NAMASTÉ

NEPAL 1948
Había perdido la huella. ¡Maldita sea! ¿Cómo había podido ser tan estúpido? El tiempo empeoraba, el viento me robaba con fuerza el calor del cuerpo, me dolían los dedos de los pies y manos. La visibilidad disminuía por momentos. Bajar. Bajar, era la única solución y sin perder un minuto. Me encontraba a 7.800 metros. El campo IV debía estar muy cerca, pero no lo encontraba. Las condiciones de vivac, si decidía pasar la noche allí, con la esperanza de que por la mañana mejorara la visibilidad y pudiera encontrar las tiendas, no me auguraban muchas posibilidades de sobrevivir.
Baja. En mi mente no oía otra cosa. Bajé y bajé, hasta que la falta de luz y el frío, que iba en aumento, no me permitieron seguir avanzando. 6.500 era una altitud más apropiada para vivaquear. Aunque estuviera perdido, las posibilidades de sobrevivir aumentaron considerablemente. Cavé un agujero parecido a una cueva, lo más que me permitieron mis fuerzas y pasé la noche cantando viejas canciones de baile y moviéndome sin parar. No quería dormir.
Un día más y seguir bajando era mi única esperanza. Visibilidad nula, viento fuerte y la nieve complicando mi descenso, iban consumiéndome poco a poco. Por fin, la nieve dio paso a una morrena de hielo y piedras, donde las grietas, ahora escondidas por la nieve, se convertían en el nuevo peligro. Seguí bajando.
Una nueva noche, a 4.100 metros en un paisaje lunar de piedras y roca me permitieron hacer un vivac casi confortable, protegido del viento y de la lluvia. Un primer vistazo a mis pies y manos. Los dedos no estaban negros. Dormidos pero no negros. No había congelaciones. Froté mis manos y pies durante dos horas y comencé a ser consciente de mi situación. No había comido, ni casi bebido ni dormido en dos días. Perdido en un país donde apenas habían visto algún occidental extravagante que perdía el tiempo en escalar sus montañas sagradas.
Un nuevo día. Me dolían los pies. Mas bien me dolía todo el cuerpo. Había descendido 3.700 metros de desnivel vertiginoso y zigzagueante con la esperanza de encontrar un pueblo donde poder comer y preguntar hacia donde ir.
Nada. Perdido entre gigantescas montañas que no hablaban para indicarme el camino. Solo el viento parecía susurrar palabras.
Namasté… Namasté…
…Solo el viento parecía susurrar palabras.
Namasté… Namasté… Comenzaba a sufrir alucinaciones. Oía hablar a las montañas. Me gritaban desde las alturas. Namasté… namasté… Llevaba todo el día caminando y estaba exhausto. Me tumbé, cerré los ojos, y esperé a la muerte; ya no podía más. Namasté, me saludó la muerte, fuerte y claro. Abrí los ojos y allí estaba. Un rostro sonriente, con las manos junto al pecho, palma con palma, saludando. No era la muerte, era una mujer de ojos vivos como los de un águila y dulces como los de un niño que me preguntaban con ternura: ¿De dónde sales pobrecito desventurado?
Me dio de comer, de beber y me llevó a su casa repleta de niños sucios y harapientos, pero jocosos y bulliciosos que me hablaban sin parar, a la vez que me acariciaban y abrazaban. Todo en un idioma gutural imposible de entender.
Maldije entonces mi mala cabeza por no haber prestado atención a los nombres de los pueblos que cruzamos para llegar a la montaña. Solo conocía el nombre de la ciudad en que aterrizamos, pero seguramente por mi mala pronunciación no me entendían.
Perdido, estaba perdido. Solo sabía que tenía que ir hacía el sureste más o menos. Tendría que escalar alguno de los picos que me rodeaban para ver si se veía algo. Fue una penosa ascensión hasta 5.200 para no ver nada.
Vuelta a bajar y por suerte, el namasté resonó nuevamente en la montaña y sin pedir nada a cambio, con la sonrisa en el rostro, hubo quien me acogió.
Al día siguiente continué viaje, hacia quién sabe dónde, trataba de preguntar para orientarme y la única respuesta que encontré fue namasté y una posterior acogida que día a día, cuando yo ya me creía perdido, me salvaba la vida. Estaba fatigado de subir y bajar sin encontrar nada que pudiera orientarme. Al paso de un caudaloso río decidí bajar por su curso, con la esperanza de viajar más rápido y de que sus aguas me hicieran llegar a algún valle habitado.
Improvisé una balsa con troncos unidos por la cuerda que aún conservaba de la escalada y comencé ese improvisado rafting en unas aguas que en principio me parecieron tranquilas. Sin embargo una vez dentro del flujo del río, el descenso fue rápido y vigoroso. Fueron tres días de vertiginoso descenso. Y en esos tres días, aunque parezca increíble, hasta en los cañones más abruptos, sonaba el namasté. Yo trataba de localizar aquellas voces invisibles entre la frondosa vegetación de las escarpadas laderas, pero ante lo imposible de mis esfuerzos acabé considerándolo la voz de la montaña que me saludaba a su paso.
Al tercer día, las corrientes consiguieron volcar mi balsa, en unos rápidos que superaron mi pericia recién adquirida de conductor de balsas. El agua succionó mi cuerpo y me arrastró con fuerza. Mis esfuerzos por salir a la superficie eran inútiles. Mis pulmones estaban a punto de estallar y la muerte me volvió a saludar, abandoné todo esfuerzo y las propias aguas me catapultaron a la superficie, como si fuera un tronco que surge con fuerza del fondo del río. Entre trago y trago, el río seguía arrastrándome, hasta que la larga mano de namasté me sujetó y sacó a la orilla. Aquel hombre, con el agua hasta el pecho, férreamente agarrado a una prominente rama, me había salvado la vida. Al llegar a la orilla como si no hubiera más que decir, se limitó a decir, namasté, con ese gesto humilde de palmas unidas con una ligera inclinación de cabeza. Fue él también quien sin entender palabra de lo que yo trataba de decir, me llevó a la capital. Y allí, ya solo, al coger el avión de retorno a casa. Comencé a ser consciente de lo que había vivido, de todo lo que había recibido: comida, cobijo, ternura, camino y esa mirada limpia y sincera. A la contra, yo, en mi espantada huida, no les había dado nada y ya sin tiempo me encontraba en la puerta del avión. Me giré, miré el país, miré el horizonte de montañas repletas de vida, de alegría, de humildad, de generosidad y prometiendo volver, no pude decir mas que: “dane bat, Namasté” (gracias, Namasté)

