CIUDAD IMAGINARIA

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Eko espantavientos nació con los ojos blancos. Cuando sus padres estaban creando el camino que lo traería desde  mundo  invisible al visible, hubo el eclipse de sol más largo del planeta Cromado. Duró tres interminables meses y la oscuridad les impidió terminar sus ojos.

Eko no podía ver como los demás. En lugar de ver las imágenes delante de sus ojos, las veía tras ellos, en el interior de su cabeza.  Como manchas translucidas blancas y grises, en pantallas de cine que aparecían y desaparecían. A veces incluso veía más de una pantalla a la vez. Como si viera dos películas a la vez y eso le confundía mucho. El no podía ver el negro, que contiene en su interior todos los colores y por lo tanto tampoco podía ver las imágenes en colores.

Eko vivía a las afueras de  “Ciudad Imaginaria” que era la escuela oficial de idiomas del planeta.

A “Ciudad Imaginaria” llegaban todo tipo de personas para aprender todo tipo de idiomas imaginarios.

Toda la ciudad era una escuela porque en todas partes existía la posibilidad de aprender.

Observando a sus habitantes en su medio, podías aprender a captar el espíritu de sus habitantes y  por tanto su idioma.

En general los pinceles con su mostacho de piel de armiño eran mucho más precisos y arrogantes que las brochas de barba plana o barba redonda, aunque no siempre era así. A veces, las barbudas brochas podían ser muy precisas cuando se trataba de crear obras monumentales y gigantes.

Las cámaras de fotos, de carácter elegante en general, cambiaban de vestimenta en cuanto cambiaban de objetivo. Siempre iban persiguiendo la luz y  aunque por fuera parecían tranquilas, por dentro estaban muy nerviosas por esa obsesión de captar el momento preciso. Les caracterizaba un espíritu exageradamente perfeccionista, aunque por suerte no siempre.

La imagen perfecta no era algo que buscaran las cámaras hechas con cajas de cartón que eran muy tranquilas y siempre aprovechaban los días de lluvia para quedarse en casa y transformarse en un teatro o en un cine mudo, de los de antes.  Esos que invitan a la  imaginación a volar.

Estás generalidades se podían aprender conviviendo en la calle con las cámaras o dándose un baño en la piscina municipal con los colores o en la oficina de correos sentándose a escribir cartas de amor con los bolígrafos rojos…

En cada rincón de la ciudad se podía aprender las bases de cualquier idioma y en general el idioma universal: las imágenes.

Todo el mundo en “Ciudad Imaginaria” aprendía a imaginar y a plasmar y crear sus ideas, pensamientos y emociones mediante imágenes que cobraban vida al compartirlas. Los idiomas de palabras y lenguas eran una extravagancia en  “Ciudad Imaginaria”.

Ahora bien, si alguien quería aprender un idioma de verdad tenía que hacerse aprendiz de artesano.

Los artesanos eran los verdaderos profesores. Los que captaban la esencia y el espíritu de sus obras.

Un maestro de pinceles:

-aprendía a mirar a las estrellas, a la luna, al sol, para aprender el idioma con el que estos se comunicaban con los árboles. De esta manera sabía si obtenía el permiso del espíritu del árbol para cortarlo o no.  Un árbol solo se cortaba según lo que dijeran la luna, la estación y el propio espíritu del árbol.

-Aprendía a nadar en el agua para sentir en su piel la suavidad y flexibilidad de ésta. Cualidades indispensables que debía transmitir a un pincel para que este pudiera conectarse a la persona con la que quisiera compartir una vida de creación e imaginación.

-Aprendía a hablar y jugar con los animales, para entender la textura y las cualidades de sus pieles y pelajes.

-Aprendía sobre el aire, sobre el movimiento de las hojas al viento, del polen volando fértil por las 8 direcciones, del polvo de cuarzo flotando, dispersando y reflejando la luz al infinito espacio.

Teniendo en cuenta todos estos conocimientos el artesano creaba cada pincel con un único espíritu e idioma propio.

A veces, los pinceles no encontraban afinidad con una persona y sí, con otro pincel y si querían formar una familia, entonces recurrían a un maestro artesano. Le contaban como les gustaría que fuera su hijo: un fino pincel para pintar con hiperrealismo, un pincel sugerente que emocionara con su color o un pincel abstracto abierto a una desbocada imaginación.

Así aprendía el artesano continuamente el idioma de los pinceles y así aprendía también el aprendiz.

 

Pincel pelo de nutria era un aprendiz que se aburría en la escuela de idiomas a la que el maestro le había mandado, antes de comenzar con el verdadero aprendizaje.

Su mejor amigo era Grafity negro, un spray huérfano al que no le gustaba formar parte de una comunidad, tal  como se suponía que todo grafitero  necesitaba, para poder crear los murales y las imágenes propias de los grafitis.

A estos dos jóvenes les unía su pasión por la naturaleza.

A pincel pelo de nutria lo que más le gustaba era nadar y jugar con el agua. No necesitaba de los colores para pintar. Humedecía las hojas, humedecía las rocas, humedecía el aire y combinaba una gama de tonos que lo mismo dibujaban un dragón extinguido hace miles de años que una puerta de entrada a sus mundos imaginarios.

Grafity negro se reía de él porque sus dibujos duraban un suspiro y muchas veces eran difíciles de ver para los ojos no acostumbrados al juego de las luces y las sombras.

Pero su risa era la risa de un amigo que bromea y provoca cuando en realidad siente admiración.

Grafity al igual que Pincel no podía usar los colores. Todavía no había ningún artesano que hubiese inventado el espray multicolor. Por eso, a Grafity le gustaba tanto pintar en la naturaleza en lugar de pintar en los muros y paredes de la ciudad. Cuando Grafity pintaba en la naturaleza, su trazo era tan sutil y difuminado que sus obras parecían parte misma de la naturaleza. Solo se podían contemplar desde la distancia y solo cuando te acercabas mucho, notabas que una roca o una hoja o un árbol había sido pintado. El negro era tan difuminado que el color de aquello que pintara lo impregnaba de rojos, verdes o azules.

Sus obras aunque duraban más que un suspiro, también duraban bien poco, hasta que el agua  y el sol las borraban.

Esa idea de  arte efímero era  lo que más unía a los dos artistas.

Y precisamente, en una de sus fugas de la escuela, al salir de la ciudad, paseando por la naturaleza, se encontraron con Eko espantavientos.

Eko iba caminando y dibujando en el aire con sus manos todo aquello que veía en su pantalla de cine, en el interior de su mente. Como siempre lo hacia.

La mayoría de la gente se asustaba al verlo hacer estos gestos en el aire, porque creían que eran conjuros. No entendían como siendo ciego podía caminar sin tropezar y a la gente lo que no comprende le asusta; sin embargo, Pincel pelo de nutria y Grafity negro, cuando lo vieron en dirección hacia ellos,  se quedaron parados y en silencio asombrados y  curiosos, tratando de entender porque dibujaba en el aire.

Los dos enseguida se habían dado cuenta de que dibujaba en el aire pero no sabían por qué, hasta que al llegar frente a ellos se vieron a si mismos, dibujados en sus manos. Eko se paró y les saludo.

Eko dibujaba con su mano lo que veía y de esta manera conseguía la información necesaria para caminar sin tropezar. Siempre caminaba lentamente, para leer el dibujo primero  en sus manos como un radar y luego en su mente como una imagen.

Enseguida se hicieron amigos. Nadie hasta entonces había podido interpretar las manos de Eko, mientras que él podía ver los pensamientos e imagenes de los demás perfectamente.

Sin embargo, habiendo nacido en una familia pobre y no haber podido ir a la escuela, le había impedido aprender los idiomas básicos de Ciudad Imaginaria y por supuesto, Pincel y Grafity no habían aprendido el idioma de palabras que Eko hablaba y que solo unos pocos profesores y artesanos sabían en “Ciudad Imaginaria”.

Durante unos meses, los tres no pararon de disfrutar y crear obras que se las llevaba el viento, el agua o la luz.  Hasta que un día en la escuela les dieron el último aviso. Si volvían a fallar a alguna clase, serían expulsados.

Pincel y Grafity quisieron llevar a Eko a la escuela pero los profesores no sabían interpretar sus manos y no sabían como enseñarle. Había un profesor que entendía sus palabras pero  aun así, no sabía como explicarle el concepto del color, ni el espíritu de objetos animados como pinceles, brochas, lápices y demás seres con los que se suponía debía aprender a comunicarse.

Lo cierto es que Eko podía interpretar y leer imágenes sin color  pero las emociones le causaban gran confusión y muchas veces le hacían interpretar mal los idiomas imaginarios.

Los dos muchachos intentaron enseñarle fuera de la escuela pero sin haber experimentado Eko nunca el color, les resultó tarea imposible.

Un día le llevaron a la piscina de colores y fue muy divertido. Pincel le presentó a 10 colores que se untaron en sus 10 dedos y Eko pintó verdaderas obras de arte en la opinión de Pincel y Grafity pero los colores acabaron bastante mareados y desilusionados, porque no podían interpretar y fusionarse con las emociones de Eko que solo se preocupaba por la precisión y nitidez del trazo, ya que al desconocer el idioma del color, sus dedos no podían plasmar su espíritu.

Cuando Eko se había resignado a no poder ir a la escuela, se encontró con la determinación de Pelo de nutria a quien se le había ocurrido un plan.

Nadie había hecho nunca nada igual, pero el contaba con la fe del espíritu de la creación.

Si Grafity colaboraba, estaba dispuesto a pintar y crear los ojos en el lienzo en blanco que eran los ojos de Eko.

Eko estuvo por su puesto de acuerdo, como mucho lo único que podía pasar era que continuara ciego.

Pincel explicó a Grafity que tenía que pintar un minúsculo punto negro en el centro del ojo de Eko. Un negro tan negro que contuviera todos los colores y antes de que la pupila pintada se secara, Pincel pelo de nutria debería sacar todos los colores hacia el exterior, pintando un perfecto ojo irisado que permitiera a Eko ver los colores.

La operación no duró más de dos minutos y cuando Pincel estaba transitando por los colores pálidos de la tristeza las lágrimas a punto estuvieron de borrar toda la precisión de los finos y rápidos trazos de pincel.

Tuvieron la suerte de que el profesor Tinta China estuviera presente y rápidamente con un papel secante pudo absorber la lágrima que salía por el rabillo del ojo.

Cuando Eko espantavientos pudo ponerse en pie, se tambaleó como drogado o borracho. Reía, lloraba, cantaba y sus manos no paraban de moverse sin sentido arrastrando su cuerpo sin control.

Se había quedado ciego de verdad. No podía interpretar lo que veía en la pantalla de su mente. Su cuerpo le llevaba de la euforia al llanto, a cada poco.

Pincel recordó entonces el día de la piscina de colores y allí que se fueron.

Eko iba poniendo colores en sus dedos y se dejaba llevar. En menos de una hora, Eko había aprendido el lenguaje de los colores y sus emociones.

Después comenzó a crear sus propios colores y volvió a recuperar el orden en sus visiones y en su manera particular de ver el mundo.

Seguía siendo ciego para los demás, pero ahora pintaba con sus dedos, no solo sus propias emociones sino también las de los demás.

Eko pudo ingresar en la escuela de idiomas y gracias a la habilidad de sus manos, llego a ser artesano escultor de caligrafías para invidentes.

Pincel pelo de nutria y Grafity negro recorrieron el planeta creando extraordinarias obras efímeras que se recordaban en todas las tertulias, de todos los cafés, de todo el planeta Cromado.

Cada cierto tiempo, volvían a ciudad Imaginaria, a visitar a su amigo para toda la vida y ese día se convertía en una fiesta de color e imaginación.

