Ttinbilin Ttanbalan

Aunque las horas del día eran más cortas en invierno, el día se le había hecho interminable. Sentado frente al fuego bajo, Asier rumiaba una y otra vez como pedir permiso a su madre.

Miraba al fuego y adelantaba las manos queriendo acelerar el efecto del calor en su corazón. Un corazón que se había encogido durante el día trabajando en el bosque, recogiendo leña.

El invierno estaba siendo especialmente largo y las reservas de leña del otoño se habían agotado.

Recoger leña se había convertido en la tarea de todos los días para Asier. Hasta que el frío no cesara y no fuera necesario recogerla, Asier no tendría permiso para cruzar el río. No había puente en invierno con las aguas bajando rápidas y frías desde las cumbres heladas de las Malloas.

Cuando el fuego le hizo recuperar el habla y el calor de los pensamientos, dirigió su mirada a las cadenas de las que colgaba la olla. Las cadenas conocían las palabras exactas para hablar. Ellas conocían todos los secretos.

Todas las palabras dichas desde la memoria de los vascos, habían sido dichas en la cocina, al calor del fuego bajo y las cadenas además de sostener el alimento las guardaban en su memoria.

¿ Cómo explicar a su madre que había conocido a los Mikele Galtzagorri? y le habían enseñado una canción para construir puentes de piedra.

Asier solo tenía 10 años. Nadie le creería capaz de construir un puente.

Todos los inviernos eran iguales para Asier. Siempre esperando que las nieves de las Malloas desaparecieran. Que la marca del roble apareciera sobre el nivel del agua.

Solo entonces su madre le daba permiso para cruzar el río e ir a visitar a su amiga Amaia.

Amaia fue la primera que le habló de Mari, de Basajaun, de los gentiles, de las Lamias y demás habitantes del bosque escondido a los ojos de los que viven con miedo.

Amaia le enseñaba a escuchar y a ver el bosque, pero Asier nunca había visto nunca a ninguno de esos habitantes invisibles sobre los que hablaban tan a menudo los adultos al calor del fuego bajo de la cocina.

Más que nunca deseaba cruzar el río para contar a Amaia su encuentro. Fue entonces cuando su madre habló antes que él. En primavera se iría a vivir con su tío el cantero a Iruña para aprender el oficio.

10 años más tarde, Asier volvió a los bosques de Araitz. Aquella primavera no pudo despedirse de  Amaia y ahora en su mente solo había dos pensamientos. ¿Todavía viviría Amaia en el valle? ¿Todavía estarían allí los Galtzagorris?

Durante años, Asier había cantado la canción de los Galtzagorris mientras tallaba la piedra y para sorpresa de su tío, lo que otros tardaban en aprender casi toda una vida, él lo había aprendido en 10 años.

Por las noches, Asier se dormía con la canción en la lengua y por la mañana las respuestas del oficio estaban claras en su mente. Por eso, cuando se puso a cantar en el bosque, no se sorprendió cuando los Galtzagorris salieron a la luz y las sombras del bosque para saludarle y cantar con él.

Con su ayuda retomaría la idea original. Construiría el primer puente de Araitz. Se dirigió hacía el río, en busca del lugar exacto y ese día se convirtió en doblemente extraordinario.

En el punto exacto donde los Galtzagorris le indicaban debía construir el puente, se encontraba una lamia peinando sus dorados cabellos con un peine de oro.

Ella le sonrió, – te esperaba – le dijo y dejó su peine de oro sobre una roca. Se sumergió en el agua y desapareció.

Ya de noche, Asier llegó a casa de sus padres. Ahora que la casa  Zubiargiña había recuperado el oficio de canteros constructores de puentes que le dio su nombre y que al morir el padre se había perdido, habló a la familia de sus intenciones y seguidamente preguntó por Amaia. No mencionó ni a los Galtzagorris, ni a la lamía.

El padre de Amaia se había convertido en el jauntxo del valle, de todo el goierri bajo las Malloas y no vería  con buenos ojos un puente que diese paso a los de Gorriti, al otro lado del río, que dispondrían de un acceso fácil a las Malloas.

Le convenían las fronteras naturales para mantener su poder frente a los otros jauntxos.

Amaia era la moza más perseguida por todos los jóvenes, pero ella apenas se dejaba ver y las malas lenguas la juzgaban de bruja. Ahora vivían a este lado del valle, pero en lo más alto de Gaintza, escondidos en el bosque.

Al día siguiente, Asier colgó todas sus herramientas de cantero en las ramas de un roble próximo al río. Comenzó a hacer la música que los Galtzagorris le indicaban. Con un martillo en cada mano iba golpeando la herramienta y sacando las notas. A lo largo del ese día y los siguientes se fueron acercando los curiosos.

Asier dejó que los curiosos eligieran sus notas y les explicó que herramienta era suya por naturaleza. Cuando hubo convencido a los necesarios, comenzó la construcción.

Asier no pidió permiso y las tareas se hicieron al ritmo del ttinbilin ttanbalan de la canción que los galtzagorris cantaban para Asier:

donde poner la primera piedra que desviara el curso. El tamaño de los cimientos, el grosor de los pilares. El ángulo de los arcos. Todo se lo cantaban los Galtzagorris durante el sueño y durante el día Asier lo organizaba todo para que los demás picaran y colocaran las piedras siguiendo sus instrucciones.

Cuando el puente ya estaba construido hasta la mitad de de su extensión, apareció el jauntxo Aitor, el padre de Amaia. Acompañado de varios hombres armados y en tono amenazante preguntó desafiando a Asier: – ¿Quién va a pagar el impuesto por la construcción de este puente?

