horizonte y justo entonces le llegaron a la memoria, los cantos Gregorianos que su padre le cantaba cuando era niño. Mientras cantaba, recordó la historia que su padre le contaba sobre los misteriosos monjes Gregorianos que nadie en el planeta sabía donde vivían, aunque su música casi olvidada,  era reconocida como mística y sanadora por todos los habitantes del planeta.

Su voz vibraba por todo su cuerpo como si un ejercito de hormigas masajistas se pasearan por él. Sonreía gustoso, casi como adormecido cuando de repente, abrió los ojos como dos soles asombrados. Por un instante fugaz, delante suya, a unos 200 metros, una ciudad sobre una isla había surgido de la nada y un puente arcoiris la unía a la orilla.

¿Se habría quedado dormido? ¿Lo había soñado?

  • Tranquilo no lo has soñado. Acabas de ver la verdadera Ciudad Monasterio.

Su entrenador, se encontraba detrás suyo y le contó que llevaba mucho tiempo observándolo, porque veía en su corazón un verdadero monje. Sabía que solo era cuestión de tiempo que su nivel de atención y escucha le llevaran a descubrir la verdadera ciudad. Su entrenador estaba sorprendido por como había llegado a vibrar en la misma frecuencia que la ciudad, ya que en los últimos tiempos, eran muy pocos los que conocían, los en otra hora famosos cantos gregorianos. – ¿Quién te enseño a cantar gregoriano? – le preguntó y enseguida le explicó que los verdaderos monjes y magos vivían en la isla invisible a los ojos de las personas normales. Habían dejado crecer  la orden de los caminantes del fuego que  con su disciplina y pruebas hacían de filtro contra aquellos que querían acceder a los secretos de la ciudad tan solo para buscar la fama. Era una tapadera para alejar a los falsos magos que solo buscaban el poder sobre los demás.

Los verdaderos magos – le explicó  Stravinsky Garrapatea, su entrenador – también recitaban mantras y cantaban gregoriano y eso les llevaba a vibrar en una frecuencia diferente que les permitía hablar con todos los seres de Musikosmos. Cada ser, incluso cada cosa tiene un espíritu y tu podrías escucharlos, verlos y hablar con ellos si consigues cruzar el puente que acabas de ver, le dijo.

Allí, entre hombres y mujeres viven  todo tipo de espíritus: instrumentos animados, notas, pentagramas, animales, insectos y pájaros que pueden ver ver, oír y tocar en la misma frecuencia que los hombres y mujeres de Musikosmos, en este planeta  que en los tiempos antiguos se llamaba ReSostenido y donde se fundó la primera Ciudad Monasterio.

Caminar sobre el fuego no era la prueba que tenía que superar si quería acceder a la verdadera magia de hacer visible lo invisible. De viajar más allá de su cuerpo y del tiempo. Caminar sobre el aire era la verdadera prueba para acceder a ciudad monasterio.

- ¿Qué debo hacer? preguntó entusiasmado Ánima.

  • Ya lo sabes, contestó Stravinsky. Has entrenado durante 10 años para ello.

Ánima comenzó a cantar Gregoriano con la esperanza de volver a ver el puente. Le costó un buen rato concentrarse, relajarse y olvidarse de la excitación que le generaba querer ver otra vez ese nuevo mundo.

Cuando por fin los pensamientos desaparecieron de su mente y se concentró en sentir la vibración de los cantos, el puente y la ciudad aparecieron.

Comenzó a caminar sobre un puente que era translucido, etéreo, como una nube que flotaba en el aire y comenzó a preguntarse como era posible. En ese mismo instante cayó al agua y el puente desapareció.

Frustrado, nadó hasta la orilla y pensó que no había superado la prueba. Buscó a Stravinsky pero no lo encontró. Al día siguiente volvió y cantó, y el puente apareció y volvió a caminar y cuando volvió a maravillarse y preguntarse como era posible, volvió a caer al agua. Durante 40 días lo intentó. Incluso por si acaso, se presentó a la prueba de caminar sobre el fuego, que superó. Todos le alabaron y lo festejaron por todo lo alto, pero cuando al día siguiente intento caminar sobre el aéreo puente; Ánima se deprimió más para desconcierto de todos sus amigos.

