Ttinbilin Ttanbalan

Aunque las horas del día eran más cortas en invierno, el día se le había hecho interminable. Sentado frente al fuego bajo, Asier rumiaba una y otra vez como pedir permiso a su madre.

Miraba al fuego y adelantaba las manos queriendo acelerar el efecto del calor en su corazón. Un corazón que se había encogido durante el día trabajando en el bosque, recogiendo leña.

El invierno estaba siendo especialmente largo y las reservas de leña del otoño se habían agotado.

Recoger leña se había convertido en la tarea de todos los días para Asier. Hasta que el frío no cesara y no fuera necesario recogerla, Asier no tendría permiso para cruzar el río. No había puente en invierno con las aguas bajando rápidas y frías desde las cumbres heladas de las Malloas.

Cuando el fuego le hizo recuperar el habla y el calor de los pensamientos, dirigió su mirada a las cadenas de las que colgaba la olla. Las cadenas conocían las palabras exactas para hablar. Ellas conocían todos los secretos.

Todas las palabras dichas desde la memoria de los vascos, habían sido dichas en la cocina, al calor del fuego bajo y las cadenas además de sostener el alimento las guardaban en su memoria.

¿ Cómo explicar a su madre que había conocido a los Mikele Galtzagorri? y le habían enseñado una canción para construir puentes de piedra.

Asier solo tenía 10 años. Nadie le creería capaz de construir un puente.

Todos los inviernos eran iguales para Asier. Siempre esperando que las nieves de las Malloas desaparecieran. Que la marca del roble apareciera sobre el nivel del agua.

Solo entonces su madre le daba permiso para cruzar el río e ir a visitar a su amiga Amaia.

Amaia fue la primera que le habló de Mari, de Basajaun, de los gentiles, de las Lamias y demás habitantes del bosque escondido a los ojos de los que viven con miedo.

Amaia le enseñaba a escuchar y a ver el bosque, pero Asier nunca había visto nunca a ninguno de esos habitantes invisibles sobre los que hablaban tan a menudo los adultos al calor del fuego bajo de la cocina.

Más que nunca deseaba cruzar el río para contar a Amaia su encuentro. Fue entonces cuando su madre habló antes que él. En primavera se iría a vivir con su tío el cantero a Iruña para aprender el oficio.

10 años más tarde, Asier volvió a los bosques de Araitz. Aquella primavera no pudo despedirse de  Amaia y ahora en su mente solo había dos pensamientos. ¿Todavía viviría Amaia en el valle? ¿Todavía estarían allí los Galtzagorris?

Durante años, Asier había cantado la canción de los Galtzagorris mientras tallaba la piedra y para sorpresa de su tío, lo que otros tardaban en aprender casi toda una vida, él lo había aprendido en 10 años.

Por las noches, Asier se dormía con la canción en la lengua y por la mañana las respuestas del oficio estaban claras en su mente. Por eso, cuando se puso a cantar en el bosque, no se sorprendió cuando los Galtzagorris salieron a la luz y las sombras del bosque para saludarle y cantar con él.

Con su ayuda retomaría la idea original. Construiría el primer puente de Araitz. Se dirigió hacía el río, en busca del lugar exacto y ese día se convirtió en doblemente extraordinario.

En el punto exacto donde los Galtzagorris le indicaban debía construir el puente, se encontraba una lamia peinando sus dorados cabellos con un peine de oro.

Ella le sonrió, – te esperaba – le dijo y dejó su peine de oro sobre una roca. Se sumergió en el agua y desapareció.

Ya de noche, Asier llegó a casa de sus padres. Ahora que la casa  Zubiargiña había recuperado el oficio de canteros constructores de puentes que le dio su nombre y que al morir el padre se había perdido, habló a la familia de sus intenciones y seguidamente preguntó por Amaia. No mencionó ni a los Galtzagorris, ni a la lamía.

El padre de Amaia se había convertido en el jauntxo del valle, de todo el goierri bajo las Malloas y no vería  con buenos ojos un puente que diese paso a los de Gorriti, al otro lado del río, que dispondrían de un acceso fácil a las Malloas.

Le convenían las fronteras naturales para mantener su poder frente a los otros jauntxos.

Amaia era la moza más perseguida por todos los jóvenes, pero ella apenas se dejaba ver y las malas lenguas la juzgaban de bruja. Ahora vivían a este lado del valle, pero en lo más alto de Gaintza, escondidos en el bosque.

Al día siguiente, Asier colgó todas sus herramientas de cantero en las ramas de un roble próximo al río. Comenzó a hacer la música que los Galtzagorris le indicaban. Con un martillo en cada mano iba golpeando la herramienta y sacando las notas. A lo largo del ese día y los siguientes se fueron acercando los curiosos.

Asier dejó que los curiosos eligieran sus notas y les explicó que herramienta era suya por naturaleza. Cuando hubo convencido a los necesarios, comenzó la construcción.

Asier no pidió permiso y las tareas se hicieron al ritmo del ttinbilin ttanbalan de la canción que los galtzagorris cantaban para Asier:

donde poner la primera piedra que desviara el curso. El tamaño de los cimientos, el grosor de los pilares. El ángulo de los arcos. Todo se lo cantaban los Galtzagorris durante el sueño y durante el día Asier lo organizaba todo para que los demás picaran y colocaran las piedras siguiendo sus instrucciones.

Cuando el puente ya estaba construido hasta la mitad de de su extensión, apareció el jauntxo Aitor, el padre de Amaia. Acompañado de varios hombres armados y en tono amenazante preguntó desafiando a Asier: – ¿Quién va a pagar el impuesto por la construcción de este puente?

Asier se le acercó y le extendió el peine de oro que la lamía le había dado diciéndole: – Espero que esto sea pago suficiente.

Aitor con el rostro contrariado y desconcertado, cogió el peine con desaire y balbuceo un volvamos a casa que sus hombres no oyeron pero que al verle marchar, partieron con él.

Antes de desaparecer por el bosque Aitor se dio la vuelta y gritó: la mitad del puente que falta será de madera para que lo podamos destruir en caso de que nuestros enemigos quieran atacarnos. Dio media vuelta y se marchó soltando un grito de rabia.

Todo el mundo se sorprendió con la reacción de Aitor, ya que su fama de sanguinario hacia esperar lo peor cuando se le vio aparecer. Todos suspiraron aliviados cuando se fue.

Para no entrar en lucha, Asier decidió que la mitad del puente sería de madera pero no los cimientos. Ninguna corriente fuerte  de agua del invierno, destruiría el puente.

La construcción del puente siguió al ritmo del ttinbilin ttanbalan hasta su finalización.

Llegó el día de la inaguración. Asier estaba nervioso. Había grabado en una piedra el nobre de Amaia y esperaba que ella apareciera ese día, ya que en los meses durante la construcción a pesar de haber frecuentado los lugares donde jugaban de niños, no había conseguido verla y debido al carácter de su padre no se había atrevido a visitarla. No al menos hasta terminar el puente.

Se había organizado una fiesta especial pero antes un carro tirado por 6 bueyes debería confirmar la consistencia del puente.

Asier esperaba impaciente en un lado la llegada de los bueyes pero estos no se movían. había una persona que impedía el paso. Asier cruzó el puente y distinguió a la persona que cerraba el paso a los bueyes. Era la lamía del río. Parecía estar grabando algo en la roca, en un contrafuerte, al comienzo del puente. Cuando Asier llegó hasta ella, justo terminó la canción del ttinbilin ttanbalan y el grabado en la roca.

Amaia le sonrió y le dijo: – creo que esto es tuyo – y le devolvió el peine de oro que su padre había reconocido y que por no contrariar a su hija había aceptado como pago.

En la roca grabada se podía leer:

“Asiera eta Amaiera tartian zubiyak eraikitzen”

Los bueyes cruzaron el puente y una nueva comenzó en Beterri, en el valle de Araitz.

Ciudad Ferrata

 

Agata Ruedafierra era la locomotora más antigua del planeta performado. Había recorrido el planeta entero siguiendo a los escultores del Hierro. El pueblo nómada a quien el creador de mundos había encargado esculpir las vías ferroviarias que unieron a todas las tribus.

Para Agata Ruedafierra había llegado el momento de retirarse. Sus engranajes empezaban a desgastarse y cualquier día podrían romperse. Los escultores del hierro una vez cumplido su objetivo había desaparecido y ya no había nadie capaz de esculpir locomotoras con ruedas de hierro como las de Agata.

Los trenes modernos estaban hechos con aleaciones de metales ligeros y podían ir mucho más rápido que Agata. Cuando algún tren joven  la alcanzaba y no había posibilidad de cambiar de vía se enfadaba mucho y le gritaban que se jubilara y dejara libre la vía.

pero a donde iva ir ella si abandonaba la vía. La vía era su vida. Siempre había vivido allí.

Una mañana transitando una vía secundaria vio una señal desconocida para él, lo que le intrigo mucho ya que creía conocer todas las vías y estaciones  del planeta.

El cartel ponía:  “Ciudad Ferrata”.

Tomó esa vía que le llevó durante muchos kilómetros a introducirse en un desierto que parecía interminable. Cuando llegó a consumir la mitad del combustible paró y tuvo que decidir si seguir adelante o volver. Con lo que le quedaba de combustible podía volver a la anterior estación, pero   si seguía hacia adelante y no encontraba ninguna estación en lo que le quedaba de combustible se quedaría inmóvil en mitad de un desierto por donde no parecía pasar nunca nadie.

Confió en que si había un indicador de una ciudad, esta debería estar en alguna parte y que quien construyó esa vía en algún lugar debería haber repostado.

Siguió y mucho más adelante con gran pena tuvo que deshacerse de sus antiguos vagones para eliminar peso y poder avanzar más kilómetros.

Al final de una cuesta interminable, apareció en un valle y a mucha distancia una gran montaña. No se distinguía bien pero bien podría ser Ciudad Ferrata.

Apenas le quedaba combustible para un par de kilómetros por lo que cerró el depósito y se lanzó cuesta abajo, a tumba abierta co la esperanza de que los frenos aguantaran y no descarrilara.

Con las ruedas al rojo vivo que parecía que iban a fundirse alcanzó la base de la montaña y la puerta de entrada de la ciudad donde ponía su nombre: “Ciudad Ferrata”

Agata Ruedafierra entendió el nombre. El camino de acceso a la ciudad era un estrecho sendero construido con hierros clavados en la roca y cables por los que ninguna locomotora podría acceder. Era un camino para ese tipo de humanos escaladores de montañas que alguna vez había visto en sus viajes.

Con el poco combustible que tenía abandonó la vía y siguió un sendero que rodeaba la montaña y con una inclinación moderada que le permitía avanzar.

El camino era tan estrecho que sus puertas chirriaban al roce con la pared de la montaña y las ruedas exteriores a veces solo se apoyaban en la mitad de su superficie. El miedo bloqueaba sus engranajes, pero ¿Qué podía hacer? Ya no había marcha atrás.

 

En la tercera vuelta a la montaña y a 600 metros de altura. ¡Qué sorpresa! En mitad del camino con las piernas bien apoyadas y los brazos en jarras apareció un escultor de hierro. Uno de aquellos que se suponía habían desaparecido del planeta, hacía muchos siglos.

