Ciudad Ferrata

 

Agata Ruedafierra era la locomotora más antigua del planeta performado. Había recorrido el planeta entero siguiendo a los escultores del Hierro. El pueblo nómada a quien el creador de mundos había encargado esculpir las vías ferroviarias que unieron a todas las tribus.

Para Agata Ruedafierra había llegado el momento de retirarse. Sus engranajes empezaban a desgastarse y cualquier día podrían romperse. Los escultores del hierro una vez cumplido su objetivo había desaparecido y ya no había nadie capaz de esculpir locomotoras con ruedas de hierro como las de Agata.

Los trenes modernos estaban hechos con aleaciones de metales ligeros y podían ir mucho más rápido que Agata. Cuando algún tren joven  la alcanzaba y no había posibilidad de cambiar de vía se enfadaba mucho y le gritaban que se jubilara y dejara libre la vía.

pero a donde iva ir ella si abandonaba la vía. La vía era su vida. Siempre había vivido allí.

Una mañana transitando una vía secundaria vio una señal desconocida para él, lo que le intrigo mucho ya que creía conocer todas las vías y estaciones  del planeta.

El cartel ponía:  “Ciudad Ferrata”.

Tomó esa vía que le llevó durante muchos kilómetros a introducirse en un desierto que parecía interminable. Cuando llegó a consumir la mitad del combustible paró y tuvo que decidir si seguir adelante o volver. Con lo que le quedaba de combustible podía volver a la anterior estación, pero   si seguía hacia adelante y no encontraba ninguna estación en lo que le quedaba de combustible se quedaría inmóvil en mitad de un desierto por donde no parecía pasar nunca nadie.

Confió en que si había un indicador de una ciudad, esta debería estar en alguna parte y que quien construyó esa vía en algún lugar debería haber repostado.

Siguió y mucho más adelante con gran pena tuvo que deshacerse de sus antiguos vagones para eliminar peso y poder avanzar más kilómetros.

Al final de una cuesta interminable, apareció en un valle y a mucha distancia una gran montaña. No se distinguía bien pero bien podría ser Ciudad Ferrata.

Apenas le quedaba combustible para un par de kilómetros por lo que cerró el depósito y se lanzó cuesta abajo, a tumba abierta co la esperanza de que los frenos aguantaran y no descarrilara.

Con las ruedas al rojo vivo que parecía que iban a fundirse alcanzó la base de la montaña y la puerta de entrada de la ciudad donde ponía su nombre: “Ciudad Ferrata”

Agata Ruedafierra entendió el nombre. El camino de acceso a la ciudad era un estrecho sendero construido con hierros clavados en la roca y cables por los que ninguna locomotora podría acceder. Era un camino para ese tipo de humanos escaladores de montañas que alguna vez había visto en sus viajes.

Con el poco combustible que tenía abandonó la vía y siguió un sendero que rodeaba la montaña y con una inclinación moderada que le permitía avanzar.

El camino era tan estrecho que sus puertas chirriaban al roce con la pared de la montaña y las ruedas exteriores a veces solo se apoyaban en la mitad de su superficie. El miedo bloqueaba sus engranajes, pero ¿Qué podía hacer? Ya no había marcha atrás.

 

En la tercera vuelta a la montaña y a 600 metros de altura. ¡Qué sorpresa! En mitad del camino con las piernas bien apoyadas y los brazos en jarras apareció un escultor de hierro. Uno de aquellos que se suponía habían desaparecido del planeta, hacía muchos siglos.

El escultor le saludo como si conociera a Agata de toda la vida. Le explicó que sino quería despeñarse no podía continuar por ese camino pero que si tantas ganas tenía de llegar a la cima podía entrar en el túnel que entraba al corazón de la montaña unos metros más adelante. Por allí tampoco, encontraría un camino apropiado para una locomotora, pero en el centro de la montaña se encontraban las forjas de los escultores de hierro.

Si estaba dispuesta a cambiar, él le podría ayudar en la transformación.

El tunel era oscuro y no se veía luz alguna. Agata Ruedafina era la locomotora más antigua del planeta. No tenía focos de luz como los modernos tranvías. Recordó sus primeros tiempos cuando viajaba con Alikate Locomotoro. Su inseparable maquinista hasta que dejó este mundo. Alikate se ponía de pie en el guardachoques delantero. Agarrándose con una mano y estirando la otra hacia delante con una antorcha para prevenir que no hubiese nada en la vía. Los túneles eran oscuros y peligrosos en aquellos tiempos en los que la electricidad no llegaba a todas partes.

Con la esperanza de llegar al centro de la montaña Agata siguió a ciegas. En la más absoluta oscuridad se quedó parada sin combustible. Al principio grito, peleo por mover toda su pesada maquinaria, trató de imaginar mil maneras de salir de allí y avanzar pero al final tuvo que rendirse a la evidencia. Nunca saldría del túnel.