Curiosamente solo encontraba consuelo cantando gregoriano y por ello seguía yendo todos los días a la orilla del lago. Cuando aparecía el puente, aunque sabía que caería al agua no podía resistir intentarlo de nuevo y así sucedió hasta que después de 40 días cuando caminaba por el puente, sintió la caricia del aire en la planta de sus pies. El puente lo sostenía, ni siquiera tenía que andar. El espíritu del puente era ese precisamente, transportarlo de un lugar a otro. Llegó a tierra firme y sintió la calidez de la tierra que se comunicaba con él. Era la vibración de la calma, de la paciencia. La tierra que lo alberga todo, que acepta todo y que sostiene y da a luz a todo. Esperó y observó y la ciudad se fue haciendo más nítida, más solida. Ánima no pensaba, no juzgaba. Era como cuando luchaba en combate con los monjes de la orden de los caminantes del fuego. Siempre ganaba los combates porque no pensaba, solo sentía a su oponente y reaccionaba a sus movimientos. Solo tenía que relajarse y concentrarse en sentir, para sentir la energía fluyendo y seguirla. Solo seguir, solo caminar, solo sentir, solo compartir. Todo se convertía en una sola acción.

Entró en la ciudad y los monjes le dieron la bienvenida. Stravinsky le saludo con un simple gesto de cabeza y sonrió. La ciudad vibraba en todo su cuerpo, era pura música. Como escuchar un concierto interminable que salta de frase en frase, de nota a nota, de espíritu a espíritu. Porque todo lo que le había contado Stravinsky era verdad.

Se encontraba con un pentagrama y se ponían a componer música. Se encontraba con un trombón y jugaban un concurso de soplidos huracanados.

Se encontraba con un pájaro y volaba en bandada sobre el cielo de la ciudad mientras cantaban el himno a la alegría de Beethoven.

Ánima encontró la calma y la sabiduría para mantener su cuerpo, su mente y su espíritu en aquella vibración y pasó a formar parte de los verdaderos monjes del fuego. Los magos capaces de hacer visible lo invisible.

 

Alma la guardabosques

 

“Ciudad Arbórea” era en realidad un bosque. Era lo que Alma la guardabosques, siempre había conocido como el bosque ancestral.

-¿Qué es una ciudad?- le había preguntado Aritz el roble, en su primer encuentro. -¿Qué es un guardabosques?- le había preguntado también ese mismo día.

Desde ese primer encuentro con Aritz el roble, el universo de Alma había cambiado drásticamente. Ahora se había convertido en una ladrona de árboles de ciudad, a la que perseguía el jefe de policía de “Ciudad Acorazada”.

Aritz no era un anciano roble porque tuviera más de 3.000 años. En el planeta Cromado todavía había muchos árboles de más de 3.000 años, a pesar de los hombres, que poco a poco estaban colonizando y cambiando el planeta.

Aritz era anciano porque sus raíces llegaban a comunicarse con el tocón más anciano del planeta que era un descendiente de “Ciudad Plantel” Una ciudad de otra época, ya muy lejana. De cuando los árboles gigantes habitaban el planeta. Nadie sabía que edad podía tener el tocón. Sus anillos pararon de crecer aproximadamente a los 90.000 años pero las pruebas de carbono 14 habían determinado una edad de al menos 400.000 mil años.

El tocón  de 33 metros de diámetro, lo que hacía presuponer un árbol de más de 400 metros, estaba aún vivo y la fotosíntesis se seguía realizando a pesar de no tener hojas. El bosque que lo rodeaba mantenía vivo al anciano tocón.

Alma como guardabosques siempre había destacado por su capacidad de observación y por su olfato. Ella podía distinguir el humor de los árboles por su olor. Si aparecía alguna plaga, los árboles cambiaban de olor. Siempre pensó que quizás esa, era la manera de comunicarse de los árboles. Alma pensaba que de alguna manera los árboles hablaban entre ellos. Un día guiada por un extraño olor llegó al centro mismo del bosque. Allí encontró al tocón y estaba tan fascinada que hasta que se hizo de noche no se dio cuenta de que estaba perdida.

Se acurrucó bajo un viejo roble con la esperanza de que la noche no fuera muy fría. Por la mañana, se despertó feliz. No había pasado frío. Curiosamente la cubría un manto de hojas que ella no recordaba haber acumulado. Pensó que el viento la habría tapado.

Ese día encontró el camino de vuelta a casa y empezaron sus investigaciones científicas. Durante un año, estudió el tocón. Lo midió, analizó y examinó rigurosamente y su conclusión era indiscutible. Ek tocón estaba vivo y eran los árboles que lo rodeaban aliados con los hongos quienes lo mantenían vivo. La pregunta que no podía responder y le traía de cabeza era el por qué.