El escultor le saludo como si conociera a Agata de toda la vida. Le explicó que sino quería despeñarse no podía continuar por ese camino pero que si tantas ganas tenía de llegar a la cima podía entrar en el túnel que entraba al corazón de la montaña unos metros más adelante. Por allí tampoco, encontraría un camino apropiado para una locomotora, pero en el centro de la montaña se encontraban las forjas de los escultores de hierro.

Si estaba dispuesta a cambiar, él le podría ayudar en la transformación.

El tunel era oscuro y no se veía luz alguna. Agata Ruedafina era la locomotora más antigua del planeta. No tenía focos de luz como los modernos tranvías. Recordó sus primeros tiempos cuando viajaba con Alikate Locomotoro. Su inseparable maquinista hasta que dejó este mundo. Alikate se ponía de pie en el guardachoques delantero. Agarrándose con una mano y estirando la otra hacia delante con una antorcha para prevenir que no hubiese nada en la vía. Los túneles eran oscuros y peligrosos en aquellos tiempos en los que la electricidad no llegaba a todas partes.

Con la esperanza de llegar al centro de la montaña Agata siguió a ciegas. En la más absoluta oscuridad se quedó parada sin combustible. Al principio grito, peleo por mover toda su pesada maquinaria, trató de imaginar mil maneras de salir de allí y avanzar pero al final tuvo que rendirse a la evidencia. Nunca saldría del túnel.

No sabía cuanto tiempo había pasado en silencio cuando escuchó una voz y el escultor de hierro se le apareció delante. Estaba en el corazón de la montaña. La sensación era extraña como en un sueño. Su vieja y pesada máquina no le acompañaban. Solo era una idea.

-¿Has venido por fin? le dijo el escultor de hierro.

  • ¿Donde estoy? ¿Quién soy? Le preguntó Agata.
  • Estás en el corazón de tu alma. Donde no eres nadie, solo eres. Aquí puedes elegir quedarte en este mundo, en este planeta y volver a ser una nueva versión de Agata, aunque tendrás que confiar en mi y mi pericia como escultor. También puedes elegir ir hacia aquella luz y elegir ir a otros mundos donde yo no  puedo saber en quién o qué te transformarás.

Agata eligió quedarse en el planeta. Quería conocer Ciudad Ferrata. El escultor le invitó a volver al silencio que le había llevado hasta el corazón de su alma para que el pudiera trabajar y llevarla hasta la ciudad.

Agata una vez más no supo cuanto tiempo había estado en silencio hasta que el tañido de una campana le despertó.

A su alrededor había mucha gente. Podía oír los traqueteos y el lenguaje de los trenes. Podía sentir los engranajes moviéndose en su vieja máquina, pero no podía moverse. Estuvo todo el día observando el ir y venir de las gentes sin descubrir quién era o que era, hasta que se vio reflejada en la lente de un turista que lo fotografiaba.

El escultor había devuelto a la vida a la locomotora, transformándola en el reloj de la estación de Ciudad Ferrata.

Ánima

El explorador Madera Dedosligeros era ya un anciano cuando llegó al lago sin nombre del planeta Olvidado.

Dedos ligeros había dedicado su vida a explorar los infinitos universos, planetas y ciudades. Primero empezó explorando el planeta donde nació y  cuando en esos viajes oyó hablar del creador de mundos su vida cambió. A partir de entonces estudió y recopiló durante años todo lo que pudo sobre el creador de mundos, hasta que un día aprendió a viajar más allá de su planeta, más allá de su universo y descubrió que allá donde fuera, el creador de mundos era conocido y ya había pasado por ahí.

El resto de su vida trató de seguir los pasos del creador de mundos y ese caminar le había llevado al planeta Olvidado, a sentarse frente al lago sin nombre.

Dedosligeros había disfrutado y experimentado la vida todo lo que pudo y mirando hacia atrás se sentía contento. Tenía la sensación de haber hecho todo lo mejor que su comprensión le había permitido.

Sentía que su fin como Dedosligeros estaba próximo y solo tenía la pena de no haber podido encontrarse con el creador de mundos, aunque fuera solo unos minutos.

Miró el reflejo de su cara en el lago y sonrió. Qué arrugado y vivido se veía. Tocó la superficie del agua con un dedo y el reflejo desapareció. Esperó a que las aguas se calmaran mientras observaba como se iba formando la imagen de su cara de nuevo.

Su sorpresa fue cuando en lugar de su cara, vio la cara de la fascinante señorita ClavedeFa Brisarefrescante sonriéndole. Dedos ligeros le sonrió recordando los grandes momentos que le brindó su amor. Tocó la superficie del agua como para acariciarla y desapareció. Al volver la imagen apareció la  maestra Iris del planeta Cromado, quien le había enseñado a viajar más allá de su cuerpo y le abrió el camino hacia los nuevos universos.

También se despidió de ella y durante un tiempo atemporal fueron desfilando en el reflejo del lago inumerables seres y personajes que le habían impactado y transformado en su vida. La señora AguaPentagrama, el señor Fuegomayor, la señora Tierraserenata y el señor Metalbrisafina le recordaron su paso por ciudad conservatoria.

Pedro zapatodeclaque y el Granteatrodanzante le provocaron ese cosquilleo de la danza en su ombligo.

Su amigo del alma Jon Clarinete de Rocagrande le sonrió desde la inocencia de la juventud, cuando salió por primera vez  de Ciudad Concierto para empezar a explorar.

A la gigante MontañaDeJade se la encontró viajando al igual que él y así su supo que uno podía estar aquí mientras está allá. Fue una gran compañera de viaje y muy divertida.

Las caras se fueron apareciendo y desapareciendo, perdiendo DedosLigeros la noción del tiempo y espacio hasta que apareció el anciano sin nombre de Ciudad Rocavientos a quien conoció en su primer viaje a otro universo a otro planeta en Kosmoforma.

Entonces Dedosligeros comprendió que todas esas caras en el lago eran él mismo, en otros espacios y otros tiempos.

Cuando Dedosligeros viajó por primera vez, un cuerpo se quedó en Musikosmos y el otro apareció en Kosmoforma. Estando en dos lugares a la vez.

Comprendió entonces que él también era Ánima, el creador de mundos. Comprendió que del infinito imposible de abarcar, el había viajado a un punto concreto y había dado nombre a quien se había cruzado en su camino y al igual que él, otros viajeros habían hecho lo mismo.

Entre todos habían creado los mundos, porque todos eran uno mismo, todos eran Ánima. Desde las plantas, a los minerales, las personas y los conceptos. No podían existir los unos sin los otros.

El sol y el aire alimentan a las plantas. Las plantas alimentan y oxigenan a los animales. Los animales fertilizan la tierra. La tierra cobija y materializa a todos los seres. Ese es el ciclo natural de la combinación de la luz y la sombra.

Todos son iguales y uno solo con infinitos nombres.Todos respiraban el mismo aire, todos reflejaban la misma luz.

¿De donde provenía esa luz? Esa es otra historia. Lo que Dedosligeros comprendió, fue que para comprender la naturaleza infinita de su alma debía abandonar su nombre Dedosligeros. Para viajar sin nombre y explorar los infinitos caminos del Creador de almas. Aquel que es infinito, que es cambio continuo, por lo que no tiene nombre y así lo abarca todo.

 

Monjes caminantes del fuego

 

 

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Ciudad monasterio era famosa por sus monjes capaces de caminar sobre el fuego. Al viajero, cuando entraba en la ciudad, le  sorprendía el nombre de monasterio ya que al atravesar sus puertas la cantidad de gente y el bullicio que generaban eran todo lo contrario a lo que uno podía esperar encontrar en un monasterio.

Mas bien parecía una mezcla entre un circo, un espectáculo de magia y un mercado portuario que recibía a gentes y criaturas de todo el planeta, de todos los colores y de todas las dimensiones.

Era una ciudad de oportunidades y a la vez una ciudad de perdiciones. Un viajero avispado podía hacer fortuna rápidamente o bien perderlo todo y caer en la miseria.

Los puestos de mercancías estaban tan apiñados y entremezclados que se convertían en un laberinto de pasillos, calles, puertas, túneles y pasadizos elevados que hacían perder la orientación al recién llegado.

Los niños aulladores se peleaban por hacer de guía a los viajeros, a los cuales si no estaban atentos, les robaban. Eran niños abandonados a los que nadie había enseñado a hablar, ni ha convivir. Se decía que su jefe era uno de los espíritu lobo que vivían y custodiaban la entrada a la verdadera ciudad monasterio que dio origen a aquel lugar.

Entre el laberinto de calles, a veces había alguna plaza donde los magos, mostraban sus habilidades. Todos eran muy poderosos. Rompían piedras con las manos, se atravesaban agujas por el cuerpo, sin sangrar. Movían a la gente sin tocarlos… pero los más poderosos eran los magos que habían conseguido el título de monjes caminantes, del fuego que no solo podían caminar entre brasas ardiendo, sino que además manejaban el fuego a su antojo. Sus manos podían generar tanto calor que podían quemar cualquier cosa o soltar una descarga eléctrica capaz de derribar a un elefante. Además complementariamente tenían otra habilidad que les daba un gran poder a los monjes. Eran capaces de recitar mantras antiguos y de hacer armónicos mientras bailaban una danza que hacia llover en los campos de cultivo.

Ánima había llegado a la ciudad hacia ya 10 años y había estudiado duro. El entrenamiento para entrar en la orden de los caminantes del fuego era muy estricto, exigente y duro. Aprendió a romper una piedra con un golpe de su mano. Podía hacer saltos mortales hacia adelante y hacia atrás. Su cuerpo resistía todo tipo de golpes. Era uno de los mejores artistas marciales de los últimos tiempos. No había perdido ningún combate. Sin embargo estaba nervioso, no entendía la necesidad de memorizar los mantras. Había conocido a monjes que tenían las mismas habilidades que él y no usaban los mantras mas que para hacer llover y ese ritual se hacia siempre en grupo. No era una prueba obligatoria para entrar en la orden.

Faltaba solo una semana para la prueba final de acceso donde tendría que caminar sobre el fuego. Estaba prohibido probarlo antes de la ceremonia de iniciación, que a la vez era de descalificación, si no se conseguía superarla.

En realidad, a Ánima no le preocupaba superar la prueba. Nunca se había sentido a gusto con el circo de las artes marciales que los monjes montaban para impresionar. Lo que le preocupaba era no entender lo que decían los mantras que desde el principio le atrajeron como un imán pero cuando los memorizó se quedó frío como un helado de carámbano. Nada cambió y frustrado pensó que no servían para nada. Que solo eran un adorno.

Saliendo por el extremo oeste de la ciudad, había un pequeño bosque que llegaba hasta la orilla del lago más grande que nunca había visto. Parecía el mar, pero los exploradores de la tribu de la madera habían conseguido cartografiarlo y se sabía que era un lago.

Se sentó en la orilla mirando al lago y comenzó a repetir los mantras una y otra vez. Después de un largo rato y ya cansado, se quedó en silencio, mirando al horizonte y justo entonces le llegaron a la memoria, los cantos Gregorianos que su padre le cantaba cuando era niño. Mientras cantaba, recordó la historia que su padre le contaba sobre los misteriosos monjes Gregorianos que nadie en el planeta sabía donde vivían, aunque su música casi olvidada,  era reconocida como mística y sanadora por todos los habitantes del planeta.

