Amor

Una sonrisa. Eso es lo que recuerdo de ella.

Caminando hacia casa. Una sonrisa radiante te recibía a metros de distancia, en cuanto te reconocía.
En bici. Adelantándola como una exhalación, el adiós pasado por el viento al mirar hacia atrás, se había convertido en sonrisa.
En coche, tras los difusos reflejos de los cristales su sonrisa te acompañaba hasta 1 kilómetro después de haber pasado junto a ella.

Era una vibración su sonrisa contagiosa. Era una invitación al AMOR.
La alegría de su presencia iba de casa al colegio. Del colegio al trabajo y del trabajo al mundo.

Llego a su casa el atracador y su sonrisa lo recibió. La paliza fue brutal.
Llevo a sus hijos al colegio y la marginación xenófoba se los devolvió a casa entre lágrimas y terror.
Fue al trabajo y la explotación la exprimió hasta consumirla.

En aquel geriátrico, escuchando a su mejor amiga, el relato de la vida de aquella anciana sonriente que convalecía en la cama de al lado, no pude menos que preguntar: Y ¿Cómo puede seguir sonriendo?
- Eso mismo le pregunte yo un día. – me contesto su amiga.
- Y ¿Qué respondió?
- El mundo está repleto de ignorantes.

El cuento del perdón

- Pídele perdón.
- No quiero
- ¿Por qué no?
- ¿Por qué es culpa suya?
- Y ¿Eso qué tiene que ver para pedir perdón?
Siempre que en mi representación de marionetas llegaba a este punto, comenzaban los abucheos, cuando no me arrojaban nada o me insultaban por loco, borracho o retrasado.
Nunca supe como explicar, que en mi mundo pedir perdón no es rebajarse. No es dar la razón al otro. Pedir perdón es abrir una puerta al diálogo. Asumir la parte de responsabilidad que me corresponde en un conflicto.
Iba de pueblo en pueblo con mis marionetas inventando historias pero nunca encontré la historia adecuada.
Hasta que un día, vi a un niño golpear a otro haciéndole llorar y para mi sorpresa, acto seguido, el mismo niño que le había pegado, con la pericia de un payaso profesional simulo una caída en la que se golpeaba estrepitosamente. El otro niño dejo de llorar y con la siguiente caída rompió a reír, su llanto se transformo en risa y después en carcajada cada vez que el otro niño caía y volvía a levantarse.
Desde entonces no quiero hablar de perdón busco de pueblo en pueblo historias de risa y alegría que poder contar, para pedir perdón al mundo por tanto sufrimiento y autocastigo.