Juanagorri

 

Juanagorri sentado en el espolón del Balerdi mirando hacia los vientos que venían del mar pudo distinguir como Mari cruzaba las oscuras nubes que traían la tormenta. Sin embargo, el aire todavía no alcanzaba a oler los relámpagos de Mari surcando el cielo. Eso le daba todavía algunas horas hasta el atardecer de truenos y rayos, de pedriza y viento racheado que se avecinaba. Mari estaba enfadada y Juanagorri no sabía por qué.

Salió brincando de piedra en piedra y con su vara de avellano a modo de pértiga volaba ladera abajo desde el Artubi en dirección a Unako Putzua.

Seguro que allí se encontraba con alguno en dirección a la ermita de San Miguel y puede que ahí encontrara respuesta.

Hacia ya algunos años que había decidido vivir en el monte.

Si se escuchaba a la naturaleza y a los ancestros, no faltaba de nada. Juanagorri vivía solo en Aralar porque prefería el silencio de sus habitantes al parloteo fanfarrón e ignorante de los vecinos del valle.

Juanagorri no contaba a nadie que el podía hablar con Mari y con Basajaun; con las nubes y con la tormenta; con los animales y los árboles, porque sabía como escuchar e interpretar a la naturaleza. Cada ser vivo tiene un espíritu pensaba Juanagorri y si sabes observarlo puedes entender su lenguaje.

Y aunque el no contaba nada sobre su vida en la montaña, de vez en cuando abordaba a los caminantes para preguntarles todo lo que pudiera. Siempre era bueno saber que nueva estupidez pensaban hacer los jauntxos del valle.

Por eso, ese día se dirigía hacia la ermita, porque era día de romería para los que imponían las tradiciones.

Así fue como se encontró con Joxe Miguel Bengoetxea, el famoso cablero de Araitz. Fue el primero que instaló los endiablados cables para bajar la hierba de la montaña.

Un gran avance industrial dijeron y justo entonces fue cuando Juanagorri decidió irse al monte.

En realidad, Juanagorri no tenía nada en contra de la industria mientras fuese de provecho y ayuda, pero en sus viajes por América, bien que había visto que la industria siempre iba acompañada de la avaricia.

¿Qué hay de nuevo? Le preguntó Juanagorri.

Y Bengoetxea le contó como Antsonegoikoa había estado apunto de quemarse porque una bala de paja había cogido fuego y había provocado un incendio.

La bala de paja debido al fuego se soltó del amarre y comenzó a descender por el cable, cayendo a mitad de recorrido en el bosque, cerca de Antsonegoikoa. Como ya estaba anocheciendo el cable no se veía claramente y solo se veía una gran bola de fuego que iba por el aire. Las personas que lo vieron dijeron que habían visto a Mari y que ella era la responsable del incendio.

Bengoetxea soltó una gran carcajada después de decir esto y añadió que le parecía increíble que alguien pudiera creer en la existencia de Mari.

Juanagorri que siempre se limitaba a escuchar no pudo aguantar la tristeza de presenciar tanta ignorancia y le contó que era verdad; que había sido Mari quien había lanzado la advertencia.

Mari no era una mujer con pies de pato. Mari era la naturaleza misma del fuego y el agua. La manifestación de estos dos espíritus transformándose y equilibrándose constantemente.

Cuando alguien deja un fardo de paja secándose al sol durante todo el día y con total inconsciencia, deja además, una botella vacía sobre ese fardo, lo natural es que la hierba prenda fuego.

Para mi, eso es claramente una advertencia de Mari mostrándonos lo peligroso de mezclar lo artificial con lo natural.

Tu puedes seguir creyendo en Papas e iglesias y dioses que por subir un crucifijo a  la ermita te van a acoger en el cielo, pero yo te digo que si escuchas a la naturaleza y sigues su camino, ya vives en el cielo.

A partir de aquel día, Bengoetxea que era muy rápido aprendiendo, siempre miró al cielo antes de salir de casa.

Basajaun

 

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Txomin cerró los ojos y disfrutó de la tibieza del sol en su cara. A sus pies un mar de nubes tan espeso que invitaba a

pasear sobre él. El sol hacia ya una hora que  se elevaba por encima y Txomin tuvo que recordarse que últimamente , a sus 92 años siempre perdía el reto que hacía al sol cuando dormía en el valle.  Los tiempos en que ganaba la carrera y  sentado sobre el mar de nubes, esperaba hasta ver salir los primeros rayos que iluminaban las Malloas, ya eran historia. Lo mismo que su oficio. Txomin era el último pastor del valle de Araitz. Ese valle que ahora seguramente despertaba inquieto allá abajo. Para Txomin despertar con el sol y subir por encima de las nubes era importa

nte. Esos días, el valle desparecía de la vista, y el silencio de las montañas de Aralar  que sobresalían sobre las nu

bes como castillos de piedra y bosque,  le transportaban al principio de los tiempos cuando todo lo que tiene nombre, existe.