Su voz vibraba por todo su cuerpo como si un ejercito de hormigas masajistas se pasearan por él. Sonreía gustoso, casi como adormecido cuando de repente, abrió los ojos como dos soles asombrados. Por un instante fugaz, delante suya, a unos 200 metros, una ciudad sobre una isla había surgido de la nada y un puente arcoiris la unía a la orilla.

¿Se habría quedado dormido? ¿Lo había soñado?

  • Tranquilo no lo has soñado. Acabas de ver la verdadera Ciudad Monasterio.

Su entrenador, se encontraba detrás suyo y le contó que llevaba mucho tiempo observándolo, porque veía en su corazón un verdadero monje. Sabía que solo era cuestión de tiempo que su nivel de atención y escucha le llevaran a descubrir la verdadera ciudad. Su entrenador estaba sorprendido por como había llegado a vibrar en la misma frecuencia que la ciudad, ya que en los últimos tiempos, eran muy pocos los que conocían, los en otra hora famosos cantos gregorianos. – ¿Quién te enseño a cantar gregoriano? – le preguntó y enseguida le explicó que los verdaderos monjes y magos vivían en la isla invisible a los ojos de las personas normales. Habían dejado crecer  la orden de los caminantes del fuego que  con su disciplina y pruebas hacían de filtro contra aquellos que querían acceder a los secretos de la ciudad tan solo para buscar la fama. Era una tapadera para alejar a los falsos magos que solo buscaban el poder sobre los demás.

Los verdaderos magos – le explicó  Stravinsky Garrapatea, su entrenador – también recitaban mantras y cantaban gregoriano y eso les llevaba a vibrar en una frecuencia diferente que les permitía hablar con todos los seres de Musikosmos. Cada ser, incluso cada cosa tiene un espíritu y tu podrías escucharlos, verlos y hablar con ellos si consigues cruzar el puente que acabas de ver, le dijo.

Allí, entre hombres y mujeres viven  todo tipo de espíritus: instrumentos animados, notas, pentagramas, animales, insectos y pájaros que pueden ver ver, oír y tocar en la misma frecuencia que los hombres y mujeres de Musikosmos, en este planeta  que en los tiempos antiguos se llamaba ReSostenido y donde se fundó la primera Ciudad Monasterio.

Caminar sobre el fuego no era la prueba que tenía que superar si quería acceder a la verdadera magia de hacer visible lo invisible. De viajar más allá de su cuerpo y del tiempo. Caminar sobre el aire era la verdadera prueba para acceder a ciudad monasterio.

- ¿Qué debo hacer? preguntó entusiasmado Ánima.

  • Ya lo sabes, contestó Stravinsky. Has entrenado durante 10 años para ello.

Ánima comenzó a cantar Gregoriano con la esperanza de volver a ver el puente. Le costó un buen rato concentrarse, relajarse y olvidarse de la excitación que le generaba querer ver otra vez ese nuevo mundo.

Cuando por fin los pensamientos desaparecieron de su mente y se concentró en sentir la vibración de los cantos, el puente y la ciudad aparecieron.

Comenzó a caminar sobre un puente que era translucido, etéreo, como una nube que flotaba en el aire y comenzó a preguntarse como era posible. En ese mismo instante cayó al agua y el puente desapareció.

Frustrado, nadó hasta la orilla y pensó que no había superado la prueba. Buscó a Stravinsky pero no lo encontró. Al día siguiente volvió y cantó, y el puente apareció y volvió a caminar y cuando volvió a maravillarse y preguntarse como era posible, volvió a caer al agua. Durante 40 días lo intentó. Incluso por si acaso, se presentó a la prueba de caminar sobre el fuego, que superó. Todos le alabaron y lo festejaron por todo lo alto, pero cuando al día siguiente intento caminar sobre el aéreo puente; Ánima se deprimió más para desconcierto de todos sus amigos.

Curiosamente solo encontraba consuelo cantando gregoriano y por ello seguía yendo todos los días a la orilla del lago. Cuando aparecía el puente, aunque sabía que caería al agua no podía resistir intentarlo de nuevo y así sucedió hasta que después de 40 días cuando caminaba por el puente, sintió la caricia del aire en la planta de sus pies. El puente lo sostenía, ni siquiera tenía que andar. El espíritu del puente era ese precisamente, transportarlo de un lugar a otro. Llegó a tierra firme y sintió la calidez de la tierra que se comunicaba con él. Era la vibración de la calma, de la paciencia. La tierra que lo alberga todo, que acepta todo y que sostiene y da a luz a todo. Esperó y observó y la ciudad se fue haciendo más nítida, más solida. Ánima no pensaba, no juzgaba. Era como cuando luchaba en combate con los monjes de la orden de los caminantes del fuego. Siempre ganaba los combates porque no pensaba, solo sentía a su oponente y reaccionaba a sus movimientos. Solo tenía que relajarse y concentrarse en sentir, para sentir la energía fluyendo y seguirla. Solo seguir, solo caminar, solo sentir, solo compartir. Todo se convertía en una sola acción.

Entró en la ciudad y los monjes le dieron la bienvenida. Stravinsky le saludo con un simple gesto de cabeza y sonrió. La ciudad vibraba en todo su cuerpo, era pura música. Como escuchar un concierto interminable que salta de frase en frase, de nota a nota, de espíritu a espíritu. Porque todo lo que le había contado Stravinsky era verdad.

Se encontraba con un pentagrama y se ponían a componer música. Se encontraba con un trombón y jugaban un concurso de soplidos huracanados.

Se encontraba con un pájaro y volaba en bandada sobre el cielo de la ciudad mientras cantaban el himno a la alegría de Beethoven.

Ánima encontró la calma y la sabiduría para mantener su cuerpo, su mente y su espíritu en aquella vibración y pasó a formar parte de los verdaderos monjes del fuego. Los magos capaces de hacer visible lo invisible.

 

Alma la guardabosques

 

“Ciudad Arbórea” era en realidad un bosque. Era lo que Alma la guardabosques, siempre había conocido como el bosque ancestral.

-¿Qué es una ciudad?- le había preguntado Aritz el roble, en su primer encuentro. -¿Qué es un guardabosques?- le había preguntado también ese mismo día.

Desde ese primer encuentro con Aritz el roble, el universo de Alma había cambiado drásticamente. Ahora se había convertido en una ladrona de árboles de ciudad, a la que perseguía el jefe de policía de “Ciudad Acorazada”.

Aritz no era un anciano roble porque tuviera más de 3.000 años. En el planeta Cromado todavía había muchos árboles de más de 3.000 años, a pesar de los hombres, que poco a poco estaban colonizando y cambiando el planeta.

Aritz era anciano porque sus raíces llegaban a comunicarse con el tocón más anciano del planeta que era un descendiente de “Ciudad Plantel” Una ciudad de otra época, ya muy lejana. De cuando los árboles gigantes habitaban el planeta. Nadie sabía que edad podía tener el tocón. Sus anillos pararon de crecer aproximadamente a los 90.000 años pero las pruebas de carbono 14 habían determinado una edad de al menos 400.000 mil años.

El tocón  de 33 metros de diámetro, lo que hacía presuponer un árbol de más de 400 metros, estaba aún vivo y la fotosíntesis se seguía realizando a pesar de no tener hojas. El bosque que lo rodeaba mantenía vivo al anciano tocón.

Alma como guardabosques siempre había destacado por su capacidad de observación y por su olfato. Ella podía distinguir el humor de los árboles por su olor. Si aparecía alguna plaga, los árboles cambiaban de olor. Siempre pensó que quizás esa, era la manera de comunicarse de los árboles. Alma pensaba que de alguna manera los árboles hablaban entre ellos. Un día guiada por un extraño olor llegó al centro mismo del bosque. Allí encontró al tocón y estaba tan fascinada que hasta que se hizo de noche no se dio cuenta de que estaba perdida.

Se acurrucó bajo un viejo roble con la esperanza de que la noche no fuera muy fría. Por la mañana, se despertó feliz. No había pasado frío. Curiosamente la cubría un manto de hojas que ella no recordaba haber acumulado. Pensó que el viento la habría tapado.

Ese día encontró el camino de vuelta a casa y empezaron sus investigaciones científicas. Durante un año, estudió el tocón. Lo midió, analizó y examinó rigurosamente y su conclusión era indiscutible. Ek tocón estaba vivo y eran los árboles que lo rodeaban aliados con los hongos quienes lo mantenían vivo. La pregunta que no podía responder y le traía de cabeza era el por qué.

Durante ese año sucedieron cosas extraordinarias. Siempre que se quedaba a dormir, despertaba con un manto de hojas cubriéndole que ella no había recogido. Al principio, aunque ella marcaba el camino para no perderse, nunca conseguía llegar por el mismo camino pero siempre llegaba. Al final dejó de marcar. Parecía que el camino siempre se abría a su paso.

Otras cosas extraordinarias también pasaron pero la que lo cambió todo fue cuando Alma habló con Aritz el viejo roble guardabosques.

Alma, después de un largo día de trabajo se fue a sentar bajo el roble donde se había quedado a dormir algunas noches de verano.

Al principio pensó que le picaba la espalda, luego que había algún animalillo entre el tronco y su espalda. Puso sus manos sobre el tronco y sintió una corriente como el hormigueo de los cables de teléfono. El tronco vibraba como el pulso de un corazón. La savia subiendo y bajando por el tronco del viejo roble cuya corteza era gruesa y dura por lo que Alma no entendía como era posible sentir ese latido que llegaba de más a dentro, tras la corteza.

Alma como científica intentaba comprender esto pero no tuvo tiempo de estudiar, ni siquiera de pensar. La vibración llegó a su cerebro y se crearon imágenes. Imágenes que ella convirtió sin querer en palabras. El viejo roble le estaba hablando.

Le estaba contando la historia del bosque y la historia del planeta. Una información almacenada en el viejo tocón.

Fue así, como Alma supo el por qué los árboles jóvenes mantenían vivo a su ancestro.  Todos los árboles en el bosque eran una gran familia.

Aritz le indicó otra manera de mirar al bosque y entornando los ojos. Mirando sin mirar, con una mirada abierta pudo ver una gran columna de luz que se elevaba sobre el tocón y descubrió que aunque su tronco, sus ramas y sus hojas ya no se veían, una figura de luz translucida del árbol que en su día fue, se fundía con la luz del cielo.

Alma descubrió que los árboles no solo se comunican por el olor, atrayendo a los polinizadores y repeliendo a las plagas. También se comunicaban por las raíces y cada árbol y cada planta vibraba en una frecuencia diferente. El tocón conocía todas las frecuencias y almacenaba todo el conocimiento de las plantas del bosque. Los hongos que vivían bajo tierra y por todo el bosque eran la red de comunicaciones que usaban los árboles para comunicarse unos con otros.

Así fue como Aritz  que estaba en medio del bosque junto al tocón, había tenido noticias de los árboles de Ciudad Acorazada y su sufrimiento. Durante años algunas semillas de los árboles de ciudad Acorazada gracias al viento o a los pájaros habían podido huir de la ciudad y con el tiempo la información de esas semillas fue pasando de generación a generación, de árbol a árbol hasta llegar a los lindes del bosque ancestral que se encontraba a 242 kilómetros de Ciudad Acorazada.