Durante ese año sucedieron cosas extraordinarias. Siempre que se quedaba a dormir, despertaba con un manto de hojas cubriéndole que ella no había recogido. Al principio, aunque ella marcaba el camino para no perderse, nunca conseguía llegar por el mismo camino pero siempre llegaba. Al final dejó de marcar. Parecía que el camino siempre se abría a su paso.

Otras cosas extraordinarias también pasaron pero la que lo cambió todo fue cuando Alma habló con Aritz el viejo roble guardabosques.

Alma, después de un largo día de trabajo se fue a sentar bajo el roble donde se había quedado a dormir algunas noches de verano.

Al principio pensó que le picaba la espalda, luego que había algún animalillo entre el tronco y su espalda. Puso sus manos sobre el tronco y sintió una corriente como el hormigueo de los cables de teléfono. El tronco vibraba como el pulso de un corazón. La savia subiendo y bajando por el tronco del viejo roble cuya corteza era gruesa y dura por lo que Alma no entendía como era posible sentir ese latido que llegaba de más a dentro, tras la corteza.

Alma como científica intentaba comprender esto pero no tuvo tiempo de estudiar, ni siquiera de pensar. La vibración llegó a su cerebro y se crearon imágenes. Imágenes que ella convirtió sin querer en palabras. El viejo roble le estaba hablando.

Le estaba contando la historia del bosque y la historia del planeta. Una información almacenada en el viejo tocón.

Fue así, como Alma supo el por qué los árboles jóvenes mantenían vivo a su ancestro.  Todos los árboles en el bosque eran una gran familia.

Aritz le indicó otra manera de mirar al bosque y entornando los ojos. Mirando sin mirar, con una mirada abierta pudo ver una gran columna de luz que se elevaba sobre el tocón y descubrió que aunque su tronco, sus ramas y sus hojas ya no se veían, una figura de luz translucida del árbol que en su día fue, se fundía con la luz del cielo.

Alma descubrió que los árboles no solo se comunican por el olor, atrayendo a los polinizadores y repeliendo a las plagas. También se comunicaban por las raíces y cada árbol y cada planta vibraba en una frecuencia diferente. El tocón conocía todas las frecuencias y almacenaba todo el conocimiento de las plantas del bosque. Los hongos que vivían bajo tierra y por todo el bosque eran la red de comunicaciones que usaban los árboles para comunicarse unos con otros.

Así fue como Aritz  que estaba en medio del bosque junto al tocón, había tenido noticias de los árboles de Ciudad Acorazada y su sufrimiento. Durante años algunas semillas de los árboles de ciudad Acorazada gracias al viento o a los pájaros habían podido huir de la ciudad y con el tiempo la información de esas semillas fue pasando de generación a generación, de árbol a árbol hasta llegar a los lindes del bosque ancestral que se encontraba a 242 kilómetros de Ciudad Acorazada.

Aritz supo como a los árboles se les encarcelada en rectángulos de hormigón  que las raíces no podían traspasar, por lo que tampoco podían crecer en proporción a sus ramas, las cuales, al vivir incomunicadas y solas, sin sombra de otros árboles y con toda la luz del sol para ellas crecían demasiado y cuando el viento era demasiado fuerte se quebraban y cuando la nieve se acumulaba demasiado también se quebraban. Si aún así no se quebraban, las podaban y las herían tan brutalmente que antes de alcanzar la edad adulta morían. Casi ningún árbol superaba los 150 años, apenas comenzando la adolescencia.

Por todo esto y muchas más razones Aritz se comunicó con Alma y le pidió que devolviera los árboles al bosque.

Así fue como Alma se convirtió en la ladrona de árboles de ciudad.

 

Jim Metal era el jefe de policía de Ciudad Acorazada. Por lo que el sabía, debía su nombre a algún ancestro minero de la familia, pero el contaba a todo el mundo que era un apodo, por su gusto por la música Heavy Metal.

Jim estaba muy enfadado. El alcalde le presionaba para que descubriera quien estaba robando los árboles de la ciudad. Como si no tuviera otros problemas más importantes. ¿Qué podía saber el de árboles? y ¿Qué importaban unos pocos árboles? En su opinión no hacían falta árboles en su ciudad.