 

 

Juanagorri

 

Juanagorri sentado en el espolón del Balerdi mirando hacia los vientos que venían del mar pudo distinguir como Mari cruzaba las oscuras nubes que traían la tormenta. Sin embargo, el aire todavía no alcanzaba a oler los relámpagos de Mari surcando el cielo. Eso le daba todavía algunas horas hasta el atardecer de truenos y rayos, de pedriza y viento racheado que se avecinaba. Mari estaba enfadada y Juanagorri no sabía por qué.

Salió brincando de piedra en piedra y con su vara de avellano a modo de pértiga volaba ladera abajo desde el Artubi en dirección a Unako Putzua.

Seguro que allí se encontraba con alguno en dirección a la ermita de San Miguel y puede que ahí encontrara respuesta.

Hacia ya algunos años que había decidido vivir en el monte.

Si se escuchaba a la naturaleza y a los ancestros, no faltaba de nada. Juanagorri vivía solo en Aralar porque prefería el silencio de sus habitantes al parloteo fanfarrón e ignorante de los vecinos del valle.

Juanagorri no contaba a nadie que el podía hablar con Mari y con Basajaun; con las nubes y con la tormenta; con los animales y los árboles, porque sabía como escuchar e interpretar a la naturaleza. Cada ser vivo tiene un espíritu pensaba Juanagorri y si sabes observarlo puedes entender su lenguaje.

Y aunque el no contaba nada sobre su vida en la montaña, de vez en cuando abordaba a los caminantes para preguntarles todo lo que pudiera. Siempre era bueno saber que nueva estupidez pensaban hacer los jauntxos del valle.

Por eso, ese día se dirigía hacia la ermita, porque era día de romería para los que imponían las tradiciones.

Así fue como se encontró con Joxe Miguel Bengoetxea, el famoso cablero de Araitz. Fue el primero que instaló los endiablados cables para bajar la hierba de la montaña.

Un gran avance industrial dijeron y justo entonces fue cuando Juanagorri decidió irse al monte.

En realidad, Juanagorri no tenía nada en contra de la industria mientras fuese de provecho y ayuda, pero en sus viajes por América, bien que había visto que la industria siempre iba acompañada de la avaricia.

¿Qué hay de nuevo? Le preguntó Juanagorri.

Y Bengoetxea le contó como Antsonegoikoa había estado apunto de quemarse porque una bala de paja había cogido fuego y había provocado un incendio.

La bala de paja debido al fuego se soltó del amarre y comenzó a descender por el cable, cayendo a mitad de recorrido en el bosque, cerca de Antsonegoikoa. Como ya estaba anocheciendo el cable no se veía claramente y solo se veía una gran bola de fuego que iba por el aire. Las personas que lo vieron dijeron que habían visto a Mari y que ella era la responsable del incendio.

Bengoetxea soltó una gran carcajada después de decir esto y añadió que le parecía increíble que alguien pudiera creer en la existencia de Mari.

Juanagorri que siempre se limitaba a escuchar no pudo aguantar la tristeza de presenciar tanta ignorancia y le contó que era verdad; que había sido Mari quien había lanzado la advertencia.

Mari no era una mujer con pies de pato. Mari era la naturaleza misma del fuego y el agua. La manifestación de estos dos espíritus transformándose y equilibrándose constantemente.

Cuando alguien deja un fardo de paja secándose al sol durante todo el día y con total inconsciencia, deja además, una botella vacía sobre ese fardo, lo natural es que la hierba prenda fuego.

Para mi, eso es claramente una advertencia de Mari mostrándonos lo peligroso de mezclar lo artificial con lo natural.

Tu puedes seguir creyendo en Papas e iglesias y dioses que por subir un crucifijo a  la ermita te van a acoger en el cielo, pero yo te digo que si escuchas a la naturaleza y sigues su camino, ya vives en el cielo.

A partir de aquel día, Bengoetxea que era muy rápido aprendiendo, siempre miró al cielo antes de salir de casa.

Ciudad Rocavientos

pueblo pigmeo el dedo diosLa entrada al valle era un desfiladero donde el viento entonaba el susurro de una melodía hipnótica. Los viajeros poco experimentados quedaban dormidos al poco de entrar en el desfiladero.

En Ciudad Rocavientos vivían los mejores escultores musicales del planeta, en ella se guardaban muchos secretos y para nada les gustaban los ladrones de secretos.

La música del viento era su guardiana y las formas de las rocas del desfiladero dejando pasar el viento, se encargaban de crear una música imperceptible al oído común de aquellos que no estuvieran educados para escucharlo.

A la ciudad, solo se podía acceder por aquel desfiladero o  volando y pocos seres en el planeta eran capaces de volar.

En Rocavientos eran escultores, pero también los maestros del aire y los únicos que sabían construir aeroplanos.

Al salir del desfiladero, se accedía a un gran valle que se ensanchaba hasta perder de vista sus límites. En medio emergía una isla, una escultura viviente que con sus muros y torres de roca esculpida en la montaña, hacían la ciudad accesible solo a los iniciados.

En ciudad Rocavientos no se construían instrumentos musicales, sino arquitecturas esculpidas en la roca y con propósitos secretos que cada ciudad le encargaba para salvaguardar sus más preciados tesoros.

Se construían anfiteatros, donde su asientos huecos filtraban y amplificaban hasta el más leve suspiro de los actores y así todos los espectadores pudieran oír con claridad incluso a 20 metros de distancia.

Se construían laberintos de muros deslizantes y también parlantes o así se lo parecía a quien entraba y escuchaba el eco de sus propios pensamientos.

Construían bibliotecas de silencio, donde solo se podía leer o escribir, ya que cualquier palabra se la tragaban las corrientes de vientos que aspiraban hasta los susurros al oreja.

Esculturas que transmitían las conversaciones de la calle y enviaban las palabras a kilómetros de distancia.

La lista de prodigios sería interminable y la fama de esta ciudad había llegado incluso hasta otros universos.

Esa era la razón de que Dedos Ligeros estuviera en la ciudad.  Dedos ligeros era un explorador de musikosmos,  un planeta de otro universo y debía su apodo, a que era un gran pianista, pero también a que era un ladrón de guante blanco.

El prefería el apodo de explorador, pero cuando se encontraba con un misterio, no podía resistirse hasta descubrir su secreto, y eso para los que guardaban los secretos, lo convertían en un ladrón de secretos.

Cuando Dedos Ligeros entró en el desfiladero, debido a su oído absoluto, había escuchado la melodía adormecedora de la entrada y añadiéndole una tonadilla silbada, había transformado el estacato en un alegro y así superó la primera barrera del acceso a la ciudad.

Después subió por una calzada adoquinada que parecía flotar en la nada, ascendiendo en espirales que subían y bajaban entrecruzándose unas con otras y convirtiendo así la escalinata en un laberinto aéreo del que si te caías, nunca más salías del abismo que había debajo.

Después de unas horas perdido, pensó que mejor si intentaba escalar los muros que rodeaban la ciudad, y paró un momento para pensar.

Entonces gracias a su educación musical, pudo escuchar al viento que sostenía la calzada en movimiento  y en el aire, repitiéndose en un ciclo ascendente y descendente  de escalas musicales. Al conocer el ciclo, supo que escala seguía a la siguiente para subir o para bajar y así en los cruces pudo elegir siempre la que subía y salir del laberinto.

Ya en la ciudad Dedos Ligeros se quedó con la boca abierta ante lo que vio.

Parado en mitad de la calle nadie le prestaba atención porque en Ciudad Rocavientos nunca había habido un ladrón y nadie imaginaba que alguien pudiera atravesar sus barreras defensivas.

Las casas que eran todas de piedra, eran ligeras como el viento que las acariciaba. Llenas de huecos. Ventanas y puertas abiertas, cubiertas por plantas, flores o incluso árboles que se expandían o se recogían a su paso si trataba de mirar dentro de las casas.

Una casa sobre otra y sobre otra hacían torres que parecían rascar el cielo.

Puentes sobre puentes, comunicaban casas y calles que hacían sentir al  caminante que paseaba por el cielo, entre nubes que se enganchaban a las torres, a las casas, hidratando a las plantas y luego de un rato seguían su camino.

Sin embargo, lo que más le impactó, fue ver a los habitantes de Rocavientos trabajar.

Por supuesto eran, maestros escultores que manejaban el mazo, el cincel y todas sus herramientas con una delicadeza que no se puede imaginar y eso también le gustó mucho.

Al principio, incluso le decepcionó un poco ya que ese podría ser el secreto de la ciudad. En el primer taller que vio, trabajaban niños y ancianos casi por igual. Parecía lógico pensar que años y años de aprendizaje, eran el secreto de conocer el arte de la escultura, pero cuando estaba admirando como lo hacían, un niño se levantó y sin el más mínimo gesto de esfuerzo, levanto la piedra que estaba tallando que pesaría como mínimo 300 ó 400 kilos. Eso no era posible para la mente de Dedos Ligeros, que era un hombre de mundo y había visto muchas cosas y muchos seres, pero nunca humanos tan fuertes. Luego un anciano hizo lo mismo y sin pensárselo, lo siguió.

En una plaza estaban construyendo una pirámide y las piedras que movían debían pesar toneladas. Dedos Ligeros llegó rápidamente a la conclusión de que ese era el secreto de los habitantes de aquella ciudad.

Debía descubrir como hacerlo, pero casi le descubren a él cuando intentaba levantar una roca, resoplando y apretando los dientes sin ningún resultado.

Cuando vio que algunos le miraban desconfiadamente, se alejo silbando una tonadilla como si no pasara nada.

Estaba llegando la noche y allí parecía que todos se conocían. No había extranjeros y no había visto ningún lugar para dormir, ni para comer.

En el momento en que el sol lanzó su último destello en el horizonte, se hizo un silencio. Parecía que todo el mundo se hubiera callado a la vez. Hasta que cesó el rumor, Dedos Ligeros no se había percatado de ese sutil rumor que ronroneaba en el aire.

El viento paró y el laberinto de escaleras de acceso a la ciudad también. Por una calzada bien firme, subían todo tipo de comerciantes y Dedos Ligeros aprovecho para mezclarse con ellos. Los llevaron a un gran recinto por donde los habitantes de la ciudad pasaban para comprar todo aquello que no podían hacer crecer en sus huertas.

Después de un rato, Dedos Ligeros intentó salir del recinto para explorar la ciudad e intentar descubrir su secreto, pero salir fuera estaba prohibido para los extranjeros.

Dedos Ligeros estaba pensando en escalar hasta una ventana bastante discreta, cuando un habitante bastante alto, fuerte y con cara de pocos amigos, le preguntó: ¿Tu que vendes?

Titubeando, pensando, temblando, Dedos Ligeros comenzó a tamborilear sobre una mesa y entonces el hombre rió sonoramente y grito para que todos lo oyeran: – ¡Eres Músico!

Todo el mundo se alegro mucho y enseguida empezaron a pedirle canciones, pero cantar no era lo que mejor hacía Dedos Ligeros y la gente comenzó a mirarle con decepción, desilusión e incluso algunos, con desprecio.

Entonces se le ocurrió una idea y dijo la verdad. Les dijo que él era pianista y tal como supuso nadie sabía lo que era un piano. Pidió a los maestros escultores que le tallaran piedras de diferentes grosores y longitudes y que las pusieran sobre dos troncos paralelos. En realidad, había construido un xilófono, pero como nadie conocía la diferencia, pudo hacer la música que le pidieron. Estuvo toda la noche sin parar. Nunca antes en ciudad  Rocavientos se había escuchado un concierto semejante. Todo el mundo estaba muy contento menos Dedos Ligeros, que vio como salía el sol y con él, el momento de marchar. Todos los extranjero debían salir de la ciudad para que sus habitantes pudieran trabajar.