Aritz supo como a los árboles se les encarcelada en rectángulos de hormigón  que las raíces no podían traspasar, por lo que tampoco podían crecer en proporción a sus ramas, las cuales, al vivir incomunicadas y solas, sin sombra de otros árboles y con toda la luz del sol para ellas crecían demasiado y cuando el viento era demasiado fuerte se quebraban y cuando la nieve se acumulaba demasiado también se quebraban. Si aún así no se quebraban, las podaban y las herían tan brutalmente que antes de alcanzar la edad adulta morían. Casi ningún árbol superaba los 150 años, apenas comenzando la adolescencia.

Por todo esto y muchas más razones Aritz se comunicó con Alma y le pidió que devolviera los árboles al bosque.

Así fue como Alma se convirtió en la ladrona de árboles de ciudad.

 

Jim Metal era el jefe de policía de Ciudad Acorazada. Por lo que el sabía, debía su nombre a algún ancestro minero de la familia, pero el contaba a todo el mundo que era un apodo, por su gusto por la música Heavy Metal.

Jim estaba muy enfadado. El alcalde le presionaba para que descubriera quien estaba robando los árboles de la ciudad. Como si no tuviera otros problemas más importantes. ¿Qué podía saber el de árboles? y ¿Qué importaban unos pocos árboles? En su opinión no hacían falta árboles en su ciudad.

Como no sabía por donde empezar decidió consultar a un guardabosques que le explicará cuando menos, qué había qué hacer para robar un árbol.

Según el alcalde al principio solo desaparecieron los árboles pequeños, pero últimamente estaban desapareciendo árboles de más de 50 años. Una secuoya que  alcanzaba ya los 16 metros, se la llevaron a plena luz del día. A los transeúntes les dijeron que estaba enferma y se la llevaban una temporada para reanimarla. Algo totalmente imposible, eso de reanimarla y volverla a traer, por lo que le contaron más tarde.

Alma escuchó pacientemente al jefe de policía y tuvo que agarrarse las manos para que no se le notaran los nervios, de lo asustada que estaba con aquella visita inesperada.

Cuando Alma se dio cuenta de que ella no era sospechosa, se tranquilizó y ofreció al policía un te azul para equilibrar su enfado.

En lugar de darle pistas sobre lo que era necesario para transplantar un árbol, le contó que en realidad ella estudiaba la vida de los árboles en el bosque ya que en la ciudad todos los árboles estaban condenados a morir muy jovenes y no se los podía cuidar, ni hablar igual que a los del bosque.

-¿Hablar?- le preguntó Jim.

Y Alma rápidamente para eliminar sospechas, le dio una pista sobre los posibles ladrones, a los que alma llamó vándalos sin escrúpulos haciéndose la escandalizada y sorprendida.

Para tranquilizarlo Alma le dijo que por el patrón que parecían seguir  los ladrones, estos no iban a robar los árboles que formaran un pequeño núcleo parecido a un bosque, sino árboles solitarios o separados unos metros unos de otros. En su opinión podrían ser ecologistas radicales que querían llamar la atención por la tala desmesurada de bosques o gente pobre que necesitaba combustible. Pero ella no era una experta policía.

  • Muy interesante observación -  dijo Jim Metal y se quedó pensativo.

Alma aprovechó para contarle la animada vida de los árboles en el bosque. Habló de los árboles y sus similitudes con la organización social de los seres humanos y como los bosques evolucionan aunque sea tan lentamente que es muy difícil darse cuenta de los cambios sutiles. Le hizo comprender que 150 años apenas eran el comienzo de la vida de un árbol que podría vivir más de mil años y cientos de miles en un bosque antiguo.

Le explicó que los árboles no hablan con palabras sino mediante el olor, la vibración, la química y la vista.

- ¿La vista? Jim metal estaba fascinado. Cuanto más hablaba la guardabosques, más guapa le parecía. Su pasión por los árboles le parecía fascinante y a Jim Metal, el policía de peor humor de la ciudad, se le empezaron a cruzar pensamientos de dulzura y admiración que le hormigueaban en el estomago.

- Claro. La vista.- Respondió Alma. Las llamativas flores son un claro ejemplo. Las flores son un mensaje para los insectos, para qué les ayuden a polinizarse y así poder reproducirse. Es como cuando tu te vistes elegante para quedar con una mujer a la que quieres agradar o como cuando al verla el corazón se te acelera o se te pone un hormigueo en el estomago. No son mensajes hablados pero todos los sentimos.

Jim Metal sintió el calor en sus mejillas, nervioso y sorprendido a la vez, pues se le paso por la cabeza que aquella mujer le había leído sus pensamientos.

Se despidió rápida, cortésmente, agradeciéndole su ayuda y con un breve:    le mantendré informada, que dejó a Alma algo alarmada. Quizás había hablado demasiado y se había delatado.

Alma llamó a su amigo el mago, el que le había explicado que el secreto de la magia era distraer al público para que no descubrieran el truco. La maniobra de distracción había servido para robar la Secuoya, pero ahora toda la ciudad estaba alarmada por la desaparición de los árboles, tenían que idear un plan para desviar la atención.

Su amigo el mago Xun consiguió inventar algunas argucias, pero transplantar un árbol y que no muriese en el intento requería mucha delicadeza y tiempo.

Consiguieron algo de tiempo y ventaja robando en otras ciudades, haciendo creer así a la población, que el ladrón de árboles ya no estaba en la ciudad.

Pero en el siguiente robo, la población se asustó y se enfado más. Todo el mundo quería ver al ladrón entre rejas y castigado.

Alma sentía un desasosiego en su interior que no le dejaba dormir hasta que un día cuando visitaba al roble Aritz encontró una posible respuesta: hacer magia de verdad le había recomendado Aritz.

Cuando Alma conversaba con Aritz era una inmersión en el mundo vegetal que era como transitar una ciudad.

El bosque es una ciudad le había dicho Aritz. Yo también soy una ciudad.

Alma pasaba horas y horas observando como por la corteza agrietada de aquel roble los insectos, los líquenes, musgos y todo tipo de animales transitaban y trabajaban y se alimentaban y se protegían unos a otros. También había alguna pequeña guerra cuando algunos insectos u hongos avariciosos atacaban al viejo roble cuando a este se le caía una rama y quedaba herido. La herida abierta era un manjar de azucares de fácil alcance. Pero el roble que ya había sobrevivido a muchos ataques, generaba un olor que atraía a otros insectos o pájaros que se alimentaban de  los atacantes. El viejo roble con su gran copa alimentada por el sol y sus grandes raíces alimentadas por el agua, alimentaba y daba cobijo a una gran comunidad de seres, pero no se dejaba matar por los avariciosos.

Yo mismo soy una ciudad recordó Alma que Aritz le había dicho y observar esa ciudad y esa vida le parecía pura magia. Verdadera magia. Tenía que convencer a la población que robar los árboles no era un robo sino un acto de compasión, pero mientras estuvieran asustados nadie podría comprenderlo.

Alma decidió crear una nueva ciudad. La llamaría Ciudad Arborea, en honor al bosque ancestral, una ciudad donde se diera cobijo a los árboles enfermos y donde sus habitantes trabajasen para cuidar y sanar a los árboles y a las personas enfermas de asfalto, hormigón y luces artificiales. Sería una ciudad sin electricidad. No sería una ciudad fácil de habitar, nada atractiva para los consumidores y perezosos, pero si para aquellos dispuestos a trabajar y vivir en comunidad.

Por otro lado, para transformar el miedo en oportunidad, debería reconvertir Ciudad Acorazada. La transformaría en una ciudad jardín, donde las plantas pudieran comunicarse. Una ciudad donde en cada balcón, en cada terraza pudieran sembrarse plantas, incluso hortalizas, que no árboles. Plantas que no necesitan un entramado de raíces. Plantas que se comunican por el aire. También habría que construir acueductos y canales que aliviaran el sofoco del asfalto. Ciudad acorazada debería convertirse en una ciudad verde para que sus ciudadanos no echaran de menos a los árboles, qué habían esclavizado durante años, los cuales solo deberían vivir en comunidad en alguno de los grandes parques. Aunque cierto es que siempre se podría recurrir a los solitarios sauces, los cuales prefieren vivir en soledad en lugar de en un bosque.

De camino a casa y con su cabeza repleta de ideas, sonrió pensando en Jim Metal, quien en los últimos meses con la excusa de pedir consejo técnico había visitado asiduamente y había conquistado el corazón de Alma. A la vez que el rudo Jim Metal había descubierto su amor por Alma la guadabosques y sus árboles.

Alma sonreía porque ahora comprendía porque Aritz el primer día le preguntó  por su soledad. Alma había sentido cuando se comunicó con Aritz que no debía estar sola, que debía compartir esa experiencia, pero por aquel entonces todavía no se había encontrado con Jim Metal. De quién tuvo, desde el principio la extraña sensación de que ya se conocían de tiempo atrás.

Al despedirse Aritz habló directamente a la mente de Alma y la despidió:

- Hasta la vista Alma, en otra era conocida como Acuarela coloreada, esposa y amante del famoso minero y fotógrafo, Jim Metal, padre de la gran artista Pigmenta Arcoiris que muchos años después fundaría el castillo de lápices de colores.

Alma no entendió todos esos nombres y parentescos pero sí, que Jim Metal era la clave para comenzar un nuevo camino entre árboles y personas.

 

 

Reina Arratos

LA REINA ARRATOS (Ciudad Fábrica de Palabras)

La reina Arratos no siempre sabía lo que había que hacer. De ahí su nombre, y cuando no reinaba se convertía en viento.

En su reino situado justo en medio de cosmopalabra siempre se decía:  “las palabras se las lleva el viento”  porque todo aquel que mentía se convertía en viento. Se quedaba sin palabras y durante todo un día y una noche volaba por el planeta convertido en viento.

Algunas personas mentían a propósito para poder volar, aunque existía el peligro de que si  se mentía mucho, te quedarás convertido en viento para siempre.

La reina Arratos, tenía sangre muy antigua, de los tiempos en que no existía la mentira. Por ello, ella, que  nunca mentía podía convertirse en viento a voluntad. Sin embargo, su forma de reinar era tan respetuosa y sincera que cuando no sabía lo que había que hacer para que el reino mantuviera la armonía, aunque no lo necesitara, se inventaba una mentira y se convertía en viento a los ojos de los demás. Se convertía en viento, delegaba su mandato y dejaba que otros gobernaran hasta solucionar el problema. Cuando volvía todos le pedían que volviera a reinar ya que nunca en cosmopalabra, en el planeta hablado había habido una reina más justa, respetuosa y sincera que ella.

El palacio de la reina se encontraba, arriba, en la colina, al final de la avenida puntos suspensivos, justo en el borde del acantilado que daba hacia el mar de las sirenas en la “Ciudad Fabrica de palabras”.

Como podéis imaginar por el nombre de la ciudad, el palacio no se parecía para nada a un castillo, era más bien una fábrica y sus habitantes unos parlanchines.

En la ciudad abundaban las cafeterías donde siempre se podía mantener una interesante tertulia con los afiladores, cocineros, sastres, pintores, músicos, bailarines y demás profesionales creadores de palabras nuevas.

A un cocinero no se le podía pedir que preparase un buen plato de alubias pero si se le daba un buen diccionario lo vaciaba en su cacerola, lo removía todo con su cucharón y preparaba una exquisita sopa de sinónimos.