Como no sabía por donde empezar decidió consultar a un guardabosques que le explicará cuando menos, qué había qué hacer para robar un árbol.

Según el alcalde al principio solo desaparecieron los árboles pequeños, pero últimamente estaban desapareciendo árboles de más de 50 años. Una secuoya que  alcanzaba ya los 16 metros, se la llevaron a plena luz del día. A los transeúntes les dijeron que estaba enferma y se la llevaban una temporada para reanimarla. Algo totalmente imposible, eso de reanimarla y volverla a traer, por lo que le contaron más tarde.

Alma escuchó pacientemente al jefe de policía y tuvo que agarrarse las manos para que no se le notaran los nervios, de lo asustada que estaba con aquella visita inesperada.

Cuando Alma se dio cuenta de que ella no era sospechosa, se tranquilizó y ofreció al policía un te azul para equilibrar su enfado.

En lugar de darle pistas sobre lo que era necesario para transplantar un árbol, le contó que en realidad ella estudiaba la vida de los árboles en el bosque ya que en la ciudad todos los árboles estaban condenados a morir muy jovenes y no se los podía cuidar, ni hablar igual que a los del bosque.

-¿Hablar?- le preguntó Jim.

Y Alma rápidamente para eliminar sospechas, le dio una pista sobre los posibles ladrones, a los que alma llamó vándalos sin escrúpulos haciéndose la escandalizada y sorprendida.

Para tranquilizarlo Alma le dijo que por el patrón que parecían seguir  los ladrones, estos no iban a robar los árboles que formaran un pequeño núcleo parecido a un bosque, sino árboles solitarios o separados unos metros unos de otros. En su opinión podrían ser ecologistas radicales que querían llamar la atención por la tala desmesurada de bosques o gente pobre que necesitaba combustible. Pero ella no era una experta policía.

  • Muy interesante observación -  dijo Jim Metal y se quedó pensativo.

Alma aprovechó para contarle la animada vida de los árboles en el bosque. Habló de los árboles y sus similitudes con la organización social de los seres humanos y como los bosques evolucionan aunque sea tan lentamente que es muy difícil darse cuenta de los cambios sutiles. Le hizo comprender que 150 años apenas eran el comienzo de la vida de un árbol que podría vivir más de mil años y cientos de miles en un bosque antiguo.

Le explicó que los árboles no hablan con palabras sino mediante el olor, la vibración, la química y la vista.

- ¿La vista? Jim metal estaba fascinado. Cuanto más hablaba la guardabosques, más guapa le parecía. Su pasión por los árboles le parecía fascinante y a Jim Metal, el policía de peor humor de la ciudad, se le empezaron a cruzar pensamientos de dulzura y admiración que le hormigueaban en el estomago.

- Claro. La vista.- Respondió Alma. Las llamativas flores son un claro ejemplo. Las flores son un mensaje para los insectos, para qué les ayuden a polinizarse y así poder reproducirse. Es como cuando tu te vistes elegante para quedar con una mujer a la que quieres agradar o como cuando al verla el corazón se te acelera o se te pone un hormigueo en el estomago. No son mensajes hablados pero todos los sentimos.

Jim Metal sintió el calor en sus mejillas, nervioso y sorprendido a la vez, pues se le paso por la cabeza que aquella mujer le había leído sus pensamientos.

Se despidió rápida, cortésmente, agradeciéndole su ayuda y con un breve:    le mantendré informada, que dejó a Alma algo alarmada. Quizás había hablado demasiado y se había delatado.

Alma llamó a su amigo el mago, el que le había explicado que el secreto de la magia era distraer al público para que no descubrieran el truco. La maniobra de distracción había servido para robar la Secuoya, pero ahora toda la ciudad estaba alarmada por la desaparición de los árboles, tenían que idear un plan para desviar la atención.

Su amigo el mago Xun consiguió inventar algunas argucias, pero transplantar un árbol y que no muriese en el intento requería mucha delicadeza y tiempo.

Consiguieron algo de tiempo y ventaja robando en otras ciudades, haciendo creer así a la población, que el ladrón de árboles ya no estaba en la ciudad.

Pero en el siguiente robo, la población se asustó y se enfado más. Todo el mundo quería ver al ladrón entre rejas y castigado.

Alma sentía un desasosiego en su interior que no le dejaba dormir hasta que un día cuando visitaba al roble Aritz encontró una posible respuesta: hacer magia de verdad le había recomendado Aritz.