No sabía cuanto tiempo había pasado en silencio cuando escuchó una voz y el escultor de hierro se le apareció delante. Estaba en el corazón de la montaña. La sensación era extraña como en un sueño. Su vieja y pesada máquina no le acompañaban. Solo era una idea.

-¿Has venido por fin? le dijo el escultor de hierro.

  • ¿Donde estoy? ¿Quién soy? Le preguntó Agata.
  • Estás en el corazón de tu alma. Donde no eres nadie, solo eres. Aquí puedes elegir quedarte en este mundo, en este planeta y volver a ser una nueva versión de Agata, aunque tendrás que confiar en mi y mi pericia como escultor. También puedes elegir ir hacia aquella luz y elegir ir a otros mundos donde yo no  puedo saber en quién o qué te transformarás.

Agata eligió quedarse en el planeta. Quería conocer Ciudad Ferrata. El escultor le invitó a volver al silencio que le había llevado hasta el corazón de su alma para que el pudiera trabajar y llevarla hasta la ciudad.

Agata una vez más no supo cuanto tiempo había estado en silencio hasta que el tañido de una campana le despertó.

A su alrededor había mucha gente. Podía oír los traqueteos y el lenguaje de los trenes. Podía sentir los engranajes moviéndose en su vieja máquina, pero no podía moverse. Estuvo todo el día observando el ir y venir de las gentes sin descubrir quién era o que era, hasta que se vio reflejada en la lente de un turista que lo fotografiaba.

El escultor había devuelto a la vida a la locomotora, transformándola en el reloj de la estación de Ciudad Ferrata.

Monjes caminantes del fuego

 

 

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Ciudad monasterio era famosa por sus monjes capaces de caminar sobre el fuego. Al viajero, cuando entraba en la ciudad, le  sorprendía el nombre de monasterio ya que al atravesar sus puertas la cantidad de gente y el bullicio que generaban eran todo lo contrario a lo que uno podía esperar encontrar en un monasterio.

Mas bien parecía una mezcla entre un circo, un espectáculo de magia y un mercado portuario que recibía a gentes y criaturas de todo el planeta, de todos los colores y de todas las dimensiones.

Era una ciudad de oportunidades y a la vez una ciudad de perdiciones. Un viajero avispado podía hacer fortuna rápidamente o bien perderlo todo y caer en la miseria.

Los puestos de mercancías estaban tan apiñados y entremezclados que se convertían en un laberinto de pasillos, calles, puertas, túneles y pasadizos elevados que hacían perder la orientación al recién llegado.

Los niños aulladores se peleaban por hacer de guía a los viajeros, a los cuales si no estaban atentos, les robaban. Eran niños abandonados a los que nadie había enseñado a hablar, ni ha convivir. Se decía que su jefe era uno de los espíritu lobo que vivían y custodiaban la entrada a la verdadera ciudad monasterio que dio origen a aquel lugar.

Entre el laberinto de calles, a veces había alguna plaza donde los magos, mostraban sus habilidades. Todos eran muy poderosos. Rompían piedras con las manos, se atravesaban agujas por el cuerpo, sin sangrar. Movían a la gente sin tocarlos… pero los más poderosos eran los magos que habían conseguido el título de monjes caminantes, del fuego que no solo podían caminar entre brasas ardiendo, sino que además manejaban el fuego a su antojo. Sus manos podían generar tanto calor que podían quemar cualquier cosa o soltar una descarga eléctrica capaz de derribar a un elefante. Además complementariamente tenían otra habilidad que les daba un gran poder a los monjes. Eran capaces de recitar mantras antiguos y de hacer armónicos mientras bailaban una danza que hacia llover en los campos de cultivo.

Ánima había llegado a la ciudad hacia ya 10 años y había estudiado duro. El entrenamiento para entrar en la orden de los caminantes del fuego era muy estricto, exigente y duro. Aprendió a romper una piedra con un golpe de su mano. Podía hacer saltos mortales hacia adelante y hacia atrás. Su cuerpo resistía todo tipo de golpes. Era uno de los mejores artistas marciales de los últimos tiempos. No había perdido ningún combate. Sin embargo estaba nervioso, no entendía la necesidad de memorizar los mantras. Había conocido a monjes que tenían las mismas habilidades que él y no usaban los mantras mas que para hacer llover y ese ritual se hacia siempre en grupo. No era una prueba obligatoria para entrar en la orden.

Faltaba solo una semana para la prueba final de acceso donde tendría que caminar sobre el fuego. Estaba prohibido probarlo antes de la ceremonia de iniciación, que a la vez era de descalificación, si no se conseguía superarla.