Cuando llegaron al desfiladero, un niño agarró de la mano a Dedos Ligeros y tiró de él para que le siguiera. Entraron a un túnel y antes de que se diera cuenta el niño lo lanzó hacia arriba y aterrizó sobre una repisa donde apenas había luz. Se oía una melodía muy lejana, muy suave y la siguió. De vez en cuando llegaba a un cruce, donde tenía que elegir entre la primera melodía o una segunda. A veces, en las encrucijadas, había tres túneles y las melodías se entremezclaban. Tuvo que aprenderse la primera de memoria, porque cuando en alguna ocasión se confundió y cogió el camino incorrecto, se dio cuenta que algo oscuro y perverso acechaba en la sombra. Cuando se le erizaron los pelos del brazo, se dio cuenta de que era otra melodía y retrocedió asustado rápidamente. No quería que le volviera a pasar.

Al final, llegó a una sala luminosa, acogedora y se encontró con un anciano.

-       Veo que vienes de musikosmos le dijo el anciano.

Dedos Ligeros se puso alerta pues no comprendía como aquel anciano podía saber su secreto.

-Y veo que te marchabas si haber podido robar nuestro secreto.

Dedos Ligeros comenzó a tener mucho miedo. ¿Cómo podía saber aquel anciano sus intenciones malogradas? Ni siquiera, el mismo, sabía lo que tenía que robar. Nadie podía haber sospechado porque ni siquiera lo había intentado.

El anciano, viendo el miedo en los ojos de Dedos Ligeros, lo tranquilizó. Lo había observado todo desde el principio, desde que traspaso la primera barrera. Un viento le había seguido todo el tiempo. Los vientos se lo contaban todo al anciano.

La prueba del laberinto de túneles, había sido para confirmar que venía de musikosmos. Nadie en Cosmoforma podría superar esa prueba musical.

El anciano lo había convocado para entregarle el secreto que había venido buscando.

El secreto era la capacidad de hablar con los vientos y ese secreto, se lo había entregado a sus ancestros hacía miles de años un habitante de musikosmos, por lo que el anciano dedujo que si un habitante de musikosmos estaba intentado robar esa maestría, eso quería decir que en musikosmos se había perdido en el pasar de los tiempos. Por eso el anciano quería devolvérsela. Sin embargo Dedos Ligeros a pesar de ser un gran músico, era un explorador, no un mago de Musikosmos, por ello el anciano en comendó a Dedos Ligeros que cuidara del niño que le había agarrado de la mano y se lo llevara con él hasta musikosmos.

Una vez allí, debía llevarlo ante el mago maestre de Ciudad Monasterio y allí, el niño podría instruir a los magos a comprender el mantra mediante el cual, los habitantes de Rocavientos podían hacer que las piedras levitaran. Un mantra que murmuraban constantemente y que cesaba con la puesta del sol, cuando se dejaba entrar a los foráneos.

Un mantra que dice así: NAMDAODEIKING,…

 

Ciudad Celeste

IMG_5145A “Acuarela Coloreada” no le gustaba salir de su casa de hielo. En Ciudad Celeste el hielo era tan transparente que el azul  del mar reflejando el azul del cielo, ocupaba toda la gama de colores. En ciudad Celeste todos eran de sangre azul, Descendientes de los grandes sabios y reyes de la antigüedad. Aquellos que vivían bajo el mar. Ellos vivían en el norte, sobre el mar, sobre los hielos perpetuos.

Eran los hombres y mujeres de hielo. Llamados Gentiles.

Durante algunos meses también vivían en Ciudad Celeste algunos hombres y mujeres de arcilla, pero solo cuando el sol más calentaba.

Nunca, ningún niño de arcilla había visitado ciudad Celeste por el frío tan intenso que hacia.

Los hombres de arcilla vivían en el límite entre los hielos perpetuos y la tierra firme. Siempre habían tenido trato con los Gentiles, ya que los hombres y mujeres de hielo daban a luz en el mar de Plancton, a orillas de Ciudad Terracota, la ciudad de los hombres de arcilla, y sus hijos convivían con los hombres de arcilla hasta que se hacían adultos y no podían vivir sin derretirse. Solo el color de su piel les distinguía en los primeros años.

Los Gentiles poco a poco con la edad, iban perdiendo toda la tierra que les hacía parecer hombres de carne y hueso a semejanza de los hombres arcilla y se iban haciendo cada vez más transparentes, como el agua pura.

Los Gentiles más ancianos cuando ya eran agua pura, se convertían en  grandes sabios porque en sus moléculas de agua estaba la información de toda la historia del planeta y algunos misterios más.

“Acuarela Coloreada”  era un bicho raro.  Su piel no era de color azul y su sangre se acercaba más al rojo que al azul porque era hija de una mujer de hielo y un hombre  de arcilla.

Normalmente cuando nacía un mestizo, siempre se quedaba a vivir entre los hombres de arcilla, porque no eran capaces de aguantar el invierno de Ciudad Celeste, pero como hemos dicho “Acuarela Coloreada” era diferente.

Y aunque a ella no le gustara ser diferente, lo cierto es que tenía cualidades únicas que la hacían muy especial y por las cuales, los  gentiles más ancianos la habían reclamado, aunque no sabían exactamente para que. Su intuición les advirtió de lo importante que era ser diferente y lo importante de instruirla como a una maestra del agua, que con el tiempo comprendiera los dos mundos de agua y tierra.

Por eso, se había convertido en la única niña en la historia de los hombres y mujeres de hielo  que vivía en ciudad celeste.

Cuando llegó, la ciudad le pareció maravillosa, con sus cuevas talladas en hielo. Las mesas, los armarios, las camas, las habitaciones, todo era de hielo. En su primera ducha se divirtió mucho cuando al ablandarse tanto su cuerpo viajo por las tuberías de desagüe como si viajara por un tobogán gigante. Cuando se recuperó y pudo dejar de reír por lo divertido del viaje, le advirtieron de lo peligroso que había sido. Ningún mestizo nunca había podido deshidratarse hasta convertirse en líquido como lo hacían los grandes maestros del agua, los gentiles más ancianos. Nadie sabía que podía ocurrirle si lo volviera hacer.

Paseando por la ciudad se maravilló de las formas tan esbeltas y bellas que el hielo iba creando según iba pasando el día y el calor aumentaba o disminuía. No pudo reprimirse y cuando llego a una especie de catedral sin techo pero con grandes vidrieras sacó sus pinceles de pelo de morsa y comenzó a colorear aquí y allá dejando que su imaginación volara.

En el suelo  le pareció ver figuras más o menos con forma humana y las vistió con grandes ropajes de colores, con bigotes, con barbas, con pendientes, adornos, tatuajes y todo lo que le pareció bello y divertido. Pero al igual que con la ducha, la diversión se terminó pronto. No debería haber entrado en la catedral, era el recinto sagrado que los grandes sabios utilizaban para viajar por el mundo, le dijeron en cuanto la vieron.

Acuarela de colores no entendió hasta el día siguiente lo que había hecho, cuando vio a los grandes ancianos vestidos y disfrazados como ella los había pintado. No la regañaron pero la miraban con severidad para que no volviera hacerlo.

Los grandes sabios para viajar por el mundo y recoger información iban a la catedral y se calentaban al sol y se derretían hasta formar un charco de agua que tenía que esperar hasta el frio de la noche para recuperar su forma original humanoide. Durante el día las partículas de su cuerpo que se habían evaporado viajaban por el cielo recogiendo información y a veces en el mismo día o a veces, meses después volvían  por mar o por la  misma lluvia, con la información recogida por el mundo entero. Los ancianos hasta que su otro cuerpo evaporado volviera, no podían arriesgarse a derretirse al sol, pues corrían el riesgo de derretirse del todo y perderse en el mundo de las nubes o en el mundo de los océanos sin nombre y algunos tuvieron que pasar muchos días con los colores o dibujos que Acuarela les había pintado.

En ciudad Celeste había grandes maravillas esculpidas en agua y hielo pero nada para que una niña jugara y además como casi todo allí, era azul y blanco, no le dejaban colorear ni pintar nada, por miedo a que no sabían lo que podría pasar.

Los gentiles además de sabios eran muy estudiosos y una de las cosas que más les gustaba estudiar era la geometría aplicada a la arquitectura. Primero dibujaban en dos dimensiones formas básicas como círculos, cuadrados y triángulos… Los convertían en esferas, cubos y pirámides de hielo de tres dimensiones y las combinaban para construir edificios, puentes, caminos, árboles, montañas, cuevas y todo lo que se les ocurriera que tuviera que ver con el equilibrio, sus formas y sus apoyos o estructuras.

Por eso caminar por ciudad celeste no era fácil. La ciudad era un laberinto de casas cueva donde habitaban los gentiles y una mezcla de proyectos estructurales y arquitectónicos; algunos en construcción y otros en destrucción.

Para una niña mestiza era imposible distinguir entre un puente de hielo en construcción y otro que ya estaba abandonado.  Los dos eran peligrosos para ella. Uno porque se podía caer y el otro porque ella pesaba más que los hombres y mujeres de hielo por lo que los cálculos de un puente en construcción no estaban hechos para que ella pasara por encima y los arquitectos que estaban construyéndolo se enfadaban con ella.

Port todo esto, a “Acuarela Coloreada” no le gustaba salir de casa.  Pasaba el tiempo coloreando y dibujando sobre las paredes de hielo de su casa. Lo que más le gustaba de colorear el hielo, era que podía cambiar sus formas solo con su voz. Mezclaba los colores, pincelaba aquí y allá según le parecía y después cantaba una canción. Una canción cantada desde el corazón y enseguida por el tono de su voz se daba cuenta si se encontraba triste o alegre o enfadada. Cualquier  emoción que ella expresara, el agua la captaba y las formas del hielo cambiaban combinando los colores  y creando paisajes y formas que al final, siempre se traducían en una sonrisa en sus labios, por el agradecimiento que sentía por los mensajes que el agua le devolvía.

“Agua Coloreada” solo salía de casa cuando venían a visitarlos los hombres de arcilla. De ellos conseguía los pigmentos verdes del mar de plancton y los amarillos y ocres de las tierras de Ciudad de Terracota.

Los gentiles eran famosos debido a que gracias a toda la información que almacenaba su cuerpo, podían predecir muchas cosas posibles del futuro. Igual que todo el mundo sabía en el planeta Cromado, que después de la noche llega el día, los gentiles como conocían toda la historia del planeta, podían predecir todo lo que no viniera de otra galaxia. Cosas como el clima, la enfermedad, las catástrofes naturales, la agricultura, la minería, la metalurgia… eran bien conocidas por ellos.

Por eso cuando cayeron los meteoritos venidos de otra galaxia, los ancianos que habían tratado de transmitir a “Acuarela” la sabiduría del agua, sabían que había llegado el momento de que ella se ocupara de dar consejo a los hombres de arcilla.

En poco tiempo el planeta Cromado se oscurecería y los hombres y mujeres de hielo desaparecerían. Para vivir necesitaban el ciclo de evaporarse por el calor del sol y volver a solidificarse por el frio de la tierra. Ahora que el sol desparecería oculto por una espesa nube de cenizas que estaba cubriendo el cielo, durante un tiempo ellos también desaparecerían.

Los hombres de arcilla preocupados preguntaron cuanto tiempo  duraría la oscuridad y los gentiles que no sabían la respuesta mandaron a “Acuarela Colorada”.

“Acuarela” pintó muchas veces sobre el hielo pero el agua siempre le daba la misma respuesta: nada parecía cambiar en el ciclo de los días y las noches.  El agua no tenía la información de los nuevos meteoritos y no podía predecir ese futuro.

Sin embargo, los ancianos de hielo cada día iban perdiendo su cuerpo con cada viaje ya que sus cuerpo evaporado se sumergía en la nube gris de ceniza que decían estaba envolviendo el planeta.

“Acuarela Colorada” sentía que en la gama de colores le faltaba el rojo del fuego. Nunca había podido reproducirlo en sus acuarelas y nunca lo había echado en falta, pero cuando vio los meteoritos cruzar el cielo cayendo hacia la tierra, el rojo vivo de sus llamas se le grabaron en los ojos.