Los sastres no eran capaces de confeccionar un traje de lino, pero si les dabas un idioma, con sus tijeras lo recortaban todo hasta conseguir un traje de papel escrito con las  letras de un nuevo país.

Los músicos no sabían tocar instrumento ninguno pero si les dabas un libro con su especial lenguaje musical eran capaces de crear mundos de fantasía en el aire para habitar otros planetas.

Las torres más altas eran las bibliotecas con interminables escaleras de caracol en su interior siguiendo la disposición de los libros repartidos también como una escalera de caracol,

La imprentas con sus máquinas de todos los tamaños y formas se situaban a los lados de la avenida dispuestas a imprimir las palabras nuevas de los artesanos.

Los laboratorios que inventaban las máquinas de escribir palabras, se apilaban y entretejían entre ellos como una red por toda la ciudad. En los laboratorios había todo tipo de máquinas: imprentas de cuñas, impresoras digitales, proyectores holográficos, impulsores telepáticos…

En ciudad Fábrica de palabras se habían inventado tantas palabras que algunas no tenían todavía mundos, ni planetas a los que ir y esperaban tranquilas en los almacenes enciclopédicos de las palabras, jugueteando entre ellas. Esperando a que el creador de mundos les visitara y les diera noticias de la formación de un nuevo mundo a donde ir.

 

En la “Ciudad Fabrica de Palabras” todo comenzaba en la puerta de entrada a la que se llegaba desde el valle. En el valle se cultivaban todo tipo de letras, sílabas y fonemas. Los agricultores se ganaban la vida vendiendo sus cultivos a la ciudad. La ciudad todos los años compraba todo lo cosechado y recogido y lo enviaba por la avenida de puntos suspensivos hacia el palacio. Empezando en la puerta de entrada, donde las  sílabas o fonemas o letras hacían un recorrido por todos los artesanos que trabajaban a lo largo de la avenida para encontrarles una definición o sentido. Cuando llegaban al palacio, recibían el aprobado de la reina si la palabra formada no era una simple palabra y tenía una definición que le daba el sentido exacto de su vida.

Una vez llegada la palabra a palacio,  la reina la ponía a prueba para saber si se la llevaría el viento hacia el mar de las sirenas por mentirosa, o surcaría el universo hacia la boca del creador de mundos que la sembraría en un nuevo planeta, un nuevo hogar.

La cosecha de ese año había sido buena. Fukoaka había pasado 9 años trabajando la tierra, alimentándola, observando donde debía limpiar y donde debía esperar a que la tierra misma se aliara con los animales y con las plantas.

Después de 9 años sembró unos cánticos antiguos que su abuelo le enseño. Las espigas crecieron y los ratoncillos de campo hicieron su nido entre ellas. Las rapaces peinaron con sus alas las altas hierbas. La escarcha y el rocío se turnaron para hablar con el sol, que los elevaba hacia el cielo.

Y mientras todo esto sucedía Fukoaka observaba silencioso. Así pudo pescar en las redes de sus oídos cinco sílabas.  Fukoaka era uno de los últimos agricultores, pescadores de sílabas. De sus orejas colgaban unas finas redes casi invisibles que algunos confundían con largos pelos canosos que parecían salir de sus oídos.

Esta confusión se debía a que sus cabellos y barbas eran también blancos y largos como la cola de un caballo.

Fukoaka ese año tenía un presentimiento. Sus cinco sílabas llegarían hasta la reina, sin embargo cuando se dirigía hacia la puerta de “Ciudad Fábrica de Palabras” unos malhechores le atacaron y le robaron sus cinco sílabas para venderlas en el mercado de la ciudad porque sabían que las sílabas que llegaran hasta la reina Arratos y fueran aprobadas por ésta, tenían un premio extra en monedas de oro. Y todo el mundo sabía que Fukoaka cada cierto numero de años siempre conseguía que sus sílabas llegaran a palacio.

Las 5 sílabas llegaron  a la puerta de la ciudad magulladas y asustadas por el maltrato de los malhechores.

En la avenida los primero que las recibieron fueron los pintores pero de tan golpeadas y destartaladas que estaban no hubo manera de encontrarles un color uniforme y de tanto colorearlas quedaron oscuras y casi negras.

Los sastres cosieron y  cortaron, cortaron y cosieron pero todo lo que pudieron conseguir fue un traje desalichado hecho de jirones.

Los escultores al verlas tan  desarropadas las recibieron con escepticismo y después de probar todos los ordenes y de izquierda a derecha y viceversa decidieron que su forma era vertical, aunque palabras como  Nicolaverca o Cacolaniver o Vercolacani les hacia sospechar que podría tratarse de una nueva especie animal horizontal de cuatro patas con cola.

Los músicos nunca habían trabajado con una palabra vertical y solo pudieron darle sonido a la sílaba Ní a la que pusieron el acento de un idioma muy antiguo donde Ni significaba yo.

Todos los gremios sudaron y se esforzaron en darle un significado a las 5 sílabas pero cuando llegaron a la puerta del palacio las cinco hermanas estaban tan mareadas y confusas que no podían distinguir entre la verdad y la mentira. Todos pensaban que la reina Arratos  las mandaría deshacerse en un susurro hacia el mar de las sirenas en lugar de mandarlas hacia un nuevo mundo.

Sin embargo, cuando llegaron, la reina Arratos no estaba, debido a que había llegado a sus oídos que alguien había robado unas sílabas al maestro Fukoaka y como nunca antes había habido un robo en su reino, se convirtió en viento.

Por primera vez, en la historia no pudo delegar a nadie el trabajo de solucionar el problema de los ladrones pues nadie sabía que hacer. Por eso, la reina Arratos les pidió que esperasen su vuelta mientras ella, convertida en viento trataba de encontrar una solución.

Los consultores de la reina prepararon el tablón colgante del acantilado para facilitar a la reina cuando regresara, la tarea de lanzar a las pobres sílabas a los cuatro vientos.

Las sílabas mientras esperaban pudieron descansar, ordenarse y asearse un poco. Se relajaron y esperaron.

Cuando llegó la reina y vio la escena se hecho a reír. Menos mal que les había dicho que esperasen. Soplo sobre las sílabas y la palabra que los escultores no habían podido ver, apareció: CA VER NÍ CO LA

Y la reina dijo: CA será la cabeza, VER será los ojos, Ni será el Yo, la mente, CO será el cuerpo y la LA será la voz.

Seréis la definición de los seres oscuros e ignorantes que roban por conseguir un oro que no les sirve de nada en un planeta donde tienen todo lo necesario para vivir. He visto a Fukoaka y no quiere el premio de oro porque sus palabras hayan llegado a palacio y no sean  mentira, sino una palabra verdadera y definida. Fukoaka es feliz, plantando semillas y recogiendo  palabras verdaderas que escucha en la naturaleza. Me pidió que diese el oro a quien lo necesitara. Si los ladrones lo necesitan que sea para ellos.

Y así lo haré, pero he hablado con el creador de mundos y el me ha ofrecido un planeta donde voy a desterrar a estos ladrones ignorantes de las palabras verdaderas. Allí tendrán tiempo para aprender a hablar y si aprenden de la naturaleza también aprenderán a pensar y si piensan palabras verdaderas, aprenderán a no pensar y  podrán volver a este planeta. El nuevo planeta de estos cavernícolas se llamará: tierra.

 

 

CIUDAD IMAGINARIA

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Eko espantavientos nació con los ojos blancos. Cuando sus padres estaban creando el camino que lo traería desde  mundo  invisible al visible, hubo el eclipse de sol más largo del planeta Cromado. Duró tres interminables meses y la oscuridad les impidió terminar sus ojos.

Eko no podía ver como los demás. En lugar de ver las imágenes delante de sus ojos, las veía tras ellos, en el interior de su cabeza.  Como manchas translucidas blancas y grises, en pantallas de cine que aparecían y desaparecían. A veces incluso veía más de una pantalla a la vez. Como si viera dos películas a la vez y eso le confundía mucho. El no podía ver el negro, que contiene en su interior todos los colores y por lo tanto tampoco podía ver las imágenes en colores.

Eko vivía a las afueras de  “Ciudad Imaginaria” que era la escuela oficial de idiomas del planeta.

A “Ciudad Imaginaria” llegaban todo tipo de personas para aprender todo tipo de idiomas imaginarios.

Toda la ciudad era una escuela porque en todas partes existía la posibilidad de aprender.

Observando a sus habitantes en su medio, podías aprender a captar el espíritu de sus habitantes y  por tanto su idioma.

En general los pinceles con su mostacho de piel de armiño eran mucho más precisos y arrogantes que las brochas de barba plana o barba redonda, aunque no siempre era así. A veces, las barbudas brochas podían ser muy precisas cuando se trataba de crear obras monumentales y gigantes.

Las cámaras de fotos, de carácter elegante en general, cambiaban de vestimenta en cuanto cambiaban de objetivo. Siempre iban persiguiendo la luz y  aunque por fuera parecían tranquilas, por dentro estaban muy nerviosas por esa obsesión de captar el momento preciso. Les caracterizaba un espíritu exageradamente perfeccionista, aunque por suerte no siempre.

La imagen perfecta no era algo que buscaran las cámaras hechas con cajas de cartón que eran muy tranquilas y siempre aprovechaban los días de lluvia para quedarse en casa y transformarse en un teatro o en un cine mudo, de los de antes.  Esos que invitan a la  imaginación a volar.

Estás generalidades se podían aprender conviviendo en la calle con las cámaras o dándose un baño en la piscina municipal con los colores o en la oficina de correos sentándose a escribir cartas de amor con los bolígrafos rojos…

En cada rincón de la ciudad se podía aprender las bases de cualquier idioma y en general el idioma universal: las imágenes.

Todo el mundo en “Ciudad Imaginaria” aprendía a imaginar y a plasmar y crear sus ideas, pensamientos y emociones mediante imágenes que cobraban vida al compartirlas. Los idiomas de palabras y lenguas eran una extravagancia en  “Ciudad Imaginaria”.

Ahora bien, si alguien quería aprender un idioma de verdad tenía que hacerse aprendiz de artesano.

Los artesanos eran los verdaderos profesores. Los que captaban la esencia y el espíritu de sus obras.

Un maestro de pinceles:

-aprendía a mirar a las estrellas, a la luna, al sol, para aprender el idioma con el que estos se comunicaban con los árboles. De esta manera sabía si obtenía el permiso del espíritu del árbol para cortarlo o no.  Un árbol solo se cortaba según lo que dijeran la luna, la estación y el propio espíritu del árbol.

-Aprendía a nadar en el agua para sentir en su piel la suavidad y flexibilidad de ésta. Cualidades indispensables que debía transmitir a un pincel para que este pudiera conectarse a la persona con la que quisiera compartir una vida de creación e imaginación.

-Aprendía a hablar y jugar con los animales, para entender la textura y las cualidades de sus pieles y pelajes.

-Aprendía sobre el aire, sobre el movimiento de las hojas al viento, del polen volando fértil por las 8 direcciones, del polvo de cuarzo flotando, dispersando y reflejando la luz al infinito espacio.

Teniendo en cuenta todos estos conocimientos el artesano creaba cada pincel con un único espíritu e idioma propio.