Asier se le acercó y le extendió el peine de oro que la lamía le había dado diciéndole: – Espero que esto sea pago suficiente.

Aitor con el rostro contrariado y desconcertado, cogió el peine con desaire y balbuceo un volvamos a casa que sus hombres no oyeron pero que al verle marchar, partieron con él.

Antes de desaparecer por el bosque Aitor se dio la vuelta y gritó: la mitad del puente que falta será de madera para que lo podamos destruir en caso de que nuestros enemigos quieran atacarnos. Dio media vuelta y se marchó soltando un grito de rabia.

Todo el mundo se sorprendió con la reacción de Aitor, ya que su fama de sanguinario hacia esperar lo peor cuando se le vio aparecer. Todos suspiraron aliviados cuando se fue.

Para no entrar en lucha, Asier decidió que la mitad del puente sería de madera pero no los cimientos. Ninguna corriente fuerte  de agua del invierno, destruiría el puente.

La construcción del puente siguió al ritmo del ttinbilin ttanbalan hasta su finalización.

Llegó el día de la inaguración. Asier estaba nervioso. Había grabado en una piedra el nobre de Amaia y esperaba que ella apareciera ese día, ya que en los meses durante la construcción a pesar de haber frecuentado los lugares donde jugaban de niños, no había conseguido verla y debido al carácter de su padre no se había atrevido a visitarla. No al menos hasta terminar el puente.

Se había organizado una fiesta especial pero antes un carro tirado por 6 bueyes debería confirmar la consistencia del puente.

Asier esperaba impaciente en un lado la llegada de los bueyes pero estos no se movían. había una persona que impedía el paso. Asier cruzó el puente y distinguió a la persona que cerraba el paso a los bueyes. Era la lamía del río. Parecía estar grabando algo en la roca, en un contrafuerte, al comienzo del puente. Cuando Asier llegó hasta ella, justo terminó la canción del ttinbilin ttanbalan y el grabado en la roca.

Amaia le sonrió y le dijo: – creo que esto es tuyo – y le devolvió el peine de oro que su padre había reconocido y que por no contrariar a su hija había aceptado como pago.

En la roca grabada se podía leer:

“Asiera eta Amaiera tartian zubiyak eraikitzen”

Los bueyes cruzaron el puente y una nueva comenzó en Beterri, en el valle de Araitz.

Juanagorri

 

Juanagorri sentado en el espolón del Balerdi mirando hacia los vientos que venían del mar pudo distinguir como Mari cruzaba las oscuras nubes que traían la tormenta. Sin embargo, el aire todavía no alcanzaba a oler los relámpagos de Mari surcando el cielo. Eso le daba todavía algunas horas hasta el atardecer de truenos y rayos, de pedriza y viento racheado que se avecinaba. Mari estaba enfadada y Juanagorri no sabía por qué.

Salió brincando de piedra en piedra y con su vara de avellano a modo de pértiga volaba ladera abajo desde el Artubi en dirección a Unako Putzua.

Seguro que allí se encontraba con alguno en dirección a la ermita de San Miguel y puede que ahí encontrara respuesta.

Hacia ya algunos años que había decidido vivir en el monte.

Si se escuchaba a la naturaleza y a los ancestros, no faltaba de nada. Juanagorri vivía solo en Aralar porque prefería el silencio de sus habitantes al parloteo fanfarrón e ignorante de los vecinos del valle.

Juanagorri no contaba a nadie que el podía hablar con Mari y con Basajaun; con las nubes y con la tormenta; con los animales y los árboles, porque sabía como escuchar e interpretar a la naturaleza. Cada ser vivo tiene un espíritu pensaba Juanagorri y si sabes observarlo puedes entender su lenguaje.

Y aunque el no contaba nada sobre su vida en la montaña, de vez en cuando abordaba a los caminantes para preguntarles todo lo que pudiera. Siempre era bueno saber que nueva estupidez pensaban hacer los jauntxos del valle.

Por eso, ese día se dirigía hacia la ermita, porque era día de romería para los que imponían las tradiciones.

Así fue como se encontró con Joxe Miguel Bengoetxea, el famoso cablero de Araitz. Fue el primero que instaló los endiablados cables para bajar la hierba de la montaña.

Un gran avance industrial dijeron y justo entonces fue cuando Juanagorri decidió irse al monte.

En realidad, Juanagorri no tenía nada en contra de la industria mientras fuese de provecho y ayuda, pero en sus viajes por América, bien que había visto que la industria siempre iba acompañada de la avaricia.

¿Qué hay de nuevo? Le preguntó Juanagorri.

Y Bengoetxea le contó como Antsonegoikoa había estado apunto de quemarse porque una bala de paja había cogido fuego y había provocado un incendio.

La bala de paja debido al fuego se soltó del amarre y comenzó a descender por el cable, cayendo a mitad de recorrido en el bosque, cerca de Antsonegoikoa. Como ya estaba anocheciendo el cable no se veía claramente y solo se veía una gran bola de fuego que iba por el aire. Las personas que lo vieron dijeron que habían visto a Mari y que ella era la responsable del incendio.

Bengoetxea soltó una gran carcajada después de decir esto y añadió que le parecía increíble que alguien pudiera creer en la existencia de Mari.

Juanagorri que siempre se limitaba a escuchar no pudo aguantar la tristeza de presenciar tanta ignorancia y le contó que era verdad; que había sido Mari quien había lanzado la advertencia.

Mari no era una mujer con pies de pato. Mari era la naturaleza misma del fuego y el agua. La manifestación de estos dos espíritus transformándose y equilibrándose constantemente.