En realidad, a Ánima no le preocupaba superar la prueba. Nunca se había sentido a gusto con el circo de las artes marciales que los monjes montaban para impresionar. Lo que le preocupaba era no entender lo que decían los mantras que desde el principio le atrajeron como un imán pero cuando los memorizó se quedó frío como un helado de carámbano. Nada cambió y frustrado pensó que no servían para nada. Que solo eran un adorno.

Saliendo por el extremo oeste de la ciudad, había un pequeño bosque que llegaba hasta la orilla del lago más grande que nunca había visto. Parecía el mar, pero los exploradores de la tribu de la madera habían conseguido cartografiarlo y se sabía que era un lago.

Se sentó en la orilla mirando al lago y comenzó a repetir los mantras una y otra vez. Después de un largo rato y ya cansado, se quedó en silencio, mirando al horizonte y justo entonces le llegaron a la memoria, los cantos Gregorianos que su padre le cantaba cuando era niño. Mientras cantaba, recordó la historia que su padre le contaba sobre los misteriosos monjes Gregorianos que nadie en el planeta sabía donde vivían, aunque su música casi olvidada,  era reconocida como mística y sanadora por todos los habitantes del planeta.

Su voz vibraba por todo su cuerpo como si un ejercito de hormigas masajistas se pasearan por él. Sonreía gustoso, casi como adormecido cuando de repente, abrió los ojos como dos soles asombrados. Por un instante fugaz, delante suya, a unos 200 metros, una ciudad sobre una isla había surgido de la nada y un puente arcoiris la unía a la orilla.

¿Se habría quedado dormido? ¿Lo había soñado?

  • Tranquilo no lo has soñado. Acabas de ver la verdadera Ciudad Monasterio.

Su entrenador, se encontraba detrás suyo y le contó que llevaba mucho tiempo observándolo, porque veía en su corazón un verdadero monje. Sabía que solo era cuestión de tiempo que su nivel de atención y escucha le llevaran a descubrir la verdadera ciudad. Su entrenador estaba sorprendido por como había llegado a vibrar en la misma frecuencia que la ciudad, ya que en los últimos tiempos, eran muy pocos los que conocían, los en otra hora famosos cantos gregorianos. – ¿Quién te enseño a cantar gregoriano? – le preguntó y enseguida le explicó que los verdaderos monjes y magos vivían en la isla invisible a los ojos de las personas normales. Habían dejado crecer  la orden de los caminantes del fuego que  con su disciplina y pruebas hacían de filtro contra aquellos que querían acceder a los secretos de la ciudad tan solo para buscar la fama. Era una tapadera para alejar a los falsos magos que solo buscaban el poder sobre los demás.

Los verdaderos magos – le explicó  Stravinsky Garrapatea, su entrenador – también recitaban mantras y cantaban gregoriano y eso les llevaba a vibrar en una frecuencia diferente que les permitía hablar con todos los seres de Musikosmos. Cada ser, incluso cada cosa tiene un espíritu y tu podrías escucharlos, verlos y hablar con ellos si consigues cruzar el puente que acabas de ver, le dijo.

Allí, entre hombres y mujeres viven  todo tipo de espíritus: instrumentos animados, notas, pentagramas, animales, insectos y pájaros que pueden ver ver, oír y tocar en la misma frecuencia que los hombres y mujeres de Musikosmos, en este planeta  que en los tiempos antiguos se llamaba ReSostenido y donde se fundó la primera Ciudad Monasterio.

Caminar sobre el fuego no era la prueba que tenía que superar si quería acceder a la verdadera magia de hacer visible lo invisible. De viajar más allá de su cuerpo y del tiempo. Caminar sobre el aire era la verdadera prueba para acceder a ciudad monasterio.

- ¿Qué debo hacer? preguntó entusiasmado Ánima.

  • Ya lo sabes, contestó Stravinsky. Has entrenado durante 10 años para ello.

Ánima comenzó a cantar Gregoriano con la esperanza de volver a ver el puente. Le costó un buen rato concentrarse, relajarse y olvidarse de la excitación que le generaba querer ver otra vez ese nuevo mundo.

Cuando por fin los pensamientos desaparecieron de su mente y se concentró en sentir la vibración de los cantos, el puente y la ciudad aparecieron.

Comenzó a caminar sobre un puente que era translucido, etéreo, como una nube que flotaba en el aire y comenzó a preguntarse como era posible. En ese mismo instante cayó al agua y el puente desapareció.

Frustrado, nadó hasta la orilla y pensó que no había superado la prueba. Buscó a Stravinsky pero no lo encontró. Al día siguiente volvió y cantó, y el puente apareció y volvió a caminar y cuando volvió a maravillarse y preguntarse como era posible, volvió a caer al agua. Durante 40 días lo intentó. Incluso por si acaso, se presentó a la prueba de caminar sobre el fuego, que superó. Todos le alabaron y lo festejaron por todo lo alto, pero cuando al día siguiente intento caminar sobre el aéreo puente; Ánima se deprimió más para desconcierto de todos sus amigos.