A veces, los pinceles no encontraban afinidad con una persona y sí, con otro pincel y si querían formar una familia, entonces recurrían a un maestro artesano. Le contaban como les gustaría que fuera su hijo: un fino pincel para pintar con hiperrealismo, un pincel sugerente que emocionara con su color o un pincel abstracto abierto a una desbocada imaginación.

Así aprendía el artesano continuamente el idioma de los pinceles y así aprendía también el aprendiz.

 

Pincel pelo de nutria era un aprendiz que se aburría en la escuela de idiomas a la que el maestro le había mandado, antes de comenzar con el verdadero aprendizaje.

Su mejor amigo era Grafity negro, un spray huérfano al que no le gustaba formar parte de una comunidad, tal  como se suponía que todo grafitero  necesitaba, para poder crear los murales y las imágenes propias de los grafitis.

A estos dos jóvenes les unía su pasión por la naturaleza.

A pincel pelo de nutria lo que más le gustaba era nadar y jugar con el agua. No necesitaba de los colores para pintar. Humedecía las hojas, humedecía las rocas, humedecía el aire y combinaba una gama de tonos que lo mismo dibujaban un dragón extinguido hace miles de años que una puerta de entrada a sus mundos imaginarios.

Grafity negro se reía de él porque sus dibujos duraban un suspiro y muchas veces eran difíciles de ver para los ojos no acostumbrados al juego de las luces y las sombras.

Pero su risa era la risa de un amigo que bromea y provoca cuando en realidad siente admiración.

Grafity al igual que Pincel no podía usar los colores. Todavía no había ningún artesano que hubiese inventado el espray multicolor. Por eso, a Grafity le gustaba tanto pintar en la naturaleza en lugar de pintar en los muros y paredes de la ciudad. Cuando Grafity pintaba en la naturaleza, su trazo era tan sutil y difuminado que sus obras parecían parte misma de la naturaleza. Solo se podían contemplar desde la distancia y solo cuando te acercabas mucho, notabas que una roca o una hoja o un árbol había sido pintado. El negro era tan difuminado que el color de aquello que pintara lo impregnaba de rojos, verdes o azules.

Sus obras aunque duraban más que un suspiro, también duraban bien poco, hasta que el agua  y el sol las borraban.

Esa idea de  arte efímero era  lo que más unía a los dos artistas.

Y precisamente, en una de sus fugas de la escuela, al salir de la ciudad, paseando por la naturaleza, se encontraron con Eko espantavientos.

Eko iba caminando y dibujando en el aire con sus manos todo aquello que veía en su pantalla de cine, en el interior de su mente. Como siempre lo hacia.

La mayoría de la gente se asustaba al verlo hacer estos gestos en el aire, porque creían que eran conjuros. No entendían como siendo ciego podía caminar sin tropezar y a la gente lo que no comprende le asusta; sin embargo, Pincel pelo de nutria y Grafity negro, cuando lo vieron en dirección hacia ellos,  se quedaron parados y en silencio asombrados y  curiosos, tratando de entender porque dibujaba en el aire.

Los dos enseguida se habían dado cuenta de que dibujaba en el aire pero no sabían por qué, hasta que al llegar frente a ellos se vieron a si mismos, dibujados en sus manos. Eko se paró y les saludo.

Eko dibujaba con su mano lo que veía y de esta manera conseguía la información necesaria para caminar sin tropezar. Siempre caminaba lentamente, para leer el dibujo primero  en sus manos como un radar y luego en su mente como una imagen.

Enseguida se hicieron amigos. Nadie hasta entonces había podido interpretar las manos de Eko, mientras que él podía ver los pensamientos e imagenes de los demás perfectamente.

Sin embargo, habiendo nacido en una familia pobre y no haber podido ir a la escuela, le había impedido aprender los idiomas básicos de Ciudad Imaginaria y por supuesto, Pincel y Grafity no habían aprendido el idioma de palabras que Eko hablaba y que solo unos pocos profesores y artesanos sabían en “Ciudad Imaginaria”.

Durante unos meses, los tres no pararon de disfrutar y crear obras que se las llevaba el viento, el agua o la luz.  Hasta que un día en la escuela les dieron el último aviso. Si volvían a fallar a alguna clase, serían expulsados.

Pincel y Grafity quisieron llevar a Eko a la escuela pero los profesores no sabían interpretar sus manos y no sabían como enseñarle. Había un profesor que entendía sus palabras pero  aun así, no sabía como explicarle el concepto del color, ni el espíritu de objetos animados como pinceles, brochas, lápices y demás seres con los que se suponía debía aprender a comunicarse.

Lo cierto es que Eko podía interpretar y leer imágenes sin color  pero las emociones le causaban gran confusión y muchas veces le hacían interpretar mal los idiomas imaginarios.

Los dos muchachos intentaron enseñarle fuera de la escuela pero sin haber experimentado Eko nunca el color, les resultó tarea imposible.

Un día le llevaron a la piscina de colores y fue muy divertido. Pincel le presentó a 10 colores que se untaron en sus 10 dedos y Eko pintó verdaderas obras de arte en la opinión de Pincel y Grafity pero los colores acabaron bastante mareados y desilusionados, porque no podían interpretar y fusionarse con las emociones de Eko que solo se preocupaba por la precisión y nitidez del trazo, ya que al desconocer el idioma del color, sus dedos no podían plasmar su espíritu.

Cuando Eko se había resignado a no poder ir a la escuela, se encontró con la determinación de Pelo de nutria a quien se le había ocurrido un plan.

Nadie había hecho nunca nada igual, pero el contaba con la fe del espíritu de la creación.

Si Grafity colaboraba, estaba dispuesto a pintar y crear los ojos en el lienzo en blanco que eran los ojos de Eko.

Eko estuvo por su puesto de acuerdo, como mucho lo único que podía pasar era que continuara ciego.

Pincel explicó a Grafity que tenía que pintar un minúsculo punto negro en el centro del ojo de Eko. Un negro tan negro que contuviera todos los colores y antes de que la pupila pintada se secara, Pincel pelo de nutria debería sacar todos los colores hacia el exterior, pintando un perfecto ojo irisado que permitiera a Eko ver los colores.

La operación no duró más de dos minutos y cuando Pincel estaba transitando por los colores pálidos de la tristeza las lágrimas a punto estuvieron de borrar toda la precisión de los finos y rápidos trazos de pincel.

Tuvieron la suerte de que el profesor Tinta China estuviera presente y rápidamente con un papel secante pudo absorber la lágrima que salía por el rabillo del ojo.

Cuando Eko espantavientos pudo ponerse en pie, se tambaleó como drogado o borracho. Reía, lloraba, cantaba y sus manos no paraban de moverse sin sentido arrastrando su cuerpo sin control.

Se había quedado ciego de verdad. No podía interpretar lo que veía en la pantalla de su mente. Su cuerpo le llevaba de la euforia al llanto, a cada poco.

Pincel recordó entonces el día de la piscina de colores y allí que se fueron.

Eko iba poniendo colores en sus dedos y se dejaba llevar. En menos de una hora, Eko había aprendido el lenguaje de los colores y sus emociones.

Después comenzó a crear sus propios colores y volvió a recuperar el orden en sus visiones y en su manera particular de ver el mundo.

Seguía siendo ciego para los demás, pero ahora pintaba con sus dedos, no solo sus propias emociones sino también las de los demás.

Eko pudo ingresar en la escuela de idiomas y gracias a la habilidad de sus manos, llego a ser artesano escultor de caligrafías para invidentes.

Pincel pelo de nutria y Grafity negro recorrieron el planeta creando extraordinarias obras efímeras que se recordaban en todas las tertulias, de todos los cafés, de todo el planeta Cromado.

Cada cierto tiempo, volvían a ciudad Imaginaria, a visitar a su amigo para toda la vida y ese día se convertía en una fiesta de color e imaginación.

 

 

Juanagorri

 

Juanagorri sentado en el espolón del Balerdi mirando hacia los vientos que venían del mar pudo distinguir como Mari cruzaba las oscuras nubes que traían la tormenta. Sin embargo, el aire todavía no alcanzaba a oler los relámpagos de Mari surcando el cielo. Eso le daba todavía algunas horas hasta el atardecer de truenos y rayos, de pedriza y viento racheado que se avecinaba. Mari estaba enfadada y Juanagorri no sabía por qué.

Salió brincando de piedra en piedra y con su vara de avellano a modo de pértiga volaba ladera abajo desde el Artubi en dirección a Unako Putzua.

Seguro que allí se encontraba con alguno en dirección a la ermita de San Miguel y puede que ahí encontrara respuesta.

Hacia ya algunos años que había decidido vivir en el monte.

Si se escuchaba a la naturaleza y a los ancestros, no faltaba de nada. Juanagorri vivía solo en Aralar porque prefería el silencio de sus habitantes al parloteo fanfarrón e ignorante de los vecinos del valle.

Juanagorri no contaba a nadie que el podía hablar con Mari y con Basajaun; con las nubes y con la tormenta; con los animales y los árboles, porque sabía como escuchar e interpretar a la naturaleza. Cada ser vivo tiene un espíritu pensaba Juanagorri y si sabes observarlo puedes entender su lenguaje.

Y aunque el no contaba nada sobre su vida en la montaña, de vez en cuando abordaba a los caminantes para preguntarles todo lo que pudiera. Siempre era bueno saber que nueva estupidez pensaban hacer los jauntxos del valle.

Por eso, ese día se dirigía hacia la ermita, porque era día de romería para los que imponían las tradiciones.

Así fue como se encontró con Joxe Miguel Bengoetxea, el famoso cablero de Araitz. Fue el primero que instaló los endiablados cables para bajar la hierba de la montaña.

Un gran avance industrial dijeron y justo entonces fue cuando Juanagorri decidió irse al monte.

En realidad, Juanagorri no tenía nada en contra de la industria mientras fuese de provecho y ayuda, pero en sus viajes por América, bien que había visto que la industria siempre iba acompañada de la avaricia.

¿Qué hay de nuevo? Le preguntó Juanagorri.

Y Bengoetxea le contó como Antsonegoikoa había estado apunto de quemarse porque una bala de paja había cogido fuego y había provocado un incendio.

La bala de paja debido al fuego se soltó del amarre y comenzó a descender por el cable, cayendo a mitad de recorrido en el bosque, cerca de Antsonegoikoa. Como ya estaba anocheciendo el cable no se veía claramente y solo se veía una gran bola de fuego que iba por el aire. Las personas que lo vieron dijeron que habían visto a Mari y que ella era la responsable del incendio.

Bengoetxea soltó una gran carcajada después de decir esto y añadió que le parecía increíble que alguien pudiera creer en la existencia de Mari.

Juanagorri que siempre se limitaba a escuchar no pudo aguantar la tristeza de presenciar tanta ignorancia y le contó que era verdad; que había sido Mari quien había lanzado la advertencia.

Mari no era una mujer con pies de pato. Mari era la naturaleza misma del fuego y el agua. La manifestación de estos dos espíritus transformándose y equilibrándose constantemente.

Cuando alguien deja un fardo de paja secándose al sol durante todo el día y con total inconsciencia, deja además, una botella vacía sobre ese fardo, lo natural es que la hierba prenda fuego.

Para mi, eso es claramente una advertencia de Mari mostrándonos lo peligroso de mezclar lo artificial con lo natural.