Cuando alguien deja un fardo de paja secándose al sol durante todo el día y con total inconsciencia, deja además, una botella vacía sobre ese fardo, lo natural es que la hierba prenda fuego.

Para mi, eso es claramente una advertencia de Mari mostrándonos lo peligroso de mezclar lo artificial con lo natural.

Tu puedes seguir creyendo en Papas e iglesias y dioses que por subir un crucifijo a  la ermita te van a acoger en el cielo, pero yo te digo que si escuchas a la naturaleza y sigues su camino, ya vives en el cielo.

A partir de aquel día, Bengoetxea que era muy rápido aprendiendo, siempre miró al cielo antes de salir de casa.

Basajaun

 

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Txomin cerró los ojos y disfrutó de la tibieza del sol en su cara. A sus pies un mar de nubes tan espeso que invitaba a

pasear sobre él. El sol hacia ya una hora que  se elevaba por encima y Txomin tuvo que recordarse que últimamente , a sus 92 años siempre perdía el reto que hacía al sol cuando dormía en el valle.  Los tiempos en que ganaba la carrera y  sentado sobre el mar de nubes, esperaba hasta ver salir los primeros rayos que iluminaban las Malloas, ya eran historia. Lo mismo que su oficio. Txomin era el último pastor del valle de Araitz. Ese valle que ahora seguramente despertaba inquieto allá abajo. Para Txomin despertar con el sol y subir por encima de las nubes era importa

nte. Esos días, el valle desparecía de la vista, y el silencio de las montañas de Aralar  que sobresalían sobre las nu

bes como castillos de piedra y bosque,  le transportaban al principio de los tiempos cuando todo lo que tiene nombre, existe.

Los jóvenes habían perdido el

don de ver y hablar con los ancianos.

A veces, algunos jóvenes escuchaban atentos las historias que Txomin contaba sobre Basajaun pero cuando les proponía ir a visitarlo, todos le trataban de viejo supersticioso que todavía creía en cuento

s mitológicos.

Una vez un joven le acompaño hasta el viejo roble de 400 años donde habita basajaun y pasaron un semana entera a su alrededor con sus ovejas, mientras hubo pasto. Txomin por las noches trataba de e

xplicar al joven los mensajes que Basajaun le daba durante el día pero el joven era incapaz de ver o de sentir el espíritu del viejo roble. El último Basajaun del valle.

Txomin, apoyada su espalda contra el roble, recibía con claridad sus mensajes sobre lo que es justo y lo que es desproporcionado.

El invierno llegaba con retraso. El viejo Basajaun era el único que lo sabía y por ello mantenía sus hojas verdes mientras los de

más árboles hacia tiempo que se habían desprendido de ellas.

Algo va mal, le dijo Txomin al joven. Basajaun nunca antes había estado tan cargado de bellotas. Muchos van a morir. Creo que es viene una guerra.

El joven después de  unos días volvió al valle, pensando que Txomin se hacía mayor y que estaba cada vez peor.

Y Txomin anduvo preocupado durante muchos días, porque sabía que Basajaun nuca se equivocaba y la muerte acechaba.

Por suerte, fue cuando bajó al valle, a por algunos alimentos, cuando entendió. No era una guerra de hombres lo que se avecinaba sino el genocidio de una especie. Los árboles muertos apilados en los bordes de las carreteras. Cementerios de almas, Los madereros estaban talando sin medida e indiscriminadamente. Vaciando el valle de su mayor preciado tesoro. El pulmón y el agua del valle camino de convertirs

e en un desierto de zarzas y espinos.

Por eso, estaba Txomin esa mañana sobre el mar de nubes dejando su oficio de pastor para plantar todas las bellotas que había podido atesorar.

Había tratado de explicar a

los demás el mensaje de Basajaun pero nadie le había querido hacer caso. Nadie entendía que para que el último de los ancestros no abandonara el valle, la reforestación era imprescindible.

Que para que la abundancia de la vida siguiera habitando el valle, la regeneración de lo perdido era el único camino.

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De seguir así, en dos generaciones más, todo podría estar perdido, le había dicho Basajaun y Basajaun nunca, desde el inicio de los tiempos se ha equivocado.

Elur ttanttak

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Era un invierno que no era invierno. Había llegado diciembre y aún no había nevado.

La luna estaba preocupada y por eso preguntó al sol:

-       ¿Por qué calientas tanto este invierno?

-       Por qué la tierra me ha dicho que los hombres  le están haciendo mucho daño y tiene frio.

-       Sin nieve no podré enviar los buenos deseos de año nuevo a mis amigos, los niños que sueñan.

-       No te preocupes, para cuando estés en luna nueva, viene una tormenta y podrás enviar los deseos.

Llegó la tormenta y la luna envió en lagrimas de plata los deseos para que pudieran bajar a la tierra sobre estrellados copos de nieve.

Pero sucedió que ese mismo día llegó un viento malhumorado y gruñón y comenzó a discutir con la tormenta.

Truenos, relámpagos, ráfagas de viento y torbellinos por el cielo arrastraban y subían y bajaban a los copos de nieve, que no podían volar hacia la dirección que ellos querían.

La luna pidió ayuda al sol. Sus deseos se iban a perder en la tormenta.

El sol que siempre tenía ideas brillantes, le dijo que no se preocupara. Que se diera la vuelta para que la luna nueva se convirtiera en luna llena. Una luna de plata que reflejara el sol y con su fuerza pudiera traspasar las nubes.

Se hizo un claro de nubes y la tormenta se suavizó. Los rayos del sol pudieron llegar hasta las lagrimas de plata que viajaban en los copos de nieve y estos pudieron volar hacia sus destinos cayendo suavemente en el silencio de la noche para que por la mañana los niños pudieran encontrar y jugar con sus deseos entre muñecos , trineos y bolas de nieve.