Por eso, decidió hacer como los ancianos de hielo y desintegró su cuerpo para poder viajar por el aire como el vapor y cuando llegó hasta uno de los meteoritos cogió una brasa que quedaba bastante alejada de él, pero con la información del rojo vivo que necesita incluir en sus acuarelas.

Cuando estaba pensando en como transportarlo, conoció a Jim Metal, un fotógrafo de la Ciudad minera Pigmenta Blanca.

Estaba recogiendo información porque en su ciudad también estaban preocupados. Acuarela se presentó, le miró a los ojos y a pesar de lo grave de la situación y la prisa que llevaba por volver, sintió un espacio vacío donde despareció todo alrededor, haciéndola sonrojar por un sentimiento de amor desconocido hasta entonces por ella.

Cuando salió del vacío le explicó su teoría y le pidió ayuda.

Así pues, ella volvió por aire para no perder la parte de su cuerpo dejada en ciudad Terracota y él, nacido en un pueblo minero, construyó una caja de metal para transportar el pequeño trozo de meteorito. Corrió durante tres días y llegó hasta donde estaba aquella mujer fascinante de agua y tierra que le había cautivado.

Cuando Acuarela combinó todos los colores, con la información llegada de más allá del planeta. Gracias al pequeño trozo de meteorito, el agua y el hielo respondieron a su canción con la imagen de una Aurora Boreal.

Nadie sabía lo que era eso, pero pronto lo sabrían. Había que avisar a los pueblos. Debían esconderse bajo tierra con comida y bebida para dos años y cuando en el cielo se vieran el rojo, el verde y el amarillo viajando por el cielo significaría que la vida comenzaba de nuevo en el planeta Cromado.

Esa señal sería la Aurora Boreal. El comienzo de una nueva era en el planeta Cromado. Y con ese nombre se le conoció a partir de entonces a “Acuarela Colorada” que se unió a Jim Metal, el alquimista fotógrafo. El hombre que con su ayuda hizo posible que Acuarela avisara a toda la población del planeta para que se pusieran a salvo.

Pocos conocen la historia de Jim Metal, pero eso es otra historia, aunque si podemos decir que fue el padre de la gran artista Pigmenta Arcoiris que muchos años después fundaría el castillo de lápices de colores.

 

 

 

 

 

 

 

Ciudad Plantel

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CIUDAD PLANTEL

Cuando  en Invierno, a “Ciudad Plantel” se la observaba desde las cimas de la sierra Saurius, aparecía como una extensa estepa verde, salpicada de pequeños bosques, y pirámides escalonadas, como colinas en su centro. Atravesada por reflejos de oro y plata que eran sus ríos y lagos, alimentándose de sol y luna.

Estaba rodeada de un anillo verde de musgos que tenían millones de años. Estos atraían un densa nube de nieblas y brumas que protegían, ocultaban y hacían de la ciudad un lugar invisible.

Además la historia y la ignorancia habían hecho que Ciudad Plantel se considerará un mito inexistente, ya que muchos viajeros daban testimonio de que la ciudad aparecía y desaparecía de los lugares en los que se la veía. Esto era debido a que Ciudad Plantel estaba viva y se desplazaba lentamente por la tierra. En previsión de los ciclos glaciares del planeta. Era una ciudad transhumante. La única que había sobrevivido desde el principio de los tiempos y a través de las eras glaciales.

El señor Abedul  Siberia, había sido uno de los primeros repobladores de las tierras del norte cuando termino la última era glacial.

Volvía de un largo viaje de tierras del sur, y aunque siempre le resultaba agradable volver a su ciudad natal en el ecuador, añoraba sus tierras norteñas de inviernos fríos y blancos.

A fin de cuentas, en ciudad plantel solo había nacido. Fue el retoño más joven de la repoblación. Tuvo mucha suerte de sobrevivir a los primeros años cuando la glaciación se resistía a retirarse. A las glaciaciones siempre les daba miedo comenzar una nueva etapa, siempre querían seguir meditando, estudiando. Congeladas. Les daba miedo crecer y por eso se resistían  al sol y su sabiduría. Los primeros años de luz eran difíciles para los habitantes que habían sobrevivido al frío.

La vida de Ciudad Plantel era precisamente la de hacer de puente entre las eras glaciales y las secas.

En Ciudad Plantel se conservaban todas las semillas del mundo y en Ciudad Plantel vivían todos aquellos que amaban la vida por encima de todo interés propio.

Los más ancianos y los primeros, eran los 8 árboles millonarios: “CHEN, SUN, LI, KUN,TUI, C’HIEN, K’AN, KEN”

Le resultaba difícil creer que un señor del Fuego en el Sur, estuviera dispuesto a llevar a la oscuridad al planeta.

Pero lo había visto con sus propios ojos. El rey Tizón de fuego estaba eliminando todos los colores del planeta Cromado para igualar todo con el negro de su linaje.

Tenía que avisar a los 8 árboles.

Cuando entró en Ciudad Plantel todo seguía igual. Primero cruzó por el tapiz cálido, húmedo y esponjoso del anillo de musgos y líquenes donde trabajaban sin parar todos los minúsculos hombrecillos verdes. A sus habitantes no les gustaba nada que les llamaran hombrecillos, ya que consideraban que no tenían nada que ver con esa especie de barbaros ignorantes. Siempre aludían a sus antenas para diferenciarse de los hombres. Los geométricos que así se llamaban en realidad, se parecían mucho más a los insectos y con sus antenas eran capaces de sintonizar con el sol, las estrellas y la luna. Gracias a las formas y geometría de sus cuerpos hacían de antenas receptoras y podían llevar  su calor y su energía a lo más profundo de la tierra. Había que andar con mucho cuidado para no pisarlos. Por suerte eran bastante elásticos y si en un descuido se pisaba alguno, solo recibías una pequeña descarga eléctrica que te sacudía como los rayos de caramelo que caían en otoño.

Al terminar de atravesar el anillo de musgo, te recibían los bosques coloreados. Estos podían percibir tus emociones y cambiaban de color indicando a los guardianes si llegabas con buenas o malas intenciones.

A los guardianes era mejor saludarlos de lejos. Eran los árboles más rápidos y espinosos de la ciudad. Como los árboles nunca han sido rápidos por naturaleza, estos se dejaban caer y con un efecto dominó antes de un suspiro te habían rodeado en una cárcel de espinos que te agujereaban dejándote solo el espacio justo para respirar.

Una vez dentro, el señor Abedul Siberia se tomo su tiempo antes de ir a ver a los 8 ancianos.

Saludo a los Ciervojardineros de agricultura y movimiento, a los pájarorecolectores de sanidad y prevención de riesgos, a las abejassembradoras de festejos y cultura, a los topoconstructores de tuneles y caminos, en definitiva saludo a todo el mundo y ofreció su ayuda a todo el que la necesitó. Finalmente para recobrar las fuerzas paró en colinareposo y allí pudo darse una ducha de polen dorado que le hizo estornudar de alegría, bebió un coctel de savia que el viejo Olivo Aceituna, el más anciano de los alquimistas, le preparó. Necesitó un buen masaje de las hormigaspintadoras, ya que en su viaje al sur, el hollín y negro de los tizones, habían oscurecido mucho sus hojas y no podía entrar al recinto sagrado de los 8 árboles, sucio. Ni de mente, ni de cuerpo. Debía entrar en paz si quería comunicarse con ellos, transmitirles su mensaje y recibir su consejo.

Cuando entró en el círculo de luz verde, necesitó respirar profundamente unos minutos para poder ver a los ancianos que ya eran la mínima expresión de la materia y sus contornos arbóreos, apenas eran perceptibles en el fondo verde de luz.

El Espino ”Chen”, el Sauco ”Sun”, el roble “Li”, el Baobab “Kun”, el Ginko “Tui”, el Cedro ”C’hien”, el Tejo “k’an”, el Alerce “Ken”, le dieron la bienvenida escucharon sus noticias  y comenzaron a difundir un  mensaje de advertencia.

A través de sus raíces, el mensaje llegó a todos los rincones del planeta Cromado, pero ya era tarde, el fuego había corrido más ligero y rápido que los pies cansados de Abedul Siberia. El verde había desaparecido del planeta, sólo quedaba el castillo de lápices de colores, luchando su última batalla.

A ciudad Plantel le había salvado el secreto de su emplazamiento, pero pronto el rey Tizón de fuego podría ver la luz verde de ciudad Plantel resaltando en el negro.

En ciudad Plantel debían prepararse para la lucha y estaban solos.

Abedul Siberia salió del círculo preocupado. Liberar a Caña de Bambú era una medida muy peligrosa. Un bosque de abedules alrededor del anillo era una gran defensa. Gracias al plantel de semillas con más de siete años madurando, podían formar una muralla de crecimiento rápido tan verde, que ni el mayor de los incendios podría atravesar sin ahogarse.

Pero de todos era conocido que el bambú libre, extiende sus raíces invadiéndolo todo. Dependiendo de la intensidad del fuego en el exterior el bambú podría extenderse hacia el interior y exterminar Ciudad plantel. Los guardianes nada podrían hacer ya que el bambú avanza bajo tierra hasta que siete años después emerge en 7 días para alcanzar la altura de un árbol maduro.

Abedul Siberia recordaba esos negros pensamientos siete años después. Los incendios no habían cesado y sus temores se habían cumplido. Ya solo le quedaba confiar en la sabiduría de los 8 árboles quienes le recordaron que las plantas no luchan como lo hacen los hombres. Las plantas son compasivas,  son observadoras y  servidoras de la vida. Si para vivir había que morir, no sería la primera vez – dijeron. La tierra siempre sería su aliada. El fuego necesita combustible. Tarde o temprano si lo quema todo, acaba apagándose y de las cenizas un nuevo planeta verde saldría a la luz.

Una mañana, Abedul Siberia se despertó extrañado, pues la luz llegaba distinta. Entre las nubes un arcoíris comenzó a formarse y cabalgando llegaron el señor Caballete tres Patas y la señora Pincel Bigotes de Marta. Los enviaba la anciana Iris. Tizón de fuego retiraba sus maquinas y tropas de guerra y desde castillo lápices de colores estaban enviando emisarios por todo el planeta para recuperar el color.

Abedul Siberia se alegro por el fin de la guerra de colores pero se entristeció porque era tarde para ciudad Plantel. Los brotes de Caña de bambú comenzaban a invadirlo todo. En 7 días todo estaría perdido.

¿No es ésta una ciudad transhumante? Dijeron el señor y señora  Tres Patas y Bigotes de Marta, que eran un matrimonio muy bien avenido. Matriculados los dos en arquitectura de colores, con excelentes obras de arte.

En dos días construiremos un puente de color esperanza sobre el bosque de Bambú. Vayan preparando las maletas.

Y desde entonces, los caminantes confunden Ciudad Plantel con el bosque de bambú alrededor del cual se mueve para contenerlo, ya que Caña de Bambú a pesar de tener un espíritu luminoso, tiene poca memoria pues es muy joven y por ser demasiado servicial, si no se le pone freno, acabaría invadiéndolo todo de verde y cometería el mismo error del rey Tizón de fuego.

Pero la historia de la guerra de colores y del rey Tizón de fuego son otras historias que tendrán que ser contadas otro día, a luz de otra hoguera.

Ciudad Escultura

IMG_3510En “Ciudad Escultura”  siempre se vivía deprisa como si el tiempo se acabará.  Algo sin sentido para la propia ciudad que se había ido esculpiendo durante miles de años. “Ciudad Escultura” era la montaña más alta del planeta Performado. Hacia miles de años que nadie había llegado hasta lo más alto. Solo en las historias míticas se contaba sobre los que habitaban en lo más alto.