Tu puedes seguir creyendo en Papas e iglesias y dioses que por subir un crucifijo a  la ermita te van a acoger en el cielo, pero yo te digo que si escuchas a la naturaleza y sigues su camino, ya vives en el cielo.

A partir de aquel día, Bengoetxea que era muy rápido aprendiendo, siempre miró al cielo antes de salir de casa.

Ciudad Rocavientos

pueblo pigmeo el dedo diosLa entrada al valle era un desfiladero donde el viento entonaba el susurro de una melodía hipnótica. Los viajeros poco experimentados quedaban dormidos al poco de entrar en el desfiladero.

En Ciudad Rocavientos vivían los mejores escultores musicales del planeta, en ella se guardaban muchos secretos y para nada les gustaban los ladrones de secretos.

La música del viento era su guardiana y las formas de las rocas del desfiladero dejando pasar el viento, se encargaban de crear una música imperceptible al oído común de aquellos que no estuvieran educados para escucharlo.

A la ciudad, solo se podía acceder por aquel desfiladero o  volando y pocos seres en el planeta eran capaces de volar.

En Rocavientos eran escultores, pero también los maestros del aire y los únicos que sabían construir aeroplanos.

Al salir del desfiladero, se accedía a un gran valle que se ensanchaba hasta perder de vista sus límites. En medio emergía una isla, una escultura viviente que con sus muros y torres de roca esculpida en la montaña, hacían la ciudad accesible solo a los iniciados.

En ciudad Rocavientos no se construían instrumentos musicales, sino arquitecturas esculpidas en la roca y con propósitos secretos que cada ciudad le encargaba para salvaguardar sus más preciados tesoros.

Se construían anfiteatros, donde su asientos huecos filtraban y amplificaban hasta el más leve suspiro de los actores y así todos los espectadores pudieran oír con claridad incluso a 20 metros de distancia.

Se construían laberintos de muros deslizantes y también parlantes o así se lo parecía a quien entraba y escuchaba el eco de sus propios pensamientos.

Construían bibliotecas de silencio, donde solo se podía leer o escribir, ya que cualquier palabra se la tragaban las corrientes de vientos que aspiraban hasta los susurros al oreja.

Esculturas que transmitían las conversaciones de la calle y enviaban las palabras a kilómetros de distancia.

La lista de prodigios sería interminable y la fama de esta ciudad había llegado incluso hasta otros universos.

Esa era la razón de que Dedos Ligeros estuviera en la ciudad.  Dedos ligeros era un explorador de musikosmos,  un planeta de otro universo y debía su apodo, a que era un gran pianista, pero también a que era un ladrón de guante blanco.

El prefería el apodo de explorador, pero cuando se encontraba con un misterio, no podía resistirse hasta descubrir su secreto, y eso para los que guardaban los secretos, lo convertían en un ladrón de secretos.

Cuando Dedos Ligeros entró en el desfiladero, debido a su oído absoluto, había escuchado la melodía adormecedora de la entrada y añadiéndole una tonadilla silbada, había transformado el estacato en un alegro y así superó la primera barrera del acceso a la ciudad.

Después subió por una calzada adoquinada que parecía flotar en la nada, ascendiendo en espirales que subían y bajaban entrecruzándose unas con otras y convirtiendo así la escalinata en un laberinto aéreo del que si te caías, nunca más salías del abismo que había debajo.

Después de unas horas perdido, pensó que mejor si intentaba escalar los muros que rodeaban la ciudad, y paró un momento para pensar.

Entonces gracias a su educación musical, pudo escuchar al viento que sostenía la calzada en movimiento  y en el aire, repitiéndose en un ciclo ascendente y descendente  de escalas musicales. Al conocer el ciclo, supo que escala seguía a la siguiente para subir o para bajar y así en los cruces pudo elegir siempre la que subía y salir del laberinto.

Ya en la ciudad Dedos Ligeros se quedó con la boca abierta ante lo que vio.

Parado en mitad de la calle nadie le prestaba atención porque en Ciudad Rocavientos nunca había habido un ladrón y nadie imaginaba que alguien pudiera atravesar sus barreras defensivas.

Las casas que eran todas de piedra, eran ligeras como el viento que las acariciaba. Llenas de huecos. Ventanas y puertas abiertas, cubiertas por plantas, flores o incluso árboles que se expandían o se recogían a su paso si trataba de mirar dentro de las casas.

Una casa sobre otra y sobre otra hacían torres que parecían rascar el cielo.

Puentes sobre puentes, comunicaban casas y calles que hacían sentir al  caminante que paseaba por el cielo, entre nubes que se enganchaban a las torres, a las casas, hidratando a las plantas y luego de un rato seguían su camino.

Sin embargo, lo que más le impactó, fue ver a los habitantes de Rocavientos trabajar.

Por supuesto eran, maestros escultores que manejaban el mazo, el cincel y todas sus herramientas con una delicadeza que no se puede imaginar y eso también le gustó mucho.

Al principio, incluso le decepcionó un poco ya que ese podría ser el secreto de la ciudad. En el primer taller que vio, trabajaban niños y ancianos casi por igual. Parecía lógico pensar que años y años de aprendizaje, eran el secreto de conocer el arte de la escultura, pero cuando estaba admirando como lo hacían, un niño se levantó y sin el más mínimo gesto de esfuerzo, levanto la piedra que estaba tallando que pesaría como mínimo 300 ó 400 kilos. Eso no era posible para la mente de Dedos Ligeros, que era un hombre de mundo y había visto muchas cosas y muchos seres, pero nunca humanos tan fuertes. Luego un anciano hizo lo mismo y sin pensárselo, lo siguió.

En una plaza estaban construyendo una pirámide y las piedras que movían debían pesar toneladas. Dedos Ligeros llegó rápidamente a la conclusión de que ese era el secreto de los habitantes de aquella ciudad.

Debía descubrir como hacerlo, pero casi le descubren a él cuando intentaba levantar una roca, resoplando y apretando los dientes sin ningún resultado.

Cuando vio que algunos le miraban desconfiadamente, se alejo silbando una tonadilla como si no pasara nada.

Estaba llegando la noche y allí parecía que todos se conocían. No había extranjeros y no había visto ningún lugar para dormir, ni para comer.

En el momento en que el sol lanzó su último destello en el horizonte, se hizo un silencio. Parecía que todo el mundo se hubiera callado a la vez. Hasta que cesó el rumor, Dedos Ligeros no se había percatado de ese sutil rumor que ronroneaba en el aire.

El viento paró y el laberinto de escaleras de acceso a la ciudad también. Por una calzada bien firme, subían todo tipo de comerciantes y Dedos Ligeros aprovecho para mezclarse con ellos. Los llevaron a un gran recinto por donde los habitantes de la ciudad pasaban para comprar todo aquello que no podían hacer crecer en sus huertas.

Después de un rato, Dedos Ligeros intentó salir del recinto para explorar la ciudad e intentar descubrir su secreto, pero salir fuera estaba prohibido para los extranjeros.

Dedos Ligeros estaba pensando en escalar hasta una ventana bastante discreta, cuando un habitante bastante alto, fuerte y con cara de pocos amigos, le preguntó: ¿Tu que vendes?

Titubeando, pensando, temblando, Dedos Ligeros comenzó a tamborilear sobre una mesa y entonces el hombre rió sonoramente y grito para que todos lo oyeran: – ¡Eres Músico!

Todo el mundo se alegro mucho y enseguida empezaron a pedirle canciones, pero cantar no era lo que mejor hacía Dedos Ligeros y la gente comenzó a mirarle con decepción, desilusión e incluso algunos, con desprecio.

Entonces se le ocurrió una idea y dijo la verdad. Les dijo que él era pianista y tal como supuso nadie sabía lo que era un piano. Pidió a los maestros escultores que le tallaran piedras de diferentes grosores y longitudes y que las pusieran sobre dos troncos paralelos. En realidad, había construido un xilófono, pero como nadie conocía la diferencia, pudo hacer la música que le pidieron. Estuvo toda la noche sin parar. Nunca antes en ciudad  Rocavientos se había escuchado un concierto semejante. Todo el mundo estaba muy contento menos Dedos Ligeros, que vio como salía el sol y con él, el momento de marchar. Todos los extranjero debían salir de la ciudad para que sus habitantes pudieran trabajar.

Cuando llegaron al desfiladero, un niño agarró de la mano a Dedos Ligeros y tiró de él para que le siguiera. Entraron a un túnel y antes de que se diera cuenta el niño lo lanzó hacia arriba y aterrizó sobre una repisa donde apenas había luz. Se oía una melodía muy lejana, muy suave y la siguió. De vez en cuando llegaba a un cruce, donde tenía que elegir entre la primera melodía o una segunda. A veces, en las encrucijadas, había tres túneles y las melodías se entremezclaban. Tuvo que aprenderse la primera de memoria, porque cuando en alguna ocasión se confundió y cogió el camino incorrecto, se dio cuenta que algo oscuro y perverso acechaba en la sombra. Cuando se le erizaron los pelos del brazo, se dio cuenta de que era otra melodía y retrocedió asustado rápidamente. No quería que le volviera a pasar.

Al final, llegó a una sala luminosa, acogedora y se encontró con un anciano.

-       Veo que vienes de musikosmos le dijo el anciano.

Dedos Ligeros se puso alerta pues no comprendía como aquel anciano podía saber su secreto.

-Y veo que te marchabas si haber podido robar nuestro secreto.

Dedos Ligeros comenzó a tener mucho miedo. ¿Cómo podía saber aquel anciano sus intenciones malogradas? Ni siquiera, el mismo, sabía lo que tenía que robar. Nadie podía haber sospechado porque ni siquiera lo había intentado.

El anciano, viendo el miedo en los ojos de Dedos Ligeros, lo tranquilizó. Lo había observado todo desde el principio, desde que traspaso la primera barrera. Un viento le había seguido todo el tiempo. Los vientos se lo contaban todo al anciano.

La prueba del laberinto de túneles, había sido para confirmar que venía de musikosmos. Nadie en Cosmoforma podría superar esa prueba musical.

El anciano lo había convocado para entregarle el secreto que había venido buscando.

El secreto era la capacidad de hablar con los vientos y ese secreto, se lo había entregado a sus ancestros hacía miles de años un habitante de musikosmos, por lo que el anciano dedujo que si un habitante de musikosmos estaba intentado robar esa maestría, eso quería decir que en musikosmos se había perdido en el pasar de los tiempos. Por eso el anciano quería devolvérsela. Sin embargo Dedos Ligeros a pesar de ser un gran músico, era un explorador, no un mago de Musikosmos, por ello el anciano en comendó a Dedos Ligeros que cuidara del niño que le había agarrado de la mano y se lo llevara con él hasta musikosmos.

Una vez allí, debía llevarlo ante el mago maestre de Ciudad Monasterio y allí, el niño podría instruir a los magos a comprender el mantra mediante el cual, los habitantes de Rocavientos podían hacer que las piedras levitaran. Un mantra que murmuraban constantemente y que cesaba con la puesta del sol, cuando se dejaba entrar a los foráneos.