BAILANDO

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“Ella era el silencio del aire en una habitación llena de extraños. Viajaba por cada arruga de la tierra, por cada poro de la existencia. Se dejaba balancear, y de vez en cuando posaba su quietud en otro mundo, brevemente, con cuidado, de nuevo dando pequeñas pinceladas a una realidad que era irreal porque solo existÍa fuera. Ella decía que se llamaba observar, tocar, cantar, oler.

Era niña, era anciana.

Era que era una PERA.”

“El aire recorre mi piel, salvo el aire de mis ojos. A través de mis ojos lo de fuera esta dentro pero no a la inversa. Dos huecos llenos del todo que esta fuera. El aire hace ser pájaro a mi voz, colarse por todo, para otra vez volver a mi, a través de mis ojos. Reconozco, me reconozco y por eso me nombro como Patricia. Puedo mirar con cuidado. Doy pinceladas a ese cuadro que estoy viviendo”

 

12 días de poesía cuasitaoista.

 

 

 

12 DIAS

 

1

En el tiempo de la espera,

renace el recuerdo del tiempo de la esperanza.

Con el tiempo de los recuerdos,

se unen los hilos de la hebra de nuestro querer

que es ahora amor.

En el tiempo compartido de tornados y brisas,

de caricias que han sido sonrisas

se ha forjado la invisibilidad de la distancia

que nos mantiene en el mismo espacio,

en el mismo palpitar de la existencia.

Donde a pesar del tiempo,

uno más uno, es uno.

Somos uno.

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2

MEJOR DOS

En la espera, el tiempo se detiene.

La unidad. La quietud. El todo.

Sin embargo,

en el movimiento está el misterio.

En el movimiento está el gozo del descubrimiento.

Solo sentir,

solo amar,

solo estar.

Solo, es demasiado.

Mejor dos, que es menos.

Mejor dos que te permite sentir,

que te permite amar,

que te permite estar para el dos,

incluso, quizás para el tres,

o para el cuatro,

o finalmente también,

para el todo.

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3

Es la magia del destino, la espera.

En el tiempo de los susurros y las caricias,

un destello de vida

se abre paso en el laberinto de los deseos.

El espacio que los separa

es eterno, es presente,

anula el tiempo,

es ausente.

 

No queda tiempo entre tu piel y mi piel:

TRES

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4

Lau haizetara dice la canción.

Nace una mirada que grita ese sentimiento.

El calor desborda el palpitar de mi alegría cuando me toca,

Inhalo un suspiro de aliento de vida que lo alimenta.

Escucho su música en el tintineo de la lluvia cuando paseo por las sombras.

En silencio, en el espacio vacío, en mi centro oigo el susurro de las cuatro paredes que alimenta el secreto de nuestra unión:

 

Ese sentimiento

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5

El sabor de la tierra que desprendes al caminar,

se hace tacto en el aire al bailar

y fluyen los ríos de tu cintura,

que ondulan al viento el porte de tu presencia.

 

Es la luz de tu esencia la que llena tu ausencia.

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6

MÍSTIKA

Viajo en el tiempo de tu ausencia,

acumulando espacios vacíos

que pesan en mi memoria

para deleitarme en los detalles

de tu fragancia,

como sutiles imágenes que cautivan

la mística percepción

de un sexto sentido

que me deleita

con el gozo de tu llegada,

más allá,

del tiempo de tu ausencia.

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7

Es la alquimia que surge del caldero,

quien me sostiene.

En el filo del camino recorro

los cañones que conducen los ríos

de mis sentimientos.

La luz de sus cielos, me mantiene

despierto en los atardeceres,

sacándome de las tinieblas

cuando llego a la bifurcación de los siete caminos:

 

alegría, Ira, Preocupación, Tristeza, Pensamiento, Miedo, Conmoción.

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8

Infinito no es un número.

Es la realidad última de su movimiento.

Ondulante, desde el suelo al

salto fuera de la gravedad.

Rodando, deslizándose.

Equilibrios de pasos, giros y caídas premeditadas.

La realidad de su movimiento en un eterno presente

que convierte el infinito caído,

en la esbelta silueta del número 8 donde

puedo asirme  a su cintura

de apoyos, caricias y abrazos eternos.

 

Es el sueño del baile eterno

donde no existe el tiempo,

solo el espacio de nuestros círculos

abrazados al infinito.

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9

En el estomago una sensación de vacío,

podría ser hambre pero no lo es.

En el pecho un pulso,

como un sutil pinchazo discontinuo.

En la cabeza una nebulosa,

como un recuerdo latente que no termina de llegar.

A ratos levanto la cabeza de golpe,

mirando a todos lados,

renazco por un destello de luz

confundido con el encuentro del tiempo.

Llego a casa, son las nueve

y sonrío con el residuo del recuerdo

que atesoro en mi cuerpo,

aunque nostálgico y resignado,

porque el silencio me recuerda

que aun estamos en el tiempo de la distancia.

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10

En el 10 se sitúan el uno y el cero.

El espacio vacío que deja tu huella en mi.

Y el tiempo completo que deja tu huella en mi.

Dos huellas, dos pasos

y el baile de la vida que nos lleva

a ser uno,

ser círculo sin fin.

Caminando sobre huellas,

caminando sobre pasos.

de pasado y el futuro.

Añoro el presente.

Aroma, tacto, música, sabor y

tu luz.

———————————

11

Dos líneas en paralelo.

Parecerían no destinadas a juntarse.