Cuando Alma conversaba con Aritz era una inmersión en el mundo vegetal que era como transitar una ciudad.

El bosque es una ciudad le había dicho Aritz. Yo también soy una ciudad.

Alma pasaba horas y horas observando como por la corteza agrietada de aquel roble los insectos, los líquenes, musgos y todo tipo de animales transitaban y trabajaban y se alimentaban y se protegían unos a otros. También había alguna pequeña guerra cuando algunos insectos u hongos avariciosos atacaban al viejo roble cuando a este se le caía una rama y quedaba herido. La herida abierta era un manjar de azucares de fácil alcance. Pero el roble que ya había sobrevivido a muchos ataques, generaba un olor que atraía a otros insectos o pájaros que se alimentaban de  los atacantes. El viejo roble con su gran copa alimentada por el sol y sus grandes raíces alimentadas por el agua, alimentaba y daba cobijo a una gran comunidad de seres, pero no se dejaba matar por los avariciosos.

Yo mismo soy una ciudad recordó Alma que Aritz le había dicho y observar esa ciudad y esa vida le parecía pura magia. Verdadera magia. Tenía que convencer a la población que robar los árboles no era un robo sino un acto de compasión, pero mientras estuvieran asustados nadie podría comprenderlo.

Alma decidió crear una nueva ciudad. La llamaría Ciudad Arborea, en honor al bosque ancestral, una ciudad donde se diera cobijo a los árboles enfermos y donde sus habitantes trabajasen para cuidar y sanar a los árboles y a las personas enfermas de asfalto, hormigón y luces artificiales. Sería una ciudad sin electricidad. No sería una ciudad fácil de habitar, nada atractiva para los consumidores y perezosos, pero si para aquellos dispuestos a trabajar y vivir en comunidad.

Por otro lado, para transformar el miedo en oportunidad, debería reconvertir Ciudad Acorazada. La transformaría en una ciudad jardín, donde las plantas pudieran comunicarse. Una ciudad donde en cada balcón, en cada terraza pudieran sembrarse plantas, incluso hortalizas, que no árboles. Plantas que no necesitan un entramado de raíces. Plantas que se comunican por el aire. También habría que construir acueductos y canales que aliviaran el sofoco del asfalto. Ciudad acorazada debería convertirse en una ciudad verde para que sus ciudadanos no echaran de menos a los árboles, qué habían esclavizado durante años, los cuales solo deberían vivir en comunidad en alguno de los grandes parques. Aunque cierto es que siempre se podría recurrir a los solitarios sauces, los cuales prefieren vivir en soledad en lugar de en un bosque.

De camino a casa y con su cabeza repleta de ideas, sonrió pensando en Jim Metal, quien en los últimos meses con la excusa de pedir consejo técnico había visitado asiduamente y había conquistado el corazón de Alma. A la vez que el rudo Jim Metal había descubierto su amor por Alma la guadabosques y sus árboles.

Alma sonreía porque ahora comprendía porque Aritz el primer día le preguntó  por su soledad. Alma había sentido cuando se comunicó con Aritz que no debía estar sola, que debía compartir esa experiencia, pero por aquel entonces todavía no se había encontrado con Jim Metal. De quién tuvo, desde el principio la extraña sensación de que ya se conocían de tiempo atrás.

Al despedirse Aritz habló directamente a la mente de Alma y la despidió:

- Hasta la vista Alma, en otra era conocida como Acuarela coloreada, esposa y amante del famoso minero y fotógrafo, Jim Metal, padre de la gran artista Pigmenta Arcoiris que muchos años después fundaría el castillo de lápices de colores.

Alma no entendió todos esos nombres y parentescos pero sí, que Jim Metal era la clave para comenzar un nuevo camino entre árboles y personas.

 

 

Reina Arratos

LA REINA ARRATOS (Ciudad Fábrica de Palabras)

La reina Arratos no siempre sabía lo que había que hacer. De ahí su nombre, y cuando no reinaba se convertía en viento.

En su reino situado justo en medio de cosmopalabra siempre se decía:  “las palabras se las lleva el viento”  porque todo aquel que mentía se convertía en viento. Se quedaba sin palabras y durante todo un día y una noche volaba por el planeta convertido en viento.

Algunas personas mentían a propósito para poder volar, aunque existía el peligro de que si  se mentía mucho, te quedarás convertido en viento para siempre.

