Li (El fuego)

El I ching dice:

Es propicia la perseverancia pues aporta el éxito. Dedicarse al cuidado de la vaca trae ventura.

La claridad se eleva dos veces: la imagen del fuego. Así el gran hombre alumbra, perpetuando esta claridad, las cuatro regiones cardinales del mundo.

El cuento cuenta:

Jan era un joven pastor que cuidaba las vacas de un pequeño pueblo llamado Goizergien (Donde la luz de la mañana).
Jan corría todas las mañanas para atrapar el sol, pero para cuando llegaba a lo alto de la colina, el sol ya era inalcanzable.
Un día decidió dormir en la colina para esperarlo. ¡Qué miedo paso oyendo ulular al viento y chisporretear a las estrellas.
Pero el sol salió más allá, en otro lugar. Al día siguiente fue allá y al día siguiente más allá. Lo intento varias veces pero el sol siempre se alejaba y de tanto ir al encuentro se topo con el mar; de donde los mayores siempre decían que venían los piratas de las sombras.
Volvió al pueblo y se fijo en que el sol siempre se ocultaba en el mismo lugar.
Se puso en camino con la esperanza de llegar antes que él, sin embrago el sol siempre le adelantaba y se ponía más allá. Por más que corría el sol siempre se escondía un poco más allá.
Después de recorrer muchas tierras y cruzar muchos pueblos, Jan llegó otra vez a un inmenso mar, pero después de tan largo recorrido no quería darse por vencido y pensando en bordear el mar se encontró con un pueblo de pescadores. Tenían grandes barcos y según le dijeron: con ellos llegaban hasta las tierras donde se ponía el sol, donde iban a morir las ballenas.
No se lo pensó dos veces y embarcó en uno de ellos. Durante el día Jan quería seguir al sol pero los marinos parecía que no le hicieran mucho caso y hasta el final del día no se dirigían hacia el. Así nunca alcanzaría el sol.
Por la noche un marino viendo su frustración le explicó que ellos no seguían al sol sino a las estrellas y le enseño sus nombres , sus danzarinas posiciones y sus historias y desde aquel día Jan se enamoró de las estrellas.
Casi se había olvidado de su anhelado encuentro con el sol cuando llegaron a tierra. Decidió seguir viaje y después de algunos días tuvo una visión. Allí donde se ponía el sol, estaba su pueblo. El sol no estaba más allá, se ocultaba justo dentro de su pueblo.
¡Qué extraño espejismo! Tan real le parecía que pensó que a lo mejor estaba soñando o quizás peor; estaba muerto. Se encontró con varias personas y salieron despavoridas. Lo habían confundido con un pirata de las sombras, tal era su aspecto de poblada barba y largos cabellos.
Llegó a casa de sus padres y allí estaban ellos. No podía ser un espejismo. Tuvo que tranquilizarlos para que le reconocieran y cuando llegó la calma; fue entonces cuando tuvo la certeza absoluta de que la tierra era redonda y que el sol al igual que las estrellas no se ocultaban en este mundo y que tanto la luz del sol, como la de las estrellas estaban siempre más allá, para alumbrar nuestro camino. Por eso desde entonces Jan cuando alguien entristecía sabía como animarlo y como punto final siempre les decía: “si lloras porque has perdido el sol, tus lagrimas no te dejaran ver las estrellas” . Hasta en la más inmensa oscuridad hay una luz. Sólo tienes que moverte para encontrarla y si ésta te lleva a la más plena luz, no olvides que toda luz tiene también su pequeña sombra.
Ya anciano, cuando Jan , por las noches contaba sus andanzas por el mundo, le gustaba recordarnos nuestra misión en el mundo y solía repetir como una sentencia final:
“Nosotros, las tribus de los cuatro vientos pertenecemos al reino de las luces y las sombras y aunque la luz del cielo no nos pertenece, podemos cuidar del fuego, de la claridad.
Recibir su luz y crear con ella es el camino que podemos seguir si nos mantenemos adheridos a la luz.