Un giro menor a 360 grados.

El comienzo de un círculo.

Un cruce sobre ellas mismas.

Del círculo a la cuadrícula.

Otro giro seguido de infinitos giros.

Infinitos cruces de encuentros.

De uniones y conjunciones.

Enhebrando la red un camino tridimensional.

Dos líneas, dos raíles.

El sustento de una línea,

el tren de una vida.

Llega del universo de los infinitos unos indivisibles

que son uno,

al mundo de los dobles uno,

que son uno.

————–

12

En Primavera, el viento y la madera

consagran su unión

con el verde manto de la vida.

En Verano juegos de luz

despejan las sombras

de las dudas.

En Otoño los tintes

de la pasión

siembran los frutos

del futuro.

En invierno

el punto de la partida

acoge la llegada

del final.

Un ciclo de vida y muerte

12 meses.

12 días.

12 respiraciones.

El Uno inspira, el Dos expira.

Ahí.

Más cerca que tu respiración.

 

.

El espíritu fantasma


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Cuando lo conocí no imaginé que mi vida pudiera cambiar tanto. Es cierto que el espíritu fantasma me tenía atrapado en una espiral de dolor y sufrimiento que no me dejaba vivir y  todo a mi alrededor me pedía un cambio de costumbres.

 

Era el año 2.121. Las enfermedades del siglo XX gracias a la nanobiotecnología habían desaparecido y la única enfermedad llamada popularmente espíritu fantasma, no era reconocida por los gobiernos como enfermedad.

 

Aquellos que como yo, ocupábamos puestos de poder económicos, podíamos acceder a la tecnología más allá del paquete básico que se implantaba a toda la población al nacer.

 

Quitando las roturas y golpes que los cirujanos se dedicaban a cortar y pegar el resto de enfermedades eran reguladas por este programa básico de nanobios que podían detectar cualquier anomalía química y restaurarla en pocos minutos.

 

Los que podíamos pagar, podíamos aumentar a voluntad y sin límites nuestras capacidades olfativas, acústicas, visuales y físicas en general de manera que mientras la población trabajadora era cada vez más uniforme y sin personalidad, a la vez que eficiente, gracias al paquete básico, nosotros podíamos diseñar el cuerpo perfecto según nuestras preferencias.

 

Por supuesto había una ley que regulaba todo esto pero como bien decía Bi-Otz Sagastume, el personaje al que debo agradecer mi vida, tal cual es hoy y de quien me gustaría contar su historia: -“ todo esto dependía del grosor de tu talonario”.

 

Y sin embargo, a pesar de toda la tecnología de nanobíos que podía implantarme en el cuerpo, el espíritu fantasma no hacia distinción entre ricos y pobres. El 90 % de la población lo padecía en mayor o menor intensidad y cuando te atrapaba ya no te soltaba. El gobierno que no podía admitir ante la población que su programa de salud de nanobios era un fracaso, investigaba constantemente en secreto para paliar los efectos del espíritu fantasma; que  no solo recibía dicho nombre porque no existía oficialmente, sino porque sus síntomas aparecían y desaparecían sin seguir ningún patrón, ni ciclo, ni causa reconocible. Un día no podías levantarte de la cama, otro estabas hiperactivo con todo tipo de convulsiones y tics que no podías disimular, otro con fiebres que iban y venían y que volvían locos a los nanobios encargados de mantener tu temperatura estable. Los síntomas abarcaban casi tanta variedad como personas diferentes lo tenían.

 

La primera vez qué escuche a Bi-Otz, fue en una conferencia que el título decía:  “El espíritu fantasma: el esclavismo del siglo XXII”  y sus primeras palabras después del buenas tardes de rigor, fueron: “- El espíritu fantasma no tiene cura” y los cinco minutos siguientes se quedó en silencio, sonriendo y mirándonos.

Los murmullos y comentarios fueron creciendo mientras la impaciencia hacia mella en nuestra perplejidad y sorpresa ante el silencio de un conferenciante que parecía haber acabado su conferencia con una sola frase.

Por fin, alguien se atrevió a preguntar: ¿ Es por ello, qué usted afirma que en el siglo XXI nos hemos convertido en esclavos?

Me alegro que hayas intentado hacer una pregunta inteligente pero lo que os hace esclavos es vuestra tecnología, impaciencia e incapacidad de responder a vuestras propias preguntas.

Ahí empezó la conferencia que volví a oir 6 veces más, hasta que me atreví a abordarlo para hablar con él.

Le había seguido por diferentes ciudades de Europa y decidí presentarme personalmente para poder preguntarle directamente por su sistema, sobre el que solo se dedicaba a exponerlo como una solución pero sin mostrarlo.

Me inventé una falsa personalidad de periodista para entrevistarle. Le pregunté directamente en que consistía su método y me pilló en renuncio a la primera, devolviéndome la pregunta: “después de asistir a mis últimas 7 conferencias, usted, ya conoce la respuesta ¿No?”

La gran ventaja de los nanobíos era que el ser humano había pasado a ser un superhombre gracias al desarrollo de sus sentidos exponencialmente. Podíamos oír mejor, ver mejor, éramos más rápidos, más fuertes, más flexibles, podíamos regular nuestra temperatura, el color de nuestra piel y muchas otras sofisticadas maneras de transformar el cuerpo humano.

Y su respuesta a este avance era volver a la prehistoria y eliminar toda la tecnología de nuestras vidas. Eso era un sin sentido, le contesté.

Según él, el espíritu fantasma era una enfermedad del alma y nunca podríamos eliminarla desde el tratamiento, solo del cuerpo.