Curiosamente solo encontraba consuelo cantando gregoriano y por ello seguía yendo todos los días a la orilla del lago. Cuando aparecía el puente, aunque sabía que caería al agua no podía resistir intentarlo de nuevo y así sucedió hasta que después de 40 días cuando caminaba por el puente, sintió la caricia del aire en la planta de sus pies. El puente lo sostenía, ni siquiera tenía que andar. El espíritu del puente era ese precisamente, transportarlo de un lugar a otro. Llegó a tierra firme y sintió la calidez de la tierra que se comunicaba con él. Era la vibración de la calma, de la paciencia. La tierra que lo alberga todo, que acepta todo y que sostiene y da a luz a todo. Esperó y observó y la ciudad se fue haciendo más nítida, más solida. Ánima no pensaba, no juzgaba. Era como cuando luchaba en combate con los monjes de la orden de los caminantes del fuego. Siempre ganaba los combates porque no pensaba, solo sentía a su oponente y reaccionaba a sus movimientos. Solo tenía que relajarse y concentrarse en sentir, para sentir la energía fluyendo y seguirla. Solo seguir, solo caminar, solo sentir, solo compartir. Todo se convertía en una sola acción.

Entró en la ciudad y los monjes le dieron la bienvenida. Stravinsky le saludo con un simple gesto de cabeza y sonrió. La ciudad vibraba en todo su cuerpo, era pura música. Como escuchar un concierto interminable que salta de frase en frase, de nota a nota, de espíritu a espíritu. Porque todo lo que le había contado Stravinsky era verdad.

Se encontraba con un pentagrama y se ponían a componer música. Se encontraba con un trombón y jugaban un concurso de soplidos huracanados.

Se encontraba con un pájaro y volaba en bandada sobre el cielo de la ciudad mientras cantaban el himno a la alegría de Beethoven.

Ánima encontró la calma y la sabiduría para mantener su cuerpo, su mente y su espíritu en aquella vibración y pasó a formar parte de los verdaderos monjes del fuego. Los magos capaces de hacer visible lo invisible.

 

Juanagorri

 

Juanagorri sentado en el espolón del Balerdi mirando hacia los vientos que venían del mar pudo distinguir como Mari cruzaba las oscuras nubes que traían la tormenta. Sin embargo, el aire todavía no alcanzaba a oler los relámpagos de Mari surcando el cielo. Eso le daba todavía algunas horas hasta el atardecer de truenos y rayos, de pedriza y viento racheado que se avecinaba. Mari estaba enfadada y Juanagorri no sabía por qué.

Salió brincando de piedra en piedra y con su vara de avellano a modo de pértiga volaba ladera abajo desde el Artubi en dirección a Unako Putzua.

Seguro que allí se encontraba con alguno en dirección a la ermita de San Miguel y puede que ahí encontrara respuesta.

Hacia ya algunos años que había decidido vivir en el monte.

Si se escuchaba a la naturaleza y a los ancestros, no faltaba de nada. Juanagorri vivía solo en Aralar porque prefería el silencio de sus habitantes al parloteo fanfarrón e ignorante de los vecinos del valle.

Juanagorri no contaba a nadie que el podía hablar con Mari y con Basajaun; con las nubes y con la tormenta; con los animales y los árboles, porque sabía como escuchar e interpretar a la naturaleza. Cada ser vivo tiene un espíritu pensaba Juanagorri y si sabes observarlo puedes entender su lenguaje.

Y aunque el no contaba nada sobre su vida en la montaña, de vez en cuando abordaba a los caminantes para preguntarles todo lo que pudiera. Siempre era bueno saber que nueva estupidez pensaban hacer los jauntxos del valle.

Por eso, ese día se dirigía hacia la ermita, porque era día de romería para los que imponían las tradiciones.

Así fue como se encontró con Joxe Miguel Bengoetxea, el famoso cablero de Araitz. Fue el primero que instaló los endiablados cables para bajar la hierba de la montaña.

Un gran avance industrial dijeron y justo entonces fue cuando Juanagorri decidió irse al monte.

En realidad, Juanagorri no tenía nada en contra de la industria mientras fuese de provecho y ayuda, pero en sus viajes por América, bien que había visto que la industria siempre iba acompañada de la avaricia.

¿Qué hay de nuevo? Le preguntó Juanagorri.

Y Bengoetxea le contó como Antsonegoikoa había estado apunto de quemarse porque una bala de paja había cogido fuego y había provocado un incendio.