La reina Arratos, tenía sangre muy antigua, de los tiempos en que no existía la mentira. Por ello, ella, que  nunca mentía podía convertirse en viento a voluntad. Sin embargo, su forma de reinar era tan respetuosa y sincera que cuando no sabía lo que había que hacer para que el reino mantuviera la armonía, aunque no lo necesitara, se inventaba una mentira y se convertía en viento a los ojos de los demás. Se convertía en viento, delegaba su mandato y dejaba que otros gobernaran hasta solucionar el problema. Cuando volvía todos le pedían que volviera a reinar ya que nunca en cosmopalabra, en el planeta hablado había habido una reina más justa, respetuosa y sincera que ella.

El palacio de la reina se encontraba, arriba, en la colina, al final de la avenida puntos suspensivos, justo en el borde del acantilado que daba hacia el mar de las sirenas en la “Ciudad Fabrica de palabras”.

Como podéis imaginar por el nombre de la ciudad, el palacio no se parecía para nada a un castillo, era más bien una fábrica y sus habitantes unos parlanchines.

En la ciudad abundaban las cafeterías donde siempre se podía mantener una interesante tertulia con los afiladores, cocineros, sastres, pintores, músicos, bailarines y demás profesionales creadores de palabras nuevas.

A un cocinero no se le podía pedir que preparase un buen plato de alubias pero si se le daba un buen diccionario lo vaciaba en su cacerola, lo removía todo con su cucharón y preparaba una exquisita sopa de sinónimos.

Los sastres no eran capaces de confeccionar un traje de lino, pero si les dabas un idioma, con sus tijeras lo recortaban todo hasta conseguir un traje de papel escrito con las  letras de un nuevo país.

Los músicos no sabían tocar instrumento ninguno pero si les dabas un libro con su especial lenguaje musical eran capaces de crear mundos de fantasía en el aire para habitar otros planetas.

Las torres más altas eran las bibliotecas con interminables escaleras de caracol en su interior siguiendo la disposición de los libros repartidos también como una escalera de caracol,

La imprentas con sus máquinas de todos los tamaños y formas se situaban a los lados de la avenida dispuestas a imprimir las palabras nuevas de los artesanos.

Los laboratorios que inventaban las máquinas de escribir palabras, se apilaban y entretejían entre ellos como una red por toda la ciudad. En los laboratorios había todo tipo de máquinas: imprentas de cuñas, impresoras digitales, proyectores holográficos, impulsores telepáticos…

En ciudad Fábrica de palabras se habían inventado tantas palabras que algunas no tenían todavía mundos, ni planetas a los que ir y esperaban tranquilas en los almacenes enciclopédicos de las palabras, jugueteando entre ellas. Esperando a que el creador de mundos les visitara y les diera noticias de la formación de un nuevo mundo a donde ir.

 

En la “Ciudad Fabrica de Palabras” todo comenzaba en la puerta de entrada a la que se llegaba desde el valle. En el valle se cultivaban todo tipo de letras, sílabas y fonemas. Los agricultores se ganaban la vida vendiendo sus cultivos a la ciudad. La ciudad todos los años compraba todo lo cosechado y recogido y lo enviaba por la avenida de puntos suspensivos hacia el palacio. Empezando en la puerta de entrada, donde las  sílabas o fonemas o letras hacían un recorrido por todos los artesanos que trabajaban a lo largo de la avenida para encontrarles una definición o sentido. Cuando llegaban al palacio, recibían el aprobado de la reina si la palabra formada no era una simple palabra y tenía una definición que le daba el sentido exacto de su vida.

Una vez llegada la palabra a palacio,  la reina la ponía a prueba para saber si se la llevaría el viento hacia el mar de las sirenas por mentirosa, o surcaría el universo hacia la boca del creador de mundos que la sembraría en un nuevo planeta, un nuevo hogar.

La cosecha de ese año había sido buena. Fukoaka había pasado 9 años trabajando la tierra, alimentándola, observando donde debía limpiar y donde debía esperar a que la tierra misma se aliara con los animales y con las plantas.

Después de 9 años sembró unos cánticos antiguos que su abuelo le enseño. Las espigas crecieron y los ratoncillos de campo hicieron su nido entre ellas. Las rapaces peinaron con sus alas las altas hierbas. La escarcha y el rocío se turnaron para hablar con el sol, que los elevaba hacia el cielo.