Traté defenderme, argumentando que con la nanobiotecnología habíamos conseguido aumentar la esperanza de vida a los 120 años y todavía no se conocía su potencial.

Una sonora carcajada me dejó temblando y acto seguido me contestó:

-       “ ¿A lo qué usted hace, le llama vivir? “-

Viendo la palidez de mi cara y ante una inminente recaída, me puso una mano en un hombro, después suavemente me abrazó y después de un eterno minuto de visiones y sensaciones totalmente desconocidas para mi, me invitó a tomar un té.

Puedo afirmar que fue un minuto porque lo que para mi fue una eternidad el me explicó que no fue más que un minuto fuera del tiempo.

En aquel entonces, no lo entendí pero hoy es el día, que ya el tiempo fuera del tiempo forma parte de mi.

En mi primera charla con él me explicó que él no tenía ni siquiera el programa básico de nanobíos implantado y por ello podía decir lo que decía con toda certeza. Yo no lo creí, aunque no se lo dije. El programa básico era obligatorio para toda la población desde el nacimiento y además era imposible tal como yo había visto  en sus conferencias, que oyera hasta los más leves susurros de la gente que yo solo podía oír gracias a mis implantes.

Cuando asistía a sus conferencias gracias a la alta tecnología que tenía en mi cuerpo podía reconocer a los de mi mismo rango o superior, que eran casi siempre muy pocos o ninguno, quitando a los policías secretas que siempre estaban presentes en sus conferencias.

Al terminar el té, me hizo una pregunta: ¿De verdad quieres aprender?

Yo le contesté que sí, aunque no tenía claro donde me estaba metiendo y aunque seguramente él supo de mi duda, me admitió la respuesta como verdadera y ese final, dio paso a 2 años de conversaciones y practicas que me condujeron 10 años después a este lugar en que me encuentro.

En el segundo encuentro con el fin de captar mi sincera atención me explicó que el venía de la época en que el ser humano parecía que estaba evolucionando en una nueva dirección más espiritual, de mayor conciencia y comenzaron a parecer todo tipo de técnicas a cada cual más extraña, que prometían la iluminación y con ello una salud admirable y poderosa. Todos hablaban del amor, de la conciencia, del absoluto, de dios, del tao, del prana, de los ancestros, de la unidad, del vacío, del infinito, de la rendición, de la aceptación y yo que sé cuantas más palabras convertidas por el ego humano en transcendentales. Todos aprendían a sanarse y querían sanar a los demás. Todos querían ser sanadores, nadie quería vivir. Nadie quería ser panadero, agricultor, electricista. Aprendían una técnica en un fin de semana, en un mes, en un año y ya estaban dispuestos a difundir la buena nueva.

En eso estaban cuando los gobiernos y las farmaceuticas implantaron la vacuna universal. Los nanobíos. La salud y el superhombre. Todos aquellos que supuestamente tenían la solución a los problemas del hombre abandonaron su práctica y abrazaron la nueva religión: el cuerpo como alma inmortal. Todos decidieron posponer el encuentro con su alma al momento de su muerte y cuanto más tarde mejor.

-       “ Yo seguí practicando “ – me dijo.

Eso fue hace 200 años le contesté, no podría estar vivo. Se encogió de hombros y sonrió.

A pesar del desconcierto seguí viéndolo y comencé a practicar con él. Primero me hizo ver sin ver. Tuve que eliminar los nanobíos que tenía implantados para mejorar la visión. Descubrí un nuevo mundo. La textura del aire cambió y lo traslucido y lo opaco cobraron otro cariz.

Después me enseño a tocar sin tocar y las densidades se multiplicaron a pesar de haber eliminado los nanobios del tacto.

Después me enseño a sentir sin sentir. La música apareció en mi vida. Las infinitas vibraciones de todo cuanto me rodeaba me descubrieron un universo infinito que cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, cambiaba y mi atención se simplificaba a la idea de lleno y vacío, equilibrando mi percepción sobre lo relativo de lo que es bueno y lo que es malo. Lo qué ahora podía estar vacío acto seguido podía estar lleno.

Después me enseño a hablar sin hablar o más bien a escuchar y compartir el espacio que nos envuelve.

Y justo antes de irse me enseñó el camino que debía seguir para  a vivir en el tiempo fuera del tiempo.

A lo largo de esos 2 años, muchas veces, le seguí al final del día, hasta que descubrí donde vivía. Nunca me invitó a su casa y hasta que no sé fue por primera vez, creí que se debía a que vivía en una mansión destartalada por el paso del tiempo y quizás se avergonzaba de ello.  Desde fuera parecía deshabitada y de hecho un cartel de “se vende” colgaba en una ventana. Era una mansión entre mansiones en mitad de un paseo, en mitad de la ciudad, frente al río. El jardín estaba abandonado sin embargo mantenía una cierta armonía a pesar de que nunca ví a nadie cuidarlo.

Al final de esos dos años, los últimos tres meses faltó a su cita mensual y decidí ir a su casa. No pude ver ningún indicio de vida ni de movimiento y me atreví a empujar la verja de entrada. Toque en la puerta y ante la ausencia de respuesta. Empujé. Se abrió y entré.

La casa estaba vacía. Vacía en todos los sentidos. Solo quedaban en pie los cuatro muros, formando un patio interior como si fuera el claustro de un monasterio. Había vegetación desordenada pero al igual que el jardín se mantenía ordenada como si alguien la cuidara, sin embargo estaba claro que allí no se podía vivir.

A los tres meses volvió a aparecer al café para despedirse según dijo. Se le había olvidado.

 

Yo no entendía que quería decir con despedirse y si se iba qué sucedería con mi aprendizaje.