Se decía que en sus orígenes, los más grandes escultores  iban a la montaña a realizar su obra final, la que les diera paso a otra vida. Eran esculturas que apenas resaltaban en el entorno, ya que más que esculpir lo que hacían era descubrir las propias formas que la montaña ofrecía.

Los había, quien con un pequeño toque de imaginación convertían un bosque en un pueblo. Los llamaban Basoerria. Los maestros jardineros que lograban estas maravillas tenían la capacidad de hablar con las plantas y no necesitaban ni cortar, ni clavar. Por desgracia ya no había maestros jardineros en ciudad escultura. Sus aprendices, los maestros carpinteros habían sustituido a los míticos “basajaun” y “basandere”, los señores del bosque.

En los tiempos míticos existían mujeres que vivían en los ríos, que ellas mismas eran ríos y eran escultoras de meandros y cuevas. Escultoras de palacios, en las cuevas de vetas de oro y plata. Escultoras sin prisas, que acariciaban la montaña hasta esculpir laberintos, calles, casas y jardines de piedra.

Los gigantes de piedra eran arquitectos de murallas y torres que construían con rocas y árboles caídos, verdaderos malabaristas del equilibrio. Estos fueron los que enseñaron a los hombres a usar el cincel y el martillo.

Y estos hombres aprendices, fueron quienes rompieron el vínculo cuando decidieron fundar una ciudad, en aquella legendaria montaña sagrada. Montaña, a donde los más grandes maestros de la escultura habían ido durante miles de años a abandonar sus cuerpos, para habitar en las nubes y vientos de lo alto de la montaña.

Los hombres perdieron la comprensión de que todo ser, tiene un espíritu y comenzaron a perforar y construir sus casas, sus comercios, sus escuelas y todo tipo de infraestructuras que conformaban la “Ciudad Escultura” del presente. A los ojos de los hombres la más grandiosa y maravillosa ciudad del planeta. A los ojos de los no hombres el vestigio decadente de sus orígenes.

Y ahí estaba ella, en medio de aquella vorágine. Montaña de Jade era una gigante de piedra. Descendiente de un linaje antiquísimo de arquitectos. Era la hija mayor y el ojo derecho de su padre Arbotante maestre que soñaba con que su hija liderase la construcción de la gran catedral de “Ciudad Escultura”.

A Montaña de Jade le gustaba pasear por Ciudad Escultura. A sus escasos 120 años apenas había podido descubrir todas las maravillas  que la ciudad tenía.

Esa era una gran diferencia entre los hombres y los gigantes. Los hombres con suerte vivían 120 años. Para ellos era imposible conocer toda la historia y con ello la verdadera esencia de aquella montaña.

Montaña de jade, siempre que podía se adentraba en el laberinto de columnas de la gran cueva catedral, que según decían podía llevarte a la puerta de acceso a la cima de la montaña. Sus paredes brillaban y alumbraban con destellos multicolores las estalactitas, estalagmitas y columnas de la cueva. Vetas de piritas, cuarzos, ópalos, calcedonias y todo tipo de minerales hacían de la catedral una joya que nada tenía que envidiar a las vidrieras de la gran catedral con sus representaciones de la historia de la ciudad cuando brillaban al sol.

En su interior, el silencio era tal que a veces Montaña de Jade dejaba de respirar intentando amortiguar el sonido del latido de su corazón. Sin conseguirlo, claro.  Y cuando cogía aire de un golpe porque no aguantaba más, creía sentir un hormigueo de colores en su barriga.  Le gustaba mucho esa sensación de paz.

También le gustaba el bosque esculpido que rodeaba formando un anillo toda la montaña. En realidad el bosque no estaba esculpido. Estaba vivo y era la puerta de acceso externa hacia la cima de la montaña. Nadie en los últimos miles de años había podido atravesarlo. Una vez unos hombres intentaron quemarlo pero por suerte los maestros carpinteros lo impidieron y a partir de entonces se construyeron el acueducto y el puente de madera más grande de toda la historia escrita.

Los gigantes de piedra construyeron el acueducto y la familia de Montaña de Jade fue la principal artífice.

Los maestros carpinteros construyeron un muro que se convertía en un puente circular y radial. Para atravesarlo por encima del acueducto, había que activar una melodía a modo de teclas de piano, formando pasos levadizos hasta el inicio del bosque.

Y aunque los maestros carpinteros no sabían hablar con las plantas, tenían muy buena relación con los pájaros carpinteros y solo a ellos transmitieron la primera melodía que luego los mismos pájaros fueron cambiando y transformando, hasta establecer un código secreto, solo conocido por ellos.

En Ciudad Escultura había rascacielos de cristal, catedrales de granito, museos de hierro corten y flores, casas de adobe, de paja, teatros de velas y mástiles, escuelas de tierra, cuerdas y árboles. Todo tipo de edificios y todo tipo de materiales.

Y todos ellos, adornados de las más bellas imágenes en tres dimensiones que los escultores de la ciudad no paraban de imaginar y soñar

La obra más grande y magnifica era la gran catedral  diseñada y soñada por el sacerdote supremo de la orden de los hijos de los gigantes.

Nadie sabe el nombre de este soñador, ni como en su nombre, los hombres consiguieron aliarse con los gigantes y comenzaron a construir la catedral hace 2.112 años. Desde entonces la ciudad no había parado de crecer y de correr contra el reloj. Faltaban 7 días para la fecha clave cuando la catedral debía poner su primera piedra al otro lado del acueducto, por encima del puente de los maestros carpinteros. Camino hacia la cima de la montaña.

Montaña de jade estaba muy preocupada, ella era la responsable de terminar la gran obra y sin embargo eso no le producía ninguna satisfacción. Cuando le encomendaron el trabajo no le dijeron nada de atravesar al otro lado.  Algo en su interior le decía que no era una buena idea.

7 días antes de la fecha de la culminación, justo antes de que saliera el sol se fue a la cueva catedral, a su lugar preferido para meditar y justo en el silencio, cuando inspiró las hormigas de colores, atravesó una puerta en su imaginación y se encontró en un cruce de caminos con una anciana muy peculiar.

–“Me llamo pigmenta Arcoiris pero puedes llamarme Iris, todo el mundo lo hace”- le dijo la anciana y ante el desconcierto de Montaña de Jade, le explicó que se habían encontrado viajando en el universo de las ideas. Ella viajaba allí a menudo, siguiendo el ejemplo del creador de mundos. Allí siempre encontraba inspiración y respuestas, viajando de universo en universo y de planeta en planeta, maravillándose por la creación tan fantástica del creador de mundos.

Montaña de Jade quiso saber más sobre el creador de mundos, le gustaría conocerlo le dijo a la anciana; sin embargo la anciana le sencillamente le explicó que al creador de mundos no se le podía conocer, ya que era infinito. Solo era posible conocerlo a través de su obra, que era también infinita. Por eso, a ella le gustaba transitar y saborear el camino y seguir sus huellas. A veces, incluso se sentía capaz de crear mundos, aunque fueran muy pequeños y limitados.

A Montaña de Jade también le gustaría poder crear mundos pero solo tenía siete días para terminar una catedral que llevaba 2.112 años construyéndose y no  se veía capaz. Menos aún,  para construir un mundo.

-“Te sorprenderá lo que se puede hacer desde aquí, en el mundo de las ideas” le dijo Iris. Los días son infinitos, el mayor obstáculo son sus noches.

La anciana le propuso colaborar en ese cruce caminos para construir un mundo capaz de terminar la catedral en 7 Días.

El primer día Iris y Jade lo dedicaron a materializar el proyecto. Lo que Iris dibujaba en la mente de Jade, está lo construía. Al principio no era fácil seguir las abstractas ideas en blanco y negro, en dos dimensiones, de la anciana y Jade  tenía que esforzarse mucho para convertir esas imágenes en tres dimensiones.  Sin embargo al final del día cuando descubrió el color de las imágenes, todo resultó mucho más fácil.

Cuando volvió a la noche y salió de la cueva en la que había estado meditando percibió su mundo diferente. Había una luz envolvente sobre la catedral, alrededor de las personas, de las plantas, de los gigantes, de las cosas. Entonces se encontró con su padre y este le recriminó estar perdiendo el tiempo en la cueva. El tiempo se agotaba y faltaba mucho por hacer. Justo en ese mismo instante, la luz envolvente desapareció.

Jade comprendió entonces, porque la anciana había llamado la noche a su mundo y día, al cruce de caminos en el universo de las ideas.

Con una cierta ansiedad, el segundo día madrugó más para poder ir al cruce de caminos. La anciana estaba ya, allí. Jade se disculpó por llegar tarde y la anciana sonrió. Le recordó que allí el tiempo era diferente. Mientras no hubiese distancia no existía el tiempo. Podían estar todo el tiempo que quisieran.

El segundo día, se llevó a jade de paseo por otros universos, otros planetas y al principio Jade se puso nerviosa pues le parecía estar perdiendo el tiempo. Sin embargo al final del día comprendió que la distancia recorrida entre un universo y otro, era tan diminuta como el recorrido de una imagen a la otra y la anciana era tan rápida dibujando colores e imágenes en la mente, que antes de darse cuenta, jade estaba sobre los andamios de la catedral, con el boceto de un nuevo mundo en su mente.

Al tercer día, jade e Iris visitaron Ciudad Conservatoria” y ver caminar por las calles a las notas, a los pentagramas, a los instrumentos, con vida y espíritus propios, dejó perpleja a Jade, hasta que comprendió a lo que la mitología de su ciudad se refería, cuando hablaba del espíritu de los árboles o de los ríos.

De vuelta en Ciudad Escultura, vio con otros ojos a los árboles y a los ríos, sin embargo cuando trató de que los escultores y artesanos miraran a sus herramientas como algo vivo, la trataron de loca excéntrica. La noche era oscura en la vida de los hombres de Ciudad Escultura.

Al cuarto día, Iris hizo algo incomprensible para Jade, estuvo cantando todo el día, repitiendo una y otra vez la misma canción. A pesar de comprender que el tiempo no pasaba mientras no viajaban, no comprendía como podían construir un mundo sin moverse en el espacio.

Y como en los días anteriores, al final comprendió que las imágenes creadas, vibraban en la misma frecuencia y comenzaban a interactuar entre ellas. Al final del día, Iris y Jade caminaban por un camino arcoiris que unía ciudades donde Martillos claquequistas bailaban por las calles, cinceles de viento agujereados sonaban a flautas, gubias parlanchinas nombraban plantas y árboles sin nombre. Todo comenzaba a coger vida al contrario que la catedral, que no avanzaba y los nervios en ciudad escultura comenzaban a reflejarse en discusiones y peleas.

El quinto día, jade tuvo una crisis de fe y hasta el mediodía no fue a la cueva. Iris la recibió con una sonrisa, sin hacer caso a la crisis de jade.

Tenían tierra, tenían color, tenían luz, tenían tiempo, tenían música, pero no tenían catedral.

-Quizás les faltaba agua insinuó Iris.

-Las catedrales no se hacen de agua respondió jade.

-El agua es la historia. Quizás en la historia encuentres respuestas.

Y Jade comprendió que un mundo nuevo necesita una historia, una mitología que explique el nacimiento  y la muerte infinitas. Una historia que explique su primer día.

Iris le contó entonces un cuento de catedrales y hombres que querían ser dioses y  olvidaron ser hombres.

Por la tarde en la catedral, juntó a los escultores y les contó el cuento. Algunos nunca habían oído sobre lo sagrado de la montaña, otros se enfadaron con la giganta y la acusaron de inventar pretextos porque no iba a terminar para la fecha señalada. La ignorancia alimentaba la noche y el miedo.

El sexto día, fue intenso. Entre Iris y Jade habían creado un mundo y ya solo les faltaba el espacio que es conciencia. Comenzaron a cantar juntas y la vibración de sus cantos transmitieron  la conciencia del espacio que ocupaban, a los martillos, los cinceles y demás habitantes del nuevo mundo. Montaña de Jade, estaba feliz por haber sido capaz de crear este mundo, donde todos los seres tenían espíritu y su capacidad de escuchar les permitía  hablar y comunicarse entre ellos.