Un mantra que dice así: NAMDAODEIKING,…

 

Ciudad Celeste

IMG_5145A “Acuarela Coloreada” no le gustaba salir de su casa de hielo. En Ciudad Celeste el hielo era tan transparente que el azul  del mar reflejando el azul del cielo, ocupaba toda la gama de colores. En ciudad Celeste todos eran de sangre azul, Descendientes de los grandes sabios y reyes de la antigüedad. Aquellos que vivían bajo el mar. Ellos vivían en el norte, sobre el mar, sobre los hielos perpetuos.

Eran los hombres y mujeres de hielo. Llamados Gentiles.

Durante algunos meses también vivían en Ciudad Celeste algunos hombres y mujeres de arcilla, pero solo cuando el sol más calentaba.

Nunca, ningún niño de arcilla había visitado ciudad Celeste por el frío tan intenso que hacia.

Los hombres de arcilla vivían en el límite entre los hielos perpetuos y la tierra firme. Siempre habían tenido trato con los Gentiles, ya que los hombres y mujeres de hielo daban a luz en el mar de Plancton, a orillas de Ciudad Terracota, la ciudad de los hombres de arcilla, y sus hijos convivían con los hombres de arcilla hasta que se hacían adultos y no podían vivir sin derretirse. Solo el color de su piel les distinguía en los primeros años.

Los Gentiles poco a poco con la edad, iban perdiendo toda la tierra que les hacía parecer hombres de carne y hueso a semejanza de los hombres arcilla y se iban haciendo cada vez más transparentes, como el agua pura.

Los Gentiles más ancianos cuando ya eran agua pura, se convertían en  grandes sabios porque en sus moléculas de agua estaba la información de toda la historia del planeta y algunos misterios más.

“Acuarela Coloreada”  era un bicho raro.  Su piel no era de color azul y su sangre se acercaba más al rojo que al azul porque era hija de una mujer de hielo y un hombre  de arcilla.

Normalmente cuando nacía un mestizo, siempre se quedaba a vivir entre los hombres de arcilla, porque no eran capaces de aguantar el invierno de Ciudad Celeste, pero como hemos dicho “Acuarela Coloreada” era diferente.

Y aunque a ella no le gustara ser diferente, lo cierto es que tenía cualidades únicas que la hacían muy especial y por las cuales, los  gentiles más ancianos la habían reclamado, aunque no sabían exactamente para que. Su intuición les advirtió de lo importante que era ser diferente y lo importante de instruirla como a una maestra del agua, que con el tiempo comprendiera los dos mundos de agua y tierra.

Por eso, se había convertido en la única niña en la historia de los hombres y mujeres de hielo  que vivía en ciudad celeste.

Cuando llegó, la ciudad le pareció maravillosa, con sus cuevas talladas en hielo. Las mesas, los armarios, las camas, las habitaciones, todo era de hielo. En su primera ducha se divirtió mucho cuando al ablandarse tanto su cuerpo viajo por las tuberías de desagüe como si viajara por un tobogán gigante. Cuando se recuperó y pudo dejar de reír por lo divertido del viaje, le advirtieron de lo peligroso que había sido. Ningún mestizo nunca había podido deshidratarse hasta convertirse en líquido como lo hacían los grandes maestros del agua, los gentiles más ancianos. Nadie sabía que podía ocurrirle si lo volviera hacer.

Paseando por la ciudad se maravilló de las formas tan esbeltas y bellas que el hielo iba creando según iba pasando el día y el calor aumentaba o disminuía. No pudo reprimirse y cuando llego a una especie de catedral sin techo pero con grandes vidrieras sacó sus pinceles de pelo de morsa y comenzó a colorear aquí y allá dejando que su imaginación volara.

En el suelo  le pareció ver figuras más o menos con forma humana y las vistió con grandes ropajes de colores, con bigotes, con barbas, con pendientes, adornos, tatuajes y todo lo que le pareció bello y divertido. Pero al igual que con la ducha, la diversión se terminó pronto. No debería haber entrado en la catedral, era el recinto sagrado que los grandes sabios utilizaban para viajar por el mundo, le dijeron en cuanto la vieron.

Acuarela de colores no entendió hasta el día siguiente lo que había hecho, cuando vio a los grandes ancianos vestidos y disfrazados como ella los había pintado. No la regañaron pero la miraban con severidad para que no volviera hacerlo.

Los grandes sabios para viajar por el mundo y recoger información iban a la catedral y se calentaban al sol y se derretían hasta formar un charco de agua que tenía que esperar hasta el frio de la noche para recuperar su forma original humanoide. Durante el día las partículas de su cuerpo que se habían evaporado viajaban por el cielo recogiendo información y a veces en el mismo día o a veces, meses después volvían  por mar o por la  misma lluvia, con la información recogida por el mundo entero. Los ancianos hasta que su otro cuerpo evaporado volviera, no podían arriesgarse a derretirse al sol, pues corrían el riesgo de derretirse del todo y perderse en el mundo de las nubes o en el mundo de los océanos sin nombre y algunos tuvieron que pasar muchos días con los colores o dibujos que Acuarela les había pintado.

En ciudad Celeste había grandes maravillas esculpidas en agua y hielo pero nada para que una niña jugara y además como casi todo allí, era azul y blanco, no le dejaban colorear ni pintar nada, por miedo a que no sabían lo que podría pasar.

Los gentiles además de sabios eran muy estudiosos y una de las cosas que más les gustaba estudiar era la geometría aplicada a la arquitectura. Primero dibujaban en dos dimensiones formas básicas como círculos, cuadrados y triángulos… Los convertían en esferas, cubos y pirámides de hielo de tres dimensiones y las combinaban para construir edificios, puentes, caminos, árboles, montañas, cuevas y todo lo que se les ocurriera que tuviera que ver con el equilibrio, sus formas y sus apoyos o estructuras.

Por eso caminar por ciudad celeste no era fácil. La ciudad era un laberinto de casas cueva donde habitaban los gentiles y una mezcla de proyectos estructurales y arquitectónicos; algunos en construcción y otros en destrucción.

Para una niña mestiza era imposible distinguir entre un puente de hielo en construcción y otro que ya estaba abandonado.  Los dos eran peligrosos para ella. Uno porque se podía caer y el otro porque ella pesaba más que los hombres y mujeres de hielo por lo que los cálculos de un puente en construcción no estaban hechos para que ella pasara por encima y los arquitectos que estaban construyéndolo se enfadaban con ella.

Port todo esto, a “Acuarela Coloreada” no le gustaba salir de casa.  Pasaba el tiempo coloreando y dibujando sobre las paredes de hielo de su casa. Lo que más le gustaba de colorear el hielo, era que podía cambiar sus formas solo con su voz. Mezclaba los colores, pincelaba aquí y allá según le parecía y después cantaba una canción. Una canción cantada desde el corazón y enseguida por el tono de su voz se daba cuenta si se encontraba triste o alegre o enfadada. Cualquier  emoción que ella expresara, el agua la captaba y las formas del hielo cambiaban combinando los colores  y creando paisajes y formas que al final, siempre se traducían en una sonrisa en sus labios, por el agradecimiento que sentía por los mensajes que el agua le devolvía.

“Agua Coloreada” solo salía de casa cuando venían a visitarlos los hombres de arcilla. De ellos conseguía los pigmentos verdes del mar de plancton y los amarillos y ocres de las tierras de Ciudad de Terracota.

Los gentiles eran famosos debido a que gracias a toda la información que almacenaba su cuerpo, podían predecir muchas cosas posibles del futuro. Igual que todo el mundo sabía en el planeta Cromado, que después de la noche llega el día, los gentiles como conocían toda la historia del planeta, podían predecir todo lo que no viniera de otra galaxia. Cosas como el clima, la enfermedad, las catástrofes naturales, la agricultura, la minería, la metalurgia… eran bien conocidas por ellos.

Por eso cuando cayeron los meteoritos venidos de otra galaxia, los ancianos que habían tratado de transmitir a “Acuarela” la sabiduría del agua, sabían que había llegado el momento de que ella se ocupara de dar consejo a los hombres de arcilla.

En poco tiempo el planeta Cromado se oscurecería y los hombres y mujeres de hielo desaparecerían. Para vivir necesitaban el ciclo de evaporarse por el calor del sol y volver a solidificarse por el frio de la tierra. Ahora que el sol desparecería oculto por una espesa nube de cenizas que estaba cubriendo el cielo, durante un tiempo ellos también desaparecerían.

Los hombres de arcilla preocupados preguntaron cuanto tiempo  duraría la oscuridad y los gentiles que no sabían la respuesta mandaron a “Acuarela Colorada”.

“Acuarela” pintó muchas veces sobre el hielo pero el agua siempre le daba la misma respuesta: nada parecía cambiar en el ciclo de los días y las noches.  El agua no tenía la información de los nuevos meteoritos y no podía predecir ese futuro.

Sin embargo, los ancianos de hielo cada día iban perdiendo su cuerpo con cada viaje ya que sus cuerpo evaporado se sumergía en la nube gris de ceniza que decían estaba envolviendo el planeta.

“Acuarela Colorada” sentía que en la gama de colores le faltaba el rojo del fuego. Nunca había podido reproducirlo en sus acuarelas y nunca lo había echado en falta, pero cuando vio los meteoritos cruzar el cielo cayendo hacia la tierra, el rojo vivo de sus llamas se le grabaron en los ojos.

Por eso, decidió hacer como los ancianos de hielo y desintegró su cuerpo para poder viajar por el aire como el vapor y cuando llegó hasta uno de los meteoritos cogió una brasa que quedaba bastante alejada de él, pero con la información del rojo vivo que necesita incluir en sus acuarelas.

Cuando estaba pensando en como transportarlo, conoció a Jim Metal, un fotógrafo de la Ciudad minera Pigmenta Blanca.

Estaba recogiendo información porque en su ciudad también estaban preocupados. Acuarela se presentó, le miró a los ojos y a pesar de lo grave de la situación y la prisa que llevaba por volver, sintió un espacio vacío donde despareció todo alrededor, haciéndola sonrojar por un sentimiento de amor desconocido hasta entonces por ella.

Cuando salió del vacío le explicó su teoría y le pidió ayuda.

Así pues, ella volvió por aire para no perder la parte de su cuerpo dejada en ciudad Terracota y él, nacido en un pueblo minero, construyó una caja de metal para transportar el pequeño trozo de meteorito. Corrió durante tres días y llegó hasta donde estaba aquella mujer fascinante de agua y tierra que le había cautivado.

Cuando Acuarela combinó todos los colores, con la información llegada de más allá del planeta. Gracias al pequeño trozo de meteorito, el agua y el hielo respondieron a su canción con la imagen de una Aurora Boreal.

Nadie sabía lo que era eso, pero pronto lo sabrían. Había que avisar a los pueblos. Debían esconderse bajo tierra con comida y bebida para dos años y cuando en el cielo se vieran el rojo, el verde y el amarillo viajando por el cielo significaría que la vida comenzaba de nuevo en el planeta Cromado.

Esa señal sería la Aurora Boreal. El comienzo de una nueva era en el planeta Cromado. Y con ese nombre se le conoció a partir de entonces a “Acuarela Colorada” que se unió a Jim Metal, el alquimista fotógrafo. El hombre que con su ayuda hizo posible que Acuarela avisara a toda la población del planeta para que se pusieran a salvo.

Pocos conocen la historia de Jim Metal, pero eso es otra historia, aunque si podemos decir que fue el padre de la gran artista Pigmenta Arcoiris que muchos años después fundaría el castillo de lápices de colores.