 

Según su manera de ver, no había nada que aprender. En su día me preguntó si yo de verdad quería aprender, para poder motivarme a deshacerme de toda la tecnología que tenía en el cuerpo.

 

Lo que me había mostrado no eran más que trucos y consecuencias de la práctica de ser. Para vivir, para ser no son imprescindibles y antes de despedirse me dio un último consejo:

 

Todos los días siéntate en silencio correctamente como te he mostrado. Te ayudará. Sin embargo lo más importante es que camines en silencio, que escuches en silencio, que mires en silencio, qué sientas en silencio y qué cuando tengas que hablar lo hagas en silencio.

 

No me conformé con este consejo y cuando se fue lo seguí hasta la casa y cuando él entró, también le seguí en silencio y para mi sorpresa él no estaba. No habían transcurrido más que unos segundos y entonces pensé que el truco estaría en que entraba por una puerta y salía por la otra, sin embargo solo había una entrada y una salida. Busque y rebusque por todo el interior algún tipo de salida, escondrijo o pasadizo, pero no encontré nada. Al final me senté y durante unos breves segundos sentí y supe que el estaba allí. Sonreí, salude y al día siguiente dejé mi trabajo para dar conferencias por todo el mundo sobre: :  “El espíritu fantasma: el esclavismo del siglo XXI”

 

Hoy 10 años después comienzo a comprender sus palabras, su vida en esta vida. Todos los días al anochecer entro en su casa que se ha convertido en mi casa, en el tiempo fuera del tiempo. A veces volvemos a hablar.

 

La banda del cangrejo

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La banda del cangrejo vivía en un pequeño pueblo costero de un lejano país: La india.

Eran 9 cangrejos y cangrejas: Yule, Irune, Maider,Mikel,. Ander, Irati, Maialen, Sua y Aritz.

Y vivían cada uno en sus casas de piedra y mar con todos sus parientes de padres, madres, abuelos, tíos, primos, hermanas.

A la banda del cangrejo les gustaba la música y bailar. Todos los lunes se juntaban en la playa y con la cangreja mayor convertían la música en una fiesta.

Construían túneles y toboganes y castillos y laberintos en la arena. La cangrejo mayor, a veces los dirigía con una batuta en sus pinzas, otras utilizaba su cuerpo de tambor; a veces balanceaba su cabeza y sonaba como una campana. Con sus 6 patas bailaba zapateando y con sus pinzas chasqueaba los dedos.

Si la cangreja mayor, hacía todas esas cosas y más… imaginaos lo que hacían los 10 cangrejos a la vez. Música para el mundo. ¡Claro!.

Un día llegó a Soraie, (el pueblo de los cangrejos), un circo. Qué alegría. No se lo podían creer. Estaban los trapecistas, los malabaristas, los acróbatas, los payasos y para su sorpresa, había dos tigres. Elegantes y feroces. Con  101 rayas en su piel.

Los tigres se movían en silencio, muy despacio y cuando alguien se acercaba, le miraban fijamente y le enseñaban sus afilados dientes. Si alguien se acercaba mucho, lanzaban sus garras al aire y rugían ferozmente. Daban mucho miedo.

Desde la playa se veía la jaula de los tigres en el borde del acantilado,

La banda del cangrejo no entendía porque los tigres estaban en el circo. Los tigres pertenecían a la selva y por eso decidieron ir a verlos de cerca.

Cuando la banda del cangrejo llegó, los tigres rugieron. Los cangrejos empezaron a castañear sus pinzas  por el miedo, pero como eran grandes músicos, de sus pinzas salieron los ritmos de una canción que a los tigres les dejo primero mudos y luego sonrientes. Comenzaron a bailar como bailan los tigres cuando están contentos y cuando la música paró, pidieron más.

Así se hicieron amigos los cangrejos y los tigres y así supieron que habían sido enjaulados y obligados a trabajar en el circo.

Aprovechando la noche, los cangrejos antes de que cantara el gallo, habían abierto la cerradura.

Los tigres eran ya libres, solo tenían que saltar, pero cuando los tigres se asomaron a la puerta, vieron que tenían que saltar al mar y todo el mundo excepto los cangrejos sabía que a los tigres les da miedo el mar.

Porque en la selva no hay mar y cuando vieron tanta agua que rugía y golpeaba con sus olas las rocas, los tigres que eran los más valientes de la selva, tuvieron miedo a lo desconocido.

Los cangrejos que no se daban por vencidos, se cogieron todos de la mano y los que estaban en las esquinas pellizcaron y se agarraron a las orejas de los dos tigres. Les explicaron que el mar era blando y que para nadar en el, solo tenían que relajarse y hacer música con su cuerpo y con su boca. Ellos les ayudarían a nadar.

Y todos a una saltaron y nadaron, al ritmo de aaaaa…fuuuú, aaaaaa…fuuuú, aaaaa..fuuuú… Inspirando y expirando mientras flotaban relajados y movían sus patas hasta llegar a la orilla.

Los tigres que no sabían como dar las gracias infinitas, muy suavemente con sus afiladas uñas hicieron 101 rayas en los caparazones de los cangrejos y por eso hoy en día, todo el mundo conoce a la gran banda de música de los cangrejos tigre.

 

 

 

 

 

 

 

 

EKAITZA

 

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Sucedió una vez, en una casa que se encontraba bajo la montaña.

 

Había una niña a la que su madre le puso el nombre de Ekaitza, que significa tormenta. Ella no entendía porque le habían puesto ese nombre, ya que las tormentas le daban mucho miedo.