Lastima que esa conciencia estuviera perdida en Ciudad Escultura. Cuando volvió, le costó mucho mantener la felicidad, pues el mundo paralelo que había construido, no había cambiado el hecho de que la catedral no iba a terminarse a tiempo.

En el séptimo día, Jade sabiendo que el día en la ciudad iba a ser duro, madrugo para despedirse de Iris.

-Que haremos hoy le preguntó al llegar.

-Hoy es día de descanso. Nos iremos a visitar tu mundo.

Jade se sorprendió pues creía que solo en el universo de las ideas podía encontrase con Iris. Aunque más se sorprendió cuando al salir de la meditación y volver a su cuerpo se dio cuenta de que no estaba en la cueva. Se encontraban en Ciudad Rocavientos. Jade había oído hablar de ella alguna vez. Era la segunda ciudad más grande del planeta Performado, pero lo que más le sorprendió, fue ver en sus calles y túneles de viento, martillos colaborando con hombres, y mujeres de cabellos de agua puliendo herramientas y moviendo molinos repartidores de pan.

Viajaron de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, admirando como el mundo creado durante seis días se había materializado.

Lo que Jade creía imposible había sucedido. ¿Cómo era posible?

- Siempre había estado aquí, le respondió sencillamente la anciana, solo que en Ciudad Escultura no lo veíais y la construcción de la catedral os impedía escuchar y ver. Los puentes están tendidos para quien aprende a escuchar a los pájaros. Los caminos del bosque están abiertos para quien aprende a reconocer y recoger sus frutos.

La catedral hace 2.000 años que está acabada. La pequeña capilla que esta en el centro, es donde se juntaban los ancianos a meditar y esperar el fin de sus viejos cuerpos y viajar hacia lo alto de la montaña.

Los espíritus de los seres no humanos, se retiraron cuando el ruido de los escultores, supero al silencio de la naturaleza esculpiendo montañas y valles.

Ciudad Escultura quedó aislada del restó del planeta. No necesita terminar la catedral. Con solo abrir sus puertas al exterior y dejar de construir, volverá a brillar y vibrar como en los tiempos míticos.

 

 

 

 

 

El castillo de lapices de colores

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En el castillo lápices de colores vivía la más anciana del universo  Coloreado. Se llamaba Pigmenta arcoíris, aunque todo el mundo la llamaba Iris por sus ojos multicolor iridiscentes.

Ella era la creadora de las más bellas obras de arte del planeta Cromado. Obras como los 5 continentes; el puente arcoíris ambulante; los 2 soles de día y noche;  los 3 océanos: amarillo, azul y rojo, el bosque de las 4 estaciones y el propio castillo de lápices de colores que con el tiempo se convirtió en la universidad blanca. Donde jóvenes de todo el planeta, estudiaban para crear y colorear pequeños mundos en la imaginación de los que caían enfermos, enredados en las sombras oscuras del blanco y negro, que el rey Tizón de fuego trataba de imponer a todo el planeta.

La anciana Iris vivía en lo más alto de la torre en el castillo lápices de colores y hacia cientos de años que no salía de allí.

Ella tenía el don de la teletransportación y desde que descubrió que había otros universos, pasaba poco tiempo en el planeta que la vio nacer.

Hacia mucho tiempo tuvo la suerte de encontrarse con el creador de mundos, cuando estaba creando un pigmento universal que contuviera todos los colores en uno y desde entonces procuraba pasar el mayor tiempo posible siguiendo la pista del creador de mundos. Para conocerlo mejor viajaba constantemente de un mundo a otro: de musicosmos, a danzacosmos, a cosmopalabra, a cosmoforma y sin poder parar maravillada con la creación.

En el planeta cromado corrían tiempos difíciles. El rey Tizón era cada vez más fuerte y sus máquinas humeantes iban oscureciendo el planeta envolviéndolo en una nube gris, que amenazaba con eliminar el color.

En la universidad, trabajaban sin descanso para crear paisajes de colores, pueblos de colores, personas de colores, animales de colores, pero nadie había capaz de crear algo nuevo que pudiera combatir al blanco y negro del rey Tizón de fuego. Todo lo convertía en cenizas o lo envolvía con una gruesa capa de hollín, carbón y humo, que apagaba cualquier color que quisiera destacar.

Esa era la excusa del rey Tizón. En su opinión todos debían ser iguales y como él, era negro como el carbón consideraba a los colores presumidos y presuntuosos siempre queriendo ser mejor que los demás.

Cuando el rey envió a su hijo carboncillo a la universidad todos se rieron de su pequeño vástago y le ignoraron por aburrido. Nadie creyó que carboncillo pudiera crear nada bello solamente con el  color negro característico de su familia.

El rey se enfadó mucho y mandó llamar a su hijo dispuesto a quemar la universidad, pero su hijo no quiso volver a casa. Se había enamorado del castillo, de sus murales, sus grafitis, sus laberínticas escaleras nómadas, que nunca sabias a donde te llevaban, sus burbujas  ascensores que te atrapaban al mínimo descuido,  sus ventanas de pasajes de cine,  sus puertas a salones, salas, dormitorios, cocinas y baños siempre transformados y habitados por todo un universo de artistas, que reían y creaban sin parar.

Al principio, cuando todos le ignoraban, él  paseaba y observaba maravillándose a cada paso y no le importaban los cuchicheos. Había tantas cosas para aprender.

Después de la amenaza del rey, algunos pasaron a odiarlo y otros a temerlo, pero como sabían que mientras el estuviese en el castillo, el rey no haría nada malo, nadie se reía de él, pero tampoco, nadie hablaba con él.

A carboncillo eso no le preocupaba, así podía andar por el castillo a sus anchas. Observando las obras de arte que le rodeaban aprendió a dibujar sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos, que a diferencia del trazado de sus dibujos, eran en colores.

Todos los días el archivero mayor subía a lo más alto de la torre para ver si la anciana iris había vuelto de sus viajes, pero la puerta de su estudio siempre  estaba  cerrada. Hacia años que la anciana no salía y todos comenzaban a pensar que quizás había muerto. Nunca antes había estado tanto tiempo fuera, con la puerta cerrada.

La verdad es que ella solo volvía de sus viajes cuando un nuevo artista se graduaba con la culminación de su primera obra artística, pero atareados como estaban dando color a lo que el rey Tizón oscurecía, nadie tenía tiempo para crear obras de arte.

Por eso aquel día de la primavera esmeralda del año 42.720 de la era Pigmenta, el archivero decidió gastar sus últimas fuerzas en un concurso de arte colorado.

Todos los pinceles, ceras, acuarelas, rotuladores, tintes, y enfín, todo aquel que soñara en color debía presentarse al concurso. El tema a desarrollar era la anciana madre de aquella universidad: Pigmenta Arcoiris.

El archivero tenía la esperanza de que un concurso así, traspasara las fronteras del universo colorado y llegase a los oídos de Iris.

No contaba con los oscuros pensamientos del rey Tizón, que puso toda su maquinaria de guerra en acción. Envolvió el planeta cromado en una oscura nube que impedía salir cualquier mensaje de color.

Llegó el día del concurso. El castillo de lápices de colores era el único lugar en el planeta Cromado que tenía color. El rey Tizón esperaba el veredicto para terminar su conquista. Esperaba que la obra de su hijo fuera la ganadora y si tenían la osadía de dárselo a otro, lo quemaría todo y por fin, todo el planeta sería negro con sombras grises, ya que en la guerra de tantos años, la luz del sol ya no podía traspasar las oscuras  nubes y el blanco había desaparecido también.

Los jóvenes artistas estaban expectantes, tenían la esperanza de que su obra trajera de vuelta a la anciana iris. La única capaz de vencer al rey Tizón.

El primero en presentar su obra fue un pincel de pelo de marta finísimo que había utilizado 10.356 líneas de colores para tratar de imitar los ojos arcoíris de la anciana. Le siguió un joven tinte amante de la abstracción, que había chapoteado bailando entre pigmentos diluidos en escamas de peces arcoíris. Simbolizando la mirada iridiscente de la anciana.

Luego un moderno grafitero, presentó el tren arcoíris de la vida que contaba la historia de las maravillas logradas por la anciana.

La lista de las obras fue tan larga como el día y si bien todas fueron maravillosas, ninguna poseía la vida de las grandes obras de los maestros colorados, cuya última representante era  Pigmenta Arcoiris.

Por último, carboncillo subió al escenario y presentó su obra. Un punto negro sobre un fondo blanco.

Los presentes habían perdido la esperanza de que la anciana apareciese y esto les enfureció mucho. Ya resignados a perder la libertad  creativa, abuchearon, pitaron e insultaron a carboncillo. Si no hubiese estado la guardia personal del rey Tizón, probablemente   lo hubieran apaleado.

Los nervios estaban muy alterados y nadie sabía como podía terminar aquello cuando una fina luz plateada descendió y recorrió todo el salón de actos haciendo callar a todo el mundo. Era una estrella que se había colado por los conductos del aire y cuando se posó en el escenario, resplandeció y tras de sí, presentó a una anciana Iris de lo más jovial y contenta.

Hola a todos, perdón por llegar tarde, fueron sus primeras palabras. Y les contó que estaba en musicosmos escuchando un concierto cuando le enseñaron aquella obra maestra que parecía ser parte de un concurso en su honor.

Desde luego no se lo podía perder, pero tampoco podía salir en mitad del concierto sin faltar al respeto a sus nuevos amigos de musicosmos. El concierto duró tres días. En musicosmos el tiempo no existía cuando sonaba la música.

En cuanto terminó se teletransportó hasta casa y por lo que veía había llegado justo a tiempo para contemplar aquella obra maestra. El punto negro.

El público no entendía nada, aquello era la obra de un traidor, de un asesino del color, al servicio de su padre.  ¿Cómo podía la anciana llamar obra maestra a aquel horror?

Por favor, me encantaría ver terminada la obra, le dijo Iris a carboncillo. Este sonrió y concentró toda su voluntad en aquel punto negro que ante la mirada atónita del público prendió fuego en una minúscula llama roja que enseguida se convirtió en azul y luego verde y seguida por el amarillo, el naranja, el violeta, el ambar, el celeste y todos los colores imaginables, que al impregnar el aire, mostraron el vivo retrato del ojo derecho de la anciana.

Una imagen que a semejanza de unos fuegos artificiales quedó en la memoria de todos los presentes durante el fugaz instante en que la obra se quemó y desapareció del aire.

Nadie podía imaginar que un carboncillo negro pudiera crear todos los colores del universo y el que menos podía imaginarlo, era el rey Tizón, que recordó porque su apellido era Fuego y recordó el planeta cuando en las hogueras donde vivían los Tizones, ellos eran los que contaban las historias de colores de los tiempos antiguos. Recordó las risas y  la ley antigua del renacer:  “morir para vivir y vivir para morir”.

Volvió a su palacio de carbón y diamantes. Apagó sus maquinas de guerra y la luz y el color volvieron al planeta Cromado.

 

 

Batuta colorada

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En un país muy lejano . En “Ciudad Conservatoria” vivía Batuta colorada. Era la encargada de dirigir el concierto anual donde se juntaban los músicos y los instrumentos.

Faltaban pocos minutos para que comenzara el concierto.

Los instrumentos ya se habían afinado y los músicos estaban en sus asientos. El público esperaba y hablaba en voz baja.

Claro que los conciertos de “Ciudad Conservatoria” no eran conciertos como los de otras ciudades.

Aquí las notas, las escala, las melodías, los acordes tenían vida propia al igual que los instrumentos.

El trabajo de Batuta Colorada era conseguir que la música llegara hasta los músicos para que se pudiera transmitir por la radio y que los humanos lo entendieran.