Y mientras todo esto sucedía Fukoaka observaba silencioso. Así pudo pescar en las redes de sus oídos cinco sílabas.  Fukoaka era uno de los últimos agricultores, pescadores de sílabas. De sus orejas colgaban unas finas redes casi invisibles que algunos confundían con largos pelos canosos que parecían salir de sus oídos.

Esta confusión se debía a que sus cabellos y barbas eran también blancos y largos como la cola de un caballo.

Fukoaka ese año tenía un presentimiento. Sus cinco sílabas llegarían hasta la reina, sin embargo cuando se dirigía hacia la puerta de “Ciudad Fábrica de Palabras” unos malhechores le atacaron y le robaron sus cinco sílabas para venderlas en el mercado de la ciudad porque sabían que las sílabas que llegaran hasta la reina Arratos y fueran aprobadas por ésta, tenían un premio extra en monedas de oro. Y todo el mundo sabía que Fukoaka cada cierto numero de años siempre conseguía que sus sílabas llegaran a palacio.

Las 5 sílabas llegaron  a la puerta de la ciudad magulladas y asustadas por el maltrato de los malhechores.

En la avenida los primero que las recibieron fueron los pintores pero de tan golpeadas y destartaladas que estaban no hubo manera de encontrarles un color uniforme y de tanto colorearlas quedaron oscuras y casi negras.

Los sastres cosieron y  cortaron, cortaron y cosieron pero todo lo que pudieron conseguir fue un traje desalichado hecho de jirones.

Los escultores al verlas tan  desarropadas las recibieron con escepticismo y después de probar todos los ordenes y de izquierda a derecha y viceversa decidieron que su forma era vertical, aunque palabras como  Nicolaverca o Cacolaniver o Vercolacani les hacia sospechar que podría tratarse de una nueva especie animal horizontal de cuatro patas con cola.

Los músicos nunca habían trabajado con una palabra vertical y solo pudieron darle sonido a la sílaba Ní a la que pusieron el acento de un idioma muy antiguo donde Ni significaba yo.

Todos los gremios sudaron y se esforzaron en darle un significado a las 5 sílabas pero cuando llegaron a la puerta del palacio las cinco hermanas estaban tan mareadas y confusas que no podían distinguir entre la verdad y la mentira. Todos pensaban que la reina Arratos  las mandaría deshacerse en un susurro hacia el mar de las sirenas en lugar de mandarlas hacia un nuevo mundo.

Sin embargo, cuando llegaron, la reina Arratos no estaba, debido a que había llegado a sus oídos que alguien había robado unas sílabas al maestro Fukoaka y como nunca antes había habido un robo en su reino, se convirtió en viento.

Por primera vez, en la historia no pudo delegar a nadie el trabajo de solucionar el problema de los ladrones pues nadie sabía que hacer. Por eso, la reina Arratos les pidió que esperasen su vuelta mientras ella, convertida en viento trataba de encontrar una solución.

Los consultores de la reina prepararon el tablón colgante del acantilado para facilitar a la reina cuando regresara, la tarea de lanzar a las pobres sílabas a los cuatro vientos.

Las sílabas mientras esperaban pudieron descansar, ordenarse y asearse un poco. Se relajaron y esperaron.

Cuando llegó la reina y vio la escena se hecho a reír. Menos mal que les había dicho que esperasen. Soplo sobre las sílabas y la palabra que los escultores no habían podido ver, apareció: CA VER NÍ CO LA

Y la reina dijo: CA será la cabeza, VER será los ojos, Ni será el Yo, la mente, CO será el cuerpo y la LA será la voz.

Seréis la definición de los seres oscuros e ignorantes que roban por conseguir un oro que no les sirve de nada en un planeta donde tienen todo lo necesario para vivir. He visto a Fukoaka y no quiere el premio de oro porque sus palabras hayan llegado a palacio y no sean  mentira, sino una palabra verdadera y definida. Fukoaka es feliz, plantando semillas y recogiendo  palabras verdaderas que escucha en la naturaleza. Me pidió que diese el oro a quien lo necesitara. Si los ladrones lo necesitan que sea para ellos.

Y así lo haré, pero he hablado con el creador de mundos y el me ha ofrecido un planeta donde voy a desterrar a estos ladrones ignorantes de las palabras verdaderas. Allí tendrán tiempo para aprender a hablar y si aprenden de la naturaleza también aprenderán a pensar y si piensan palabras verdaderas, aprenderán a no pensar y  podrán volver a este planeta. El nuevo planeta de estos cavernícolas se llamará: tierra.