 

Un día mientras caminaba por el bosque escuchó a unos árboles que no sabían hablar en el idioma de los hombres pero que susurraban al viento. Sssssssiii….. Sssssssuu Ssssssaa Ssssssee…Estaban hablando allí arriba donde las hojas tocaban el sol con sus hojas más altas, ya que el viento tenía prohibida la entrada en el bosque bajo.

 

Y decían que habían oído al eco:  eco,eco,eco,cccccccooo, que venía una tormenta. Ekaitza corrió rápidamente a las afueras del bosque donde podría oír al eco frente a la montaña.

 

Al Eco que le gustaba mucho jugar, le enseño el juego de los nombres. Un sistema infalible para saber cuando llega una tormenta.

 

- Es muy sencillo, verás: solo tienes que meter la mano en el bolsillo y apretar con fuerza. Ahora sácala muy rápido y ábrela más rápido.

 

Y zásss, Zissss, Zassss… salió un rayo de su mano.

 

- Ahora corre a buscar refugio y párate cuando oigas al trueno: ratapum, ratapum, ratapum…

 

Muy bien. Ahora vuelve a soltar un rayo y mientras corres repite tu nombre como si fueras tú el Eco.

 

 

 

- Zass, Zisss, Zasss…..  Ekaitza, Ekaitza, Ekaitza, tza, tzaaa…

 

 

 

- Bien, otra vez: Preparada…! Lista… Ya…!

 

Ekaitza soltó el rayo que se escondía en su bolsillo y contó hasta 8 veces su nombre antes de oir al trueno. El Eco le explicó que eso quería decir que la tormenta estaba lejos.

 

Solo, si en el tiempo que pasaba entre ver el rayo y oir al trueno, podía decir una sola vez su nombre, quería decir que la tormenta estaba muy cerca y era peligroso.

 

Ekaitza se fue muy contenta a su casa porque ahora sabía cuando tenía que buscar refugio en una tormenta y cuanto tiempo tenía, aunque todavía le preocupaba que en su bolsillo se escondieran tantos rayos y tormentas.

 

 

 

Menos mal que su madre le explicó después, que  los rayos no siempre se esconden en los bolsillos y salen por las manos.  Muchas veces, cuando las gotas de la lluvia tin, tintin, tintinean canciones, las nubes se ponen tan contentas que sonríen y se les escapan los rayos escondidos y luego los truenos tienen que ir a buscar a sus hermanos para que vuelvan al cielo. Por eso sabemos que después de un rayo siempre viene un trueno a buscarle. Si vemos caer un rayo podemos correr en dirección contraria y podremos encontrarnos con un trueno  que redobla en la tierra saliendo a buscar a su hermano.

 

CHAMAN

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Cuando escucho los latidos de mi corazón retorna el ritmo de los tambores y cascabeles  de los músicos danzando antes de partir a este encuentro. Mi caminar por el bosque se vuelve ligero y dibuja las runas de mi piel volando y danzando por el aire, pisando entre la tierra dulce, alfombrada de musgos en esta sombría cara norte de la montaña y saltando entre los troncos de estos gigantes,  testigos de un tiempo, madre y semilla de otros tiempos.

Llego a lo alto y el sol en el horizonte de otras montañas, abuelas de ese otro tiempo de los árboles, me muestra la densidad etérea de sus cuerpos fundiéndose en el espacio.

Miro más cerca y los árboles recortados contra el cielo también me muestran el esplendor de su espíritu. Una bruma que dibuja sus contornos, casi estática, hasta que comienza el diálogo de los destellos sutiles acompasados por el viento. Me doy cuenta de ello cuando veo a los pájaros envueltos en sus pequeños soles que irradian destellos de unos a otros. Los árboles como uno solo apenas se esfuerzan en comunicarse en la distancia; prefieren el claro vibrar de la tierra en sus raíces.

Adelanto mi mano para acariciar la fragancia de las hojas más cercanas y veo con claridad el contorno que también acompaña a mi mano y soy consciente de que la visión ha comenzado. Puedo sentir el tono vibrante de mi cuerpo y puedo percibir la tristeza del final del día. La perdida del sol y su calor en el horizonte. Puedo sentir la ansiedad por despertar un nuevo día. La oscuridad y el temor se aferran a mi. Cierro los ojos y puedo ver todavía la luz en los árboles, en las plantas, en los animales del bosque. El ulular de un búho me hace abrir los ojos y la luz blanca y tenue de los espíritus que me rodean siguen ahí. Todo en este bosque luce a la luz de la luna y las estrellas aun sin ser noche cerrada todavía. Todos los seres resplandecen desde su interior como esqueletos etéreos de urdimbres entretejidas entre sí, charlando y compartiendo su luz como sentados al borde de una hoguera, donde los Cuentacuentos hablan del tiempo que les ha tocado vivir.

De mis manos salen radiantes haces de luz pálida que semejan plumas que acarician mi piel. Golpeo suavemente este otro cuerpo que me envuelve, queriendo sentir estas plumas y este retumba más allá de mis oídos. Tamborileo por todo mi cuerpo y la danza vuelve a mi. La luz de mi cuerpo más allá de mi cuerpo que antes era opaca y que albergaba tristezas, iras, ansiedades y preocupaciones comienza a brillar al sentir la alegría, la serenidad, la calma y la claridad que siento en los seres que alberga el bosque.

La oscuridad se transforma en la luz que sana mi cuerpo, mi mente, mi espíritu.

Desde la cima de esta montaña me giro otra vez para ver más allá del bosque y miro hacia las montañas. El sol está saliendo y el tiempo de la visión se ha acabado. Llega el tiempo de bajar al valle con la certeza de la luz, del tiempo y el espacio.