Tarea nada fácil, ya que la música era muy emocional.

Estaban los acordes que se enfadaban con mucha facilidad. Las melodías lo mismo estaban tristes que alegres sin saber por qué. Las escalas enseguida se asustaban y empezaban a gritar y los armónicos la mayoría de las veces se ponían tristes.

¿Los instrumentos? Os preguntaréis. Todos, de mucho carácter. En general no les gustaba juntarse con las personas hasta después de mucho tiempo como novios, luego la mayoría de las veces eran inseparables.

No era fácil el trabajo de “Batuta Colorada”, de juntar personas e instrumentos para hacer un concierto.

 

“Batuta Colorada” estaba nerviosa. Faltaban pocos minutos para empezar el concierto.

Los instrumentos ya se habían afinado y los músicos estaban en sus asientos. El público esperaba y hablaba en voz baja.

La obra se componía de un Alegro y un Andante,, El alegro esperaba detrás del telón la señal del director para empezar y el andante estaba tranquilo en el pasillo esperando su turno.

Por el aire andaban las notas y los silencios. Algunas escalas y melodías flotaban tranquilas alrededor de las cabezas de los músicos. Los pentagramas no se movían, siempre preparados para escribir música.

Los músicos más jóvenes como es normal estaban nerviosos por su primer concierto, pero los más veteranos se rascaban la barriga tranquilos, porque el ensayo general había salido bien y estaban seguros de que el concierto también saldría bien.

Uno de los músicos como si estuviera solo se hurgaba la nariz y eso hizo gruñir al trombón que era el instrumento más quisquilloso y gruñón de la orquesta.

Trombón, comenzó a farfullar enfadado, haciendo que otros (trompeta, saxo…) se enfadaran también.

En la otra esquina los ( violines, contrabajos…)que no entendían porque los otros estaban enfadados se ponían tristes porque no les parecía una buena actitud estar enfadado antes del concierto.  A los pianistas les entró el miedo por la falta de armonía y el concierto peligraba.

Sin embargo los percusionistas con su alegría habitual aprovecharon el desorden para hacer bromas de las suyas, lo que hizo enfadar más a los enfadados , poner más tristes a los tristes, más miedosos a los miedosos.

“Batuta Colorada” tenía razones para estar nerviosa. Respiró profundamente, saludo cortésmente al atril en lugar de golpearlo y comenzó el concierto en su imaginación y así le vino la solución: EL AMOR

El amor a la música era lo que unía a todos los músicos y a todos los instrumentos.

Se dirigió a los tristes y  les mostró unos pequeños compases de tres por cuatro.

Las cuerdas rasgaron el aire tan suave y con tanto amor que su tristeza se convirtió en alegres canciones románticas. Canciones de enamorados entre contrabajos y violines.

“Batuta Colorada” siguió imaginándose el concierto y cambió a compases como dibujando olas en el aire y se dirigió a las 88 teclas de los pianos que tenían miedo. Y con esos compases los dedos de los pianistas pusieron a bailar a las teclas y la música miedosa se transformó en valientes bailes de parejas, enamoradas de la vida.

Todavía imaginando el concierto en su cabeza, “Batuta Colorada” recordó a los instrumentos de viento que estaban enfadados, que  el director también amaba la música y con movimientos de batuta que subían y bajaban hizo que el director subiera y bajara la cabeza como señal de respeto. De este modo consiguió que los vientos sacaran todo su enfado, soplando y silbando como elefantes y pájaros.

Y por último “Batuta Colorada” se rió, saltó y brinco, tanto tanto, que hizo que los instrumentos de percusión se cansaran de hacer bromas y como no tenían ya fuerzas lo que al principio sonaba como un terremoto se convirtió en una música suave como de hormigas correteando en la tripa (palomitas saltando en la sarten).

“Batuta Colorada” abrió los ojos y por fin,  gracias al amor a la música, supo lo que tenía que hacer.

En lugar de golpear al atril, comenzó por convertir el cuerpo del director en un tambor y a ritmo de batuta juguetona marcó la entrada al “Alegro” que estaba detrás del  telón. Los instrumentos sonrieron y se relajaron. Las notas volvieron a las partituras y los músicos pudieron concentrarse en lo que mejor sabían hacer: amar a la música y su infinito universo de fantasía y emoción.

Basajaun

 

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Txomin cerró los ojos y disfrutó de la tibieza del sol en su cara. A sus pies un mar de nubes tan espeso que invitaba a

pasear sobre él. El sol hacia ya una hora que  se elevaba por encima y Txomin tuvo que recordarse que últimamente , a sus 92 años siempre perdía el reto que hacía al sol cuando dormía en el valle.  Los tiempos en que ganaba la carrera y  sentado sobre el mar de nubes, esperaba hasta ver salir los primeros rayos que iluminaban las Malloas, ya eran historia. Lo mismo que su oficio. Txomin era el último pastor del valle de Araitz. Ese valle que ahora seguramente despertaba inquieto allá abajo. Para Txomin despertar con el sol y subir por encima de las nubes era importa

nte. Esos días, el valle desparecía de la vista, y el silencio de las montañas de Aralar  que sobresalían sobre las nu

bes como castillos de piedra y bosque,  le transportaban al principio de los tiempos cuando todo lo que tiene nombre, existe.

Los jóvenes habían perdido el

don de ver y hablar con los ancianos.

A veces, algunos jóvenes escuchaban atentos las historias que Txomin contaba sobre Basajaun pero cuando les proponía ir a visitarlo, todos le trataban de viejo supersticioso que todavía creía en cuento

s mitológicos.

Una vez un joven le acompaño hasta el viejo roble de 400 años donde habita basajaun y pasaron un semana entera a su alrededor con sus ovejas, mientras hubo pasto. Txomin por las noches trataba de e

xplicar al joven los mensajes que Basajaun le daba durante el día pero el joven era incapaz de ver o de sentir el espíritu del viejo roble. El último Basajaun del valle.

Txomin, apoyada su espalda contra el roble, recibía con claridad sus mensajes sobre lo que es justo y lo que es desproporcionado.

El invierno llegaba con retraso. El viejo Basajaun era el único que lo sabía y por ello mantenía sus hojas verdes mientras los de

más árboles hacia tiempo que se habían desprendido de ellas.

Algo va mal, le dijo Txomin al joven. Basajaun nunca antes había estado tan cargado de bellotas. Muchos van a morir. Creo que es viene una guerra.

El joven después de  unos días volvió al valle, pensando que Txomin se hacía mayor y que estaba cada vez peor.

Y Txomin anduvo preocupado durante muchos días, porque sabía que Basajaun nuca se equivocaba y la muerte acechaba.

Por suerte, fue cuando bajó al valle, a por algunos alimentos, cuando entendió. No era una guerra de hombres lo que se avecinaba sino el genocidio de una especie. Los árboles muertos apilados en los bordes de las carreteras. Cementerios de almas, Los madereros estaban talando sin medida e indiscriminadamente. Vaciando el valle de su mayor preciado tesoro. El pulmón y el agua del valle camino de convertirs

e en un desierto de zarzas y espinos.

Por eso, estaba Txomin esa mañana sobre el mar de nubes dejando su oficio de pastor para plantar todas las bellotas que había podido atesorar.

Había tratado de explicar a

los demás el mensaje de Basajaun pero nadie le había querido hacer caso. Nadie entendía que para que el último de los ancestros no abandonara el valle, la reforestación era imprescindible.

Que para que la abundancia de la vida siguiera habitando el valle, la regeneración de lo perdido era el único camino.

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De seguir así, en dos generaciones más, todo podría estar perdido, le había dicho Basajaun y Basajaun nunca, desde el inicio de los tiempos se ha equivocado.

Tambores de guerra

Jon Clarinete de Rocagrande vivía en la tribu TierraMadre justo en el centro del continente Musikosmos. Donde habitaban otras cuatro tribus. Cada una de ellas en un extremo.

Al Norte vivía la tribu del Agua. En su capital “Ciudad Conservatoria” se encontraban  las universidades de Musikosmos y a donde iban todos aquellos que  querían ser maestros.

Al sur estaba la tribu del Fuego y en su capital “Ciudad Monasterio”  vivían los magos más ancianos, los que ya habían dejado de caminar.

Al Este estaba la tribu de la Madera y en su capital “Ciudad Danzante” al borde del inmenso océano de plata, se iniciaban todos aquellos habitantes de los bosques que tenían un espíritu Pionero.

Al Oeste la tribu del Metal en su Ciudad Cuatrovientos” albergaba a los mejores arquitectos alquimistas del continente. Su biblioteca era famosa por recopilar y guardar los dibujos y misterios  de las más grandes obras. Como por ejemplo, la catedral piano de Ciudad conservatoria.

 

Jon Clarinete vivía en el centro del continente, en “Ciudad Concierto”, la capital de la tribu Tierra Madre.

Sin embargo, “Ciudad Concierto” que era un inmenso valle de terrazas y canales de agua, tierra de cultivadores y grandes cocineros, apenas había sido su casa hasta los 2 años; ya que a pesar de haber nacido en la famosa familia de Rocagrande, sus tempranas dotes para la magia, habían hecho que lo enviaran recién cumplidos los 3 años, con su tioabuelo SeisFuegos que vivía en “Ciudad Monasterio”. La ciudad de los grandes magos.

Ahora, hacia apenas un año, al cumplir los 20 había vuelto a la ciudad que le vio nacer.

Mientras reflexionaba sobre los tambores de guerra que había oído, le llegó la visión de su primer día cuando volvió a “Ciudad Concierto”.

 

Cuando salió del túnel que daba acceso al valle secreto, entendió enseguida lo de secreto. Se encontraba en mitad  del escenario de un gigantesco anfiteatro. Allí era donde se hacía el gran concierto anual de las cinco tribus y para acceder al valle secreto tenía que atravesar el laberinto de las mil puertas. No había nadie a la vista y por eso susurro para si mismo: “Y, ¿Por donde empiezo?

Por pedir permiso le llegó una voz que pareció resonar en su cabeza. Miró hacia arriba y lo que parecía ser una columna al contraluz, se convirtió en una persona que con grandes zancadas, bajo hasta donde Jon Clarinete se encontraba. En la medida que se iba acercando el hombre se iba haciendo más grande y al llegar frente a él, resultó que era un joven gigante de piedra de 5 metros.

Soy “Jon Clarinete de Rocagrande”, ahora conocido por “Jon Claro de luz”  trató de explicar, pero el gigante no le hizo caso, le dio la bienvenida y le dijo que en “Ciudad concierto” esperaban a “Jon Clarinete de Rocagrande”, el mago que dominaba los vientos, por lo que si quería pasar al valle secreto debía volver a ser Clarinete.

El gigante le explicó que  para acceder tenían que esperar ya que la montaña anfiteatro, que era quién abría las puertas, se movía lentamente y según los últimos mensajes había llegado antes del tiempo.

Esperando descubrió Clarinete que la magia no solo la poseían los de la tribu del fuego.

Nada más llegar sintió una presencia y no entendía como aquel gigante a más de un kilometro de distancia pudo haber oído su susurro cuando llegó. Cuando hablaba su boca se movía lentamente, sin embargo sus palabras fluían rápidamente.  El gigante rió a grandes carcajadas cuando Jon lo descubrió y dijo: – “Aquí, hay un viento”- . Había descubierto el secreto de los gigantes de piedra. Estos no podían comunicarse con los demás si no era por el viento que atravesaba los microporos de su cuerpo y expresaban sus ideas. Por eso, gracias a los huecos y poros de las gradas de la montaña laberinto, lo que se susurraba en el escenario se podía oír en toda la montaña, en cualquiera de los asientos que formaban el anfiteatro más grande y más viejo de todo el continente.

Los vientos en los últimos meses anunciaban tambores de guerra y por eso habían llamado a “Clarinete de Rocagrandre” famoso por su magia con los vientos.