De principios y finales

Voy leyendo y sonrío. ¡Qué bueno el cuento! Leo y tengo que volver atrás. Voy demasiado rápido. Tendré que volver a leerlo. Ahora recuerdo a la causante de esta situación. Un regalo de palabras mal escritas si a la gramática me remito, perfectamente escritas si a la vivencia me dedico. Esta forma peculiar de escribir y de contar del viejo Antonio me contagian las ganas de escribir. Y está claro que la historia debe de ser para la causante de este desvarío.
Es una historia de caminos. De principios y finales. De morirse para vivir. Del círculo que se convierte en ciclos. Empieza por el final. ¿Qué puedo yo aconsejar que pueda superar estas sabias historias del viejo Antonio? Ahí está casi todo.
Paseándose. Es la primera imagen que me viene al recuerdo. Paseando en el viento, el mar, la templada noche de luna llena. El corazón rebosante de vitalidad. Una sonrisa. Un gozo en la piel. Todo incita a caminar y disfrutar de la vida.
Parándose. A lo lejos asoman oscuras nubes. Una ráfaga de viento acelera el movimiento de las nubes. Antes de nada, el cielo está cubierto y comienzan las primeras gotas. La vida parece desvanecerse. A la sonrisa le sustituyen las lagrimas. Las mismas que lloran la perdida del sol, las mismas que impiden que disfrute de las estrellas. Pero ahora no ha perdido el sol, ni puede ver las estrellas. Es de día pero el cielo se cubre de negras nubes. Ha perdido la esperanza, se siente desfallecer. De pie en el espolón fija la vista en el horizonte e inspira y expira. Inspira, expira…
Las gotas de lluvia parecen ralentizar su caída Caen sobre su cuerpo, sobre su cara y se deslizan lentamente hacia la tierra. En el horizonte el mar se funde con el cielo cubierto de tormenta. Inspira, expira…
Una gota llama su atención. Va cayendo feliz. Cuando llegue a su destino será parte del inmenso mar. Será el mar.
Un rayo se cruza en su camino. La gota brilla por un fugaz instante como el sol. La gota se siente en la gloria. Se vaporiza. Se eleva.
Pero ¡No! La gota no quiere subir, quiere ser mar.
Ahora no la ve. La gota forma parte de una nube. No la ve pero la siente. Otras gotas siguen recorriendo su cuerpo y llegando a la tierra, alimentan sus raíces, porque ha dejado de pasear. Inspirando, expirando, escuchando y observando, estando de pie como un árbol. Es ya un árbol.
La tormenta amaina. La lluvia suave. La gota entre las nubes vuelve a caer. Llora la gota porque su destino no es el mar. La ve venir. Cae sobre sus hojas. Primero en una. Se desliza y sigue su camino hasta otra y otra y asi hasta llegar a tierra. Las raíces siguen su recorrido y son testigo del milagro.
Llega la primavera y la gota se asoma reluciente, hermosa, repleta de vida. Ya no es una gota, es una flor.
El árbol siente el calor del sol en sus hojas, en sus ramas. Sus raíces vibran de alegría por el milagro y sonríe. Al sonreír abre sus ojos y contempla el mar, el horizonte. La tormenta a pasado. Se balancea con el viento y da un paso, después otro paso y ya está otra vez caminando y sonriendo. Inspirando y expirando.
Paseándose.

Cuento de la tradición Taoísta …

Según cuenta una vieja historia, un noble de la antigua China preguntó una vez a su médico, que pertenecía a una familia de sanadores, cuál de ellos era el mejor en el arte de curar.
El Médico, cuya reputación era tal que su nombre llegó a convertirse en sinónimo de “ciencia médica” en China, respondió:
“Mi hermano mayor puede ver el espíritu de la enfermedad y eliminarlo antes de que cobre forma, de manera que su reputación no alcanza más allá de la puerta de casa.
El segundo de mis hermanos cura la enfermedad cuando todavía es muy leve, así que su nombre no es conocido más allá del vecindario.
En cuanto a mí, perforo venas, receto pociones y hago masajes de piel, de manera que de vez en cuando, mi nombre llega a oídos de los nobles”.