La bala de paja debido al fuego se soltó del amarre y comenzó a descender por el cable, cayendo a mitad de recorrido en el bosque, cerca de Antsonegoikoa. Como ya estaba anocheciendo el cable no se veía claramente y solo se veía una gran bola de fuego que iba por el aire. Las personas que lo vieron dijeron que habían visto a Mari y que ella era la responsable del incendio.

Bengoetxea soltó una gran carcajada después de decir esto y añadió que le parecía increíble que alguien pudiera creer en la existencia de Mari.

Juanagorri que siempre se limitaba a escuchar no pudo aguantar la tristeza de presenciar tanta ignorancia y le contó que era verdad; que había sido Mari quien había lanzado la advertencia.

Mari no era una mujer con pies de pato. Mari era la naturaleza misma del fuego y el agua. La manifestación de estos dos espíritus transformándose y equilibrándose constantemente.

Cuando alguien deja un fardo de paja secándose al sol durante todo el día y con total inconsciencia, deja además, una botella vacía sobre ese fardo, lo natural es que la hierba prenda fuego.

Para mi, eso es claramente una advertencia de Mari mostrándonos lo peligroso de mezclar lo artificial con lo natural.

Tu puedes seguir creyendo en Papas e iglesias y dioses que por subir un crucifijo a  la ermita te van a acoger en el cielo, pero yo te digo que si escuchas a la naturaleza y sigues su camino, ya vives en el cielo.

A partir de aquel día, Bengoetxea que era muy rápido aprendiendo, siempre miró al cielo antes de salir de casa.

Ciudad Plantel

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CIUDAD PLANTEL

Cuando  en Invierno, a “Ciudad Plantel” se la observaba desde las cimas de la sierra Saurius, aparecía como una extensa estepa verde, salpicada de pequeños bosques, y pirámides escalonadas, como colinas en su centro. Atravesada por reflejos de oro y plata que eran sus ríos y lagos, alimentándose de sol y luna.

Estaba rodeada de un anillo verde de musgos que tenían millones de años. Estos atraían un densa nube de nieblas y brumas que protegían, ocultaban y hacían de la ciudad un lugar invisible.

Además la historia y la ignorancia habían hecho que Ciudad Plantel se considerará un mito inexistente, ya que muchos viajeros daban testimonio de que la ciudad aparecía y desaparecía de los lugares en los que se la veía. Esto era debido a que Ciudad Plantel estaba viva y se desplazaba lentamente por la tierra. En previsión de los ciclos glaciares del planeta. Era una ciudad transhumante. La única que había sobrevivido desde el principio de los tiempos y a través de las eras glaciales.

El señor Abedul  Siberia, había sido uno de los primeros repobladores de las tierras del norte cuando termino la última era glacial.

Volvía de un largo viaje de tierras del sur, y aunque siempre le resultaba agradable volver a su ciudad natal en el ecuador, añoraba sus tierras norteñas de inviernos fríos y blancos.

A fin de cuentas, en ciudad plantel solo había nacido. Fue el retoño más joven de la repoblación. Tuvo mucha suerte de sobrevivir a los primeros años cuando la glaciación se resistía a retirarse. A las glaciaciones siempre les daba miedo comenzar una nueva etapa, siempre querían seguir meditando, estudiando. Congeladas. Les daba miedo crecer y por eso se resistían  al sol y su sabiduría. Los primeros años de luz eran difíciles para los habitantes que habían sobrevivido al frío.

La vida de Ciudad Plantel era precisamente la de hacer de puente entre las eras glaciales y las secas.

En Ciudad Plantel se conservaban todas las semillas del mundo y en Ciudad Plantel vivían todos aquellos que amaban la vida por encima de todo interés propio.

Los más ancianos y los primeros, eran los 8 árboles millonarios: “CHEN, SUN, LI, KUN,TUI, C’HIEN, K’AN, KEN”

Le resultaba difícil creer que un señor del Fuego en el Sur, estuviera dispuesto a llevar a la oscuridad al planeta.

Pero lo había visto con sus propios ojos. El rey Tizón de fuego estaba eliminando todos los colores del planeta Cromado para igualar todo con el negro de su linaje.

Tenía que avisar a los 8 árboles.

Cuando entró en Ciudad Plantel todo seguía igual. Primero cruzó por el tapiz cálido, húmedo y esponjoso del anillo de musgos y líquenes donde trabajaban sin parar todos los minúsculos hombrecillos verdes. A sus habitantes no les gustaba nada que les llamaran hombrecillos, ya que consideraban que no tenían nada que ver con esa especie de barbaros ignorantes. Siempre aludían a sus antenas para diferenciarse de los hombres. Los geométricos que así se llamaban en realidad, se parecían mucho más a los insectos y con sus antenas eran capaces de sintonizar con el sol, las estrellas y la luna. Gracias a las formas y geometría de sus cuerpos hacían de antenas receptoras y podían llevar  su calor y su energía a lo más profundo de la tierra. Había que andar con mucho cuidado para no pisarlos. Por suerte eran bastante elásticos y si en un descuido se pisaba alguno, solo recibías una pequeña descarga eléctrica que te sacudía como los rayos de caramelo que caían en otoño.