Que las montañas ancestrales y los gigantes de piedra estaban unidos y hermanados de por vida a un viento, era un secreto que muy pocos conocían y prohibido de transmitir. Si un mago domina vientos no era capaz de descubrirlo por si solo, era un falso mago. De ahí que el gigante riera con satisfacción.

Tras adentrarse en el anfiteatro y cruzar la montaña laberinto, al salir, la vista desde la cima que daba acceso al valle, a la ciudad, era inimaginable. Hasta después de la guerra nunca hubo una descripción escrita que pudiera dar una idea de su grandeza a quienes no obtuvieran el permiso de la montaña anfiteatro y su laberinto.

El valle era una sucesión de terrazas de tierra y canales de agua donde florecían y crecían todo tipo de cultivos, aunque más que cultivos parecían una exuberante selva con miles de plantas viviendo entremezcladas.

Al principio solo vio a los gigantes de piedra que destacaban por encima de las copas de los árboles jóvenes y los cultivos, porque cuando se adentraban en los bosques milenarios, los gigantes parecían pequeños hombres. Las dimensiones del valle  y su disposición hacían difícil distinguir las distancias y los tamaños de lo que se veía.

Lo que al principio parecía un faro,  una especie de luz reflejada se convirtió en el velamen de una embarcación que venía a buscarlo por el canal principal.

Mientras ésta llegaba percibió el pulso de un joven viento que con un guiño  le mostró un castillo que parecía flotar entre nubes.

Diferentes puntos se alumbraron uno detrás de otro transmitiendo un mensaje. Desde las puntas de las pirámides truncadas, repartidas por todo el valle, ya se había difundido la noticia de su llegada.

El recorrido en barca hasta su nueva casa le descubrió a los habitantes de “Ciudad Concierto”.

En los campos de cultivo estaban los de la familia batería. Personajes de grandes manos de 7 dedos que portaban un gran bastón como herramienta. En realidad no cultivaban nada, eran albañiles que arreglaban y movían muros, canales y todo tipo de infraestructuras para que la naturaleza  pudiera manifestarse con un cierto orden. Un orden que solo ellos entendían pues hablaban con ritmos y cantos ancestrales que solo sus siete dedos podían cantar y sentir a través de su bastón de raíces vivas. Un instrumento indescifrable para quién no fuera de la familia.

En pequeñas islas humeantes vivían las familias  fogoneras de recetas. Eran los famosos cocineros, de TierraMadre. Todos en la familia desde los abuelos hasta los nietos en edad de encender un fuego, se dedicaban a recetar melodías, mantras, conjuros y también por supuesto guisos, caldos y pócimas que eran el deleite de los habitantes del valle. Vivían entre pentagramas, batutas, armónicos, tonos, semitonos, instrumentos y demás seres que hasta entonces Jon creía, que solo vivían al norte de Musikosmos, en “Ciudad Conservatoria”.

En los bosques milenarios, vivían los herbolarios. La mayoría eran ancianos de largas barbas, druidas y bardos que a veces eran seguidos por jóvenes aprendices. Sus manos más que grandes, eran  de largos dedos que tocaban melodías hechizantes de arpas y laudes para acompañar a los ricos versos que recitaban. Versos aprendidos y recordados  de la memoria  de los árboles y rocas que formaban sus casas ocultas a los ojos del profano que no supiera recitar ni escuchar el susurro de las hojas o el crujir de las ramas o el eco de las rocas…

 

Un grito le sacó del recuerdo y vio a su amigo “Dedosligeros”, aprendiz de  druida, acercarse a él.

Su maestro le había avisado sobre los tambores de guerra y sabía que Jon le podría aclarar lo que eso significaba. Eran los mismos que habían provocado su vuelta a la tierra que le vio nacer.

Todo el año que había pasado en “Ciudad Concierto” lo había dedicado al estudio y a recoger información de los más ancianos árboles y las más primitivas rocas. Pero los recuerdos de guerras precedentes eran escasos. Había muchos datos sobre las consecuencias. Horribles y devastadoras, pero sobre las causas que las originaron los datos eran confusos y no aportaban claridad, ni una posible solución. Por eso cuando, vio llegar a su amigo con dotes y ansias de explorador, más que de druida, se alegró.

“Madera Dedos ligeros” había nacido en la tribu Madera pero a los 4 años, al quedar huérfano y sin familia, le enviaron a “Ciudad Concierto”, donde un druida falto de aprendiz lo acogió y le borró el nombre, para llamarlo “Madera Dedosligeros”. El ser de una tribu pero vivir en otra había conformado un vínculo entre  Jon y Dedos ligeros.

Jon dominaba los vientos pero los vientos estaban confusos y no conseguía la información suficiente. Necesitaba un explorador que fuera al Este, a “Ciudad danzante” para saber porque los tambores sonaban a guerra.

Dedos ligeros no se lo pensó dos veces, ya que convertirse en explorador era su verdadero sueño. Era su verdadero espíritu.

Faltaban solo dos meses para el concierto que juntaba a las cinco tribus cada cuatro años cuando Dedos ligeros volvió del norte. AguaMaestra estaba enferma y no iba a poder asistir al concierto. Pedía a las demás tribus que el concierto se hiciera en “Ciudad Conservatoria”. Esa era la causa de los tambores de guerra le dijo Dedosligeros, pero Jon podía ver con más claridad y enseguida se dio cuenta que en realidad la causa se debía a lo que había hecho enfermar a AguaMaestra. Tenían que saber lo que fuera que había hecho enfermar a AguaMaestra.

Teatrodanzante de la tribu madera por su condición de teatro nunca había podido asistir a los conciertos. Siempre había enviado a los más cualificados representantes para aportar todo la información recopilada por sus famosos pioneros que recorrían los bastos territorios inexplorados del mundo y no por ello había pedido que el concierto se hiciera en su ciudad.

Consideraba la enfermedad de AguaMaestra una excusa y estaba muy enfadado. Amenazaba con no asistir pero Jon sabía que eso también era una consecuencia de la enfermedad de Aguamaestra. No era el origen.

La tribu Metal era la que había diseñado las estructuras y planos de ciudad conservatoria. Los alquimistas siempre habían ideado pintado y esculpido las fuentes, acueductos, canales y formas de los habitantes de la tribu del agua. Ahora mismo todos los alquimistas estaban buscando la solución para sanar a Aguamaestra sin resultado, por lo que Jon descartó a la tribu Metal como la causante.

Solo le quedaba la tribu del Fuego. Necesitaba saber que estaba sucediendo en el sur. Cuando él vino de allí, no parecía que hubiese ningún desequilibrio entre sus habitantes.

Sin embargo no había tiempo de viajar al sur y preparar el concierto unificado de las tribus  para el equinoccio de otoño.

Los tambores cada vez eran más fuertes.

Del Este llegaban noticias de maestros forjadores de la tribu del Metal convertidos a leñadores que talaban bosques sin preocuparse de si era la luna y el día indicados. Ignoraban que los árboles solo debían talarse una vez  cumplido su ciclo de vida y transmitido toda la información a sus descendientes, de modo que su vida se perpetuaba  vibrando y dirigiendo la acústica de los espíritus instrumento: violines, pianos, contrabajos, guitarras…

En el norte los magos de la tribu del fuego, en su peregrinación hacia Ciudad Monasterio, habían vaciado con su exceso de creatividad, lagos enteros de notas, corcheas y claves que esperaban su bautismo de nubes y lluvia que ya no llegaría.

En el Oeste los alquimistas no podían mantener el orden. La sutil y etérea melodía de los magos era indescifrable para ellos y no podían ordenar y componer en los hilos de oro de los pentagramas que siempre habían forjado para los grandes conciertos.

Las tribus estaban desorientadas y la música de la tierra comenzaba a vibrar oscura y amenazante a los oídos del miedo.

 

Jon tuvo que recordarse que estaba en “Ciudad Concierto”, en ningún otro lugar la música había sido elaborada mejor. Era la única tribu capaz de unificar el caos de la infinita diversidad que habitaba Musikosmos.

Consultó a los 4 vientos y estos le aconsejaron lo que los vientos siempre aconsejan. Inspira le dijo el viento del oeste. Aguanta la respiración le dijo el viento del norte.  Expira le dijo el viento del sur. Aguanta la respiración le dijo el viento del Este.

Le estaban hablando de la primera meditación que le abrió las puertas al mundo de la magia de forma consciente.

Su familia de Rocagrande eran los maestros de meditación de Tierramadre. Convocó a toda su familia bajo la cúpula de roca que había dado el apellido a su familia. La mayor sala de meditación horadada por aguas termales. Ventanas y luceros de cristales de cuarzos multicolores. Estalactitas y estalagmitas  que habían detenido su crecimiento para convertirse en antenas de sueños, imágenes y visiones.

El lugar donde un mago puede abandonar su cuerpo y con el dominio de los vientos ir a donde quiera.

Tres días de ayuno y meditación le llevaron a la claridad. Tres de los magos más ancianos estaban preparándose para cerrar su ciclo y en “Ciudad Monasterio” habían centrado su atención en las ceremonias preparatorias, lo que había provocado una falta de atención a los preparativos del concierto de Tierramadre. Todos los magos que vivían en ciudad conservatoria se encontraban en “Ciudad monasterio”. Los maestros de la tribu del Agua necesitaban de la intuición de los magos sino el miedo se apoderaba de ellos y se estancaban. Aguamadre no encontraba la inspiración necesaria y había enfermado ante la visión oscura del silencio de sus notas.

No había tiempo para solucionar el desequilibrio que iba a dividir el continente en cinco facciones en guerra, por dirigir el ritmo y la música que mostrara un camino de convivencia pacifica y armónica.

 

Jon ya sabía la causa y aún así no terminaba de hallar la solución. Necesitaba frenar el caos de los magos distraídos y confiados en su capacidad creativa sin límite y a la vez necesitaba convencer y unificar a las otras tribus en la idea de que podían improvisar un concierto capaz de dirigir el mundo por los próximos cuatro años.

Los alquimistas de los metal no asistirían sino no se les garantizaba una estructura una forma justa y equilibrada con la que poder mostrar la capacidad de sus diálogos de vientos.

Los exploradores de la tribu Madera aunque tercos y gruñones si podían bailar y hacer resonar sus timbales no serían difíciles de convencer.

Si conseguía hacer llegar la música de los Magos del fuego hasta Aguamadre está reaccionaría al instante y todo quedaría grabado en la memoria del Agua, de la Madera, del Metal, del Fuego y de la Tierra.

“Jon Clarodeluz” se sorprendió cuando le llegó la idea tan simple y sencilla. Necesitaría de un gran cocinero y el mejor de los Bardos recitadores.

Todos deberían colaborar. Los vientos despejar las nubes para que las ancestrales montañas pirámides pudieran comunicarse. Estas se mueven despacio y no quedaba mucho tiempo.

El día anterior al concierto cada tribu grabo en los oídos de un bardo lo que consideró la manifestación de su tribu.

A los alquimistas, los más reacios, se les dio un tema: El réquiem de tres grandes magos de la historia.

A los exploradores les gustó la idea de poder actuar, por fin,  desde “El gran teatro danzante”

Los magos respondieron encantados ofreciendo la magia de sus batutas para  dirigir lo que resultara de aquellas grabaciones.

Y AguaMadre con los magos dirigiendo un tema de sobra conocido para ella, se restableció lo suficiente como para aportar algo de visión   de futuro en las notas que transportarían a los vivos a la transcendencia de sus cuerpos, más allá de la vida.

Llegó el día del concierto y reunidas todas las familias de  cocineros comenzaron a componer, improvisando de manos de la batuta de Jon Claro de luz que ayudado por los amplificadores de la montaña anfiteatro y de los vientos, transmitieron para todo el continente el concierto que cambió el vibrar de los tambores de guerra.