Los jóvenes habían perdido el

don de ver y hablar con los ancianos.

A veces, algunos jóvenes escuchaban atentos las historias que Txomin contaba sobre Basajaun pero cuando les proponía ir a visitarlo, todos le trataban de viejo supersticioso que todavía creía en cuento

s mitológicos.

Una vez un joven le acompaño hasta el viejo roble de 400 años donde habita basajaun y pasaron un semana entera a su alrededor con sus ovejas, mientras hubo pasto. Txomin por las noches trataba de e

xplicar al joven los mensajes que Basajaun le daba durante el día pero el joven era incapaz de ver o de sentir el espíritu del viejo roble. El último Basajaun del valle.

Txomin, apoyada su espalda contra el roble, recibía con claridad sus mensajes sobre lo que es justo y lo que es desproporcionado.

El invierno llegaba con retraso. El viejo Basajaun era el único que lo sabía y por ello mantenía sus hojas verdes mientras los de

más árboles hacia tiempo que se habían desprendido de ellas.

Algo va mal, le dijo Txomin al joven. Basajaun nunca antes había estado tan cargado de bellotas. Muchos van a morir. Creo que es viene una guerra.

El joven después de  unos días volvió al valle, pensando que Txomin se hacía mayor y que estaba cada vez peor.

Y Txomin anduvo preocupado durante muchos días, porque sabía que Basajaun nuca se equivocaba y la muerte acechaba.

Por suerte, fue cuando bajó al valle, a por algunos alimentos, cuando entendió. No era una guerra de hombres lo que se avecinaba sino el genocidio de una especie. Los árboles muertos apilados en los bordes de las carreteras. Cementerios de almas, Los madereros estaban talando sin medida e indiscriminadamente. Vaciando el valle de su mayor preciado tesoro. El pulmón y el agua del valle camino de convertirs

e en un desierto de zarzas y espinos.

Por eso, estaba Txomin esa mañana sobre el mar de nubes dejando su oficio de pastor para plantar todas las bellotas que había podido atesorar.

Había tratado de explicar a

los demás el mensaje de Basajaun pero nadie le había querido hacer caso. Nadie entendía que para que el último de los ancestros no abandonara el valle, la reforestación era imprescindible.

Que para que la abundancia de la vida siguiera habitando el valle, la regeneración de lo perdido era el único camino.

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De seguir así, en dos generaciones más, todo podría estar perdido, le había dicho Basajaun y Basajaun nunca, desde el inicio de los tiempos se ha equivocado.

Elur ttanttak

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Era un invierno que no era invierno. Había llegado diciembre y aún no había nevado.

La luna estaba preocupada y por eso preguntó al sol:

-       ¿Por qué calientas tanto este invierno?

-       Por qué la tierra me ha dicho que los hombres  le están haciendo mucho daño y tiene frio.

-       Sin nieve no podré enviar los buenos deseos de año nuevo a mis amigos, los niños que sueñan.

-       No te preocupes, para cuando estés en luna nueva, viene una tormenta y podrás enviar los deseos.

Llegó la tormenta y la luna envió en lagrimas de plata los deseos para que pudieran bajar a la tierra sobre estrellados copos de nieve.

Pero sucedió que ese mismo día llegó un viento malhumorado y gruñón y comenzó a discutir con la tormenta.

Truenos, relámpagos, ráfagas de viento y torbellinos por el cielo arrastraban y subían y bajaban a los copos de nieve, que no podían volar hacia la dirección que ellos querían.

La luna pidió ayuda al sol. Sus deseos se iban a perder en la tormenta.

El sol que siempre tenía ideas brillantes, le dijo que no se preocupara. Que se diera la vuelta para que la luna nueva se convirtiera en luna llena. Una luna de plata que reflejara el sol y con su fuerza pudiera traspasar las nubes.

Se hizo un claro de nubes y la tormenta se suavizó. Los rayos del sol pudieron llegar hasta las lagrimas de plata que viajaban en los copos de nieve y estos pudieron volar hacia sus destinos cayendo suavemente en el silencio de la noche para que por la mañana los niños pudieran encontrar y jugar con sus deseos entre muñecos , trineos y bolas de nieve.