Al terminar de atravesar el anillo de musgo, te recibían los bosques coloreados. Estos podían percibir tus emociones y cambiaban de color indicando a los guardianes si llegabas con buenas o malas intenciones.

A los guardianes era mejor saludarlos de lejos. Eran los árboles más rápidos y espinosos de la ciudad. Como los árboles nunca han sido rápidos por naturaleza, estos se dejaban caer y con un efecto dominó antes de un suspiro te habían rodeado en una cárcel de espinos que te agujereaban dejándote solo el espacio justo para respirar.

Una vez dentro, el señor Abedul Siberia se tomo su tiempo antes de ir a ver a los 8 ancianos.

Saludo a los Ciervojardineros de agricultura y movimiento, a los pájarorecolectores de sanidad y prevención de riesgos, a las abejassembradoras de festejos y cultura, a los topoconstructores de tuneles y caminos, en definitiva saludo a todo el mundo y ofreció su ayuda a todo el que la necesitó. Finalmente para recobrar las fuerzas paró en colinareposo y allí pudo darse una ducha de polen dorado que le hizo estornudar de alegría, bebió un coctel de savia que el viejo Olivo Aceituna, el más anciano de los alquimistas, le preparó. Necesitó un buen masaje de las hormigaspintadoras, ya que en su viaje al sur, el hollín y negro de los tizones, habían oscurecido mucho sus hojas y no podía entrar al recinto sagrado de los 8 árboles, sucio. Ni de mente, ni de cuerpo. Debía entrar en paz si quería comunicarse con ellos, transmitirles su mensaje y recibir su consejo.

Cuando entró en el círculo de luz verde, necesitó respirar profundamente unos minutos para poder ver a los ancianos que ya eran la mínima expresión de la materia y sus contornos arbóreos, apenas eran perceptibles en el fondo verde de luz.

El Espino ”Chen”, el Sauco ”Sun”, el roble “Li”, el Baobab “Kun”, el Ginko “Tui”, el Cedro ”C’hien”, el Tejo “k’an”, el Alerce “Ken”, le dieron la bienvenida escucharon sus noticias  y comenzaron a difundir un  mensaje de advertencia.

A través de sus raíces, el mensaje llegó a todos los rincones del planeta Cromado, pero ya era tarde, el fuego había corrido más ligero y rápido que los pies cansados de Abedul Siberia. El verde había desaparecido del planeta, sólo quedaba el castillo de lápices de colores, luchando su última batalla.

A ciudad Plantel le había salvado el secreto de su emplazamiento, pero pronto el rey Tizón de fuego podría ver la luz verde de ciudad Plantel resaltando en el negro.

En ciudad Plantel debían prepararse para la lucha y estaban solos.

Abedul Siberia salió del círculo preocupado. Liberar a Caña de Bambú era una medida muy peligrosa. Un bosque de abedules alrededor del anillo era una gran defensa. Gracias al plantel de semillas con más de siete años madurando, podían formar una muralla de crecimiento rápido tan verde, que ni el mayor de los incendios podría atravesar sin ahogarse.

Pero de todos era conocido que el bambú libre, extiende sus raíces invadiéndolo todo. Dependiendo de la intensidad del fuego en el exterior el bambú podría extenderse hacia el interior y exterminar Ciudad plantel. Los guardianes nada podrían hacer ya que el bambú avanza bajo tierra hasta que siete años después emerge en 7 días para alcanzar la altura de un árbol maduro.

Abedul Siberia recordaba esos negros pensamientos siete años después. Los incendios no habían cesado y sus temores se habían cumplido. Ya solo le quedaba confiar en la sabiduría de los 8 árboles quienes le recordaron que las plantas no luchan como lo hacen los hombres. Las plantas son compasivas,  son observadoras y  servidoras de la vida. Si para vivir había que morir, no sería la primera vez – dijeron. La tierra siempre sería su aliada. El fuego necesita combustible. Tarde o temprano si lo quema todo, acaba apagándose y de las cenizas un nuevo planeta verde saldría a la luz.

Una mañana, Abedul Siberia se despertó extrañado, pues la luz llegaba distinta. Entre las nubes un arcoíris comenzó a formarse y cabalgando llegaron el señor Caballete tres Patas y la señora Pincel Bigotes de Marta. Los enviaba la anciana Iris. Tizón de fuego retiraba sus maquinas y tropas de guerra y desde castillo lápices de colores estaban enviando emisarios por todo el planeta para recuperar el color.

Abedul Siberia se alegro por el fin de la guerra de colores pero se entristeció porque era tarde para ciudad Plantel. Los brotes de Caña de bambú comenzaban a invadirlo todo. En 7 días todo estaría perdido.

¿No es ésta una ciudad transhumante? Dijeron el señor y señora  Tres Patas y Bigotes de Marta, que eran un matrimonio muy bien avenido. Matriculados los dos en arquitectura de colores, con excelentes obras de arte.

En dos días construiremos un puente de color esperanza sobre el bosque de Bambú. Vayan preparando las maletas.

Y desde entonces, los caminantes confunden Ciudad Plantel con el bosque de bambú alrededor del cual se mueve para contenerlo, ya que Caña de Bambú a pesar de tener un espíritu luminoso, tiene poca memoria pues es muy joven y por ser demasiado servicial, si no se le pone freno, acabaría invadiéndolo todo de verde y cometería el mismo error del rey Tizón de fuego.

Pero la historia de la guerra de colores y del rey Tizón de fuego son otras historias que tendrán que ser contadas otro día, a luz de otra hoguera.

El castillo de lapices de colores

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En el castillo lápices de colores vivía la más anciana del universo  Coloreado. Se llamaba Pigmenta arcoíris, aunque todo el mundo la llamaba Iris por sus ojos multicolor iridiscentes.

Ella era la creadora de las más bellas obras de arte del planeta Cromado. Obras como los 5 continentes; el puente arcoíris ambulante; los 2 soles de día y noche;  los 3 océanos: amarillo, azul y rojo, el bosque de las 4 estaciones y el propio castillo de lápices de colores que con el tiempo se convirtió en la universidad blanca. Donde jóvenes de todo el planeta, estudiaban para crear y colorear pequeños mundos en la imaginación de los que caían enfermos, enredados en las sombras oscuras del blanco y negro, que el rey Tizón de fuego trataba de imponer a todo el planeta.

La anciana Iris vivía en lo más alto de la torre en el castillo lápices de colores y hacia cientos de años que no salía de allí.

Ella tenía el don de la teletransportación y desde que descubrió que había otros universos, pasaba poco tiempo en el planeta que la vio nacer.

Hacia mucho tiempo tuvo la suerte de encontrarse con el creador de mundos, cuando estaba creando un pigmento universal que contuviera todos los colores en uno y desde entonces procuraba pasar el mayor tiempo posible siguiendo la pista del creador de mundos. Para conocerlo mejor viajaba constantemente de un mundo a otro: de musicosmos, a danzacosmos, a cosmopalabra, a cosmoforma y sin poder parar maravillada con la creación.

En el planeta cromado corrían tiempos difíciles. El rey Tizón era cada vez más fuerte y sus máquinas humeantes iban oscureciendo el planeta envolviéndolo en una nube gris, que amenazaba con eliminar el color.

En la universidad, trabajaban sin descanso para crear paisajes de colores, pueblos de colores, personas de colores, animales de colores, pero nadie había capaz de crear algo nuevo que pudiera combatir al blanco y negro del rey Tizón de fuego. Todo lo convertía en cenizas o lo envolvía con una gruesa capa de hollín, carbón y humo, que apagaba cualquier color que quisiera destacar.

Esa era la excusa del rey Tizón. En su opinión todos debían ser iguales y como él, era negro como el carbón consideraba a los colores presumidos y presuntuosos siempre queriendo ser mejor que los demás.

Cuando el rey envió a su hijo carboncillo a la universidad todos se rieron de su pequeño vástago y le ignoraron por aburrido. Nadie creyó que carboncillo pudiera crear nada bello solamente con el  color negro característico de su familia.

El rey se enfadó mucho y mandó llamar a su hijo dispuesto a quemar la universidad, pero su hijo no quiso volver a casa. Se había enamorado del castillo, de sus murales, sus grafitis, sus laberínticas escaleras nómadas, que nunca sabias a donde te llevaban, sus burbujas  ascensores que te atrapaban al mínimo descuido,  sus ventanas de pasajes de cine,  sus puertas a salones, salas, dormitorios, cocinas y baños siempre transformados y habitados por todo un universo de artistas, que reían y creaban sin parar.

Al principio, cuando todos le ignoraban, él  paseaba y observaba maravillándose a cada paso y no le importaban los cuchicheos. Había tantas cosas para aprender.

Después de la amenaza del rey, algunos pasaron a odiarlo y otros a temerlo, pero como sabían que mientras el estuviese en el castillo, el rey no haría nada malo, nadie se reía de él, pero tampoco, nadie hablaba con él.

A carboncillo eso no le preocupaba, así podía andar por el castillo a sus anchas. Observando las obras de arte que le rodeaban aprendió a dibujar sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos, que a diferencia del trazado de sus dibujos, eran en colores.

Todos los días el archivero mayor subía a lo más alto de la torre para ver si la anciana iris había vuelto de sus viajes, pero la puerta de su estudio siempre  estaba  cerrada. Hacia años que la anciana no salía y todos comenzaban a pensar que quizás había muerto. Nunca antes había estado tanto tiempo fuera, con la puerta cerrada.

La verdad es que ella solo volvía de sus viajes cuando un nuevo artista se graduaba con la culminación de su primera obra artística, pero atareados como estaban dando color a lo que el rey Tizón oscurecía, nadie tenía tiempo para crear obras de arte.

Por eso aquel día de la primavera esmeralda del año 42.720 de la era Pigmenta, el archivero decidió gastar sus últimas fuerzas en un concurso de arte colorado.

Todos los pinceles, ceras, acuarelas, rotuladores, tintes, y enfín, todo aquel que soñara en color debía presentarse al concurso. El tema a desarrollar era la anciana madre de aquella universidad: Pigmenta Arcoiris.

El archivero tenía la esperanza de que un concurso así, traspasara las fronteras del universo colorado y llegase a los oídos de Iris.

No contaba con los oscuros pensamientos del rey Tizón, que puso toda su maquinaria de guerra en acción. Envolvió el planeta cromado en una oscura nube que impedía salir cualquier mensaje de color.

Llegó el día del concurso. El castillo de lápices de colores era el único lugar en el planeta Cromado que tenía color. El rey Tizón esperaba el veredicto para terminar su conquista. Esperaba que la obra de su hijo fuera la ganadora y si tenían la osadía de dárselo a otro, lo quemaría todo y por fin, todo el planeta sería negro con sombras grises, ya que en la guerra de tantos años, la luz del sol ya no podía traspasar las oscuras  nubes y el blanco había desaparecido también.

Los jóvenes artistas estaban expectantes, tenían la esperanza de que su obra trajera de vuelta a la anciana iris. La única capaz de vencer al rey Tizón.

El primero en presentar su obra fue un pincel de pelo de marta finísimo que había utilizado 10.356 líneas de colores para tratar de imitar los ojos arcoíris de la anciana. Le siguió un joven tinte amante de la abstracción, que había chapoteado bailando entre pigmentos diluidos en escamas de peces arcoíris. Simbolizando la mirada iridiscente de la anciana.

Luego un moderno grafitero, presentó el tren arcoíris de la vida que contaba la historia de las maravillas logradas por la anciana.

La lista de las obras fue tan larga como el día y si bien todas fueron maravillosas, ninguna poseía la vida de las grandes obras de los maestros colorados, cuya última representante era  Pigmenta Arcoiris.

Por último, carboncillo subió al escenario y presentó su obra. Un punto negro sobre un fondo blanco.

Los presentes habían perdido la esperanza de que la anciana apareciese y esto les enfureció mucho. Ya resignados a perder la libertad  creativa, abuchearon, pitaron e insultaron a carboncillo. Si no hubiese estado la guardia personal del rey Tizón, probablemente   lo hubieran apaleado.

Los nervios estaban muy alterados y nadie sabía como podía terminar aquello cuando una fina luz plateada descendió y recorrió todo el salón de actos haciendo callar a todo el mundo. Era una estrella que se había colado por los conductos del aire y cuando se posó en el escenario, resplandeció y tras de sí, presentó a una anciana Iris de lo más jovial y contenta.

Hola a todos, perdón por llegar tarde, fueron sus primeras palabras. Y les contó que estaba en musicosmos escuchando un concierto cuando le enseñaron aquella obra maestra que parecía ser parte de un concurso en su honor.

Desde luego no se lo podía perder, pero tampoco podía salir en mitad del concierto sin faltar al respeto a sus nuevos amigos de musicosmos. El concierto duró tres días. En musicosmos el tiempo no existía cuando sonaba la música.

En cuanto terminó se teletransportó hasta casa y por lo que veía había llegado justo a tiempo para contemplar aquella obra maestra. El punto negro.

El público no entendía nada, aquello era la obra de un traidor, de un asesino del color, al servicio de su padre.  ¿Cómo podía la anciana llamar obra maestra a aquel horror?

Por favor, me encantaría ver terminada la obra, le dijo Iris a carboncillo. Este sonrió y concentró toda su voluntad en aquel punto negro que ante la mirada atónita del público prendió fuego en una minúscula llama roja que enseguida se convirtió en azul y luego verde y seguida por el amarillo, el naranja, el violeta, el ambar, el celeste y todos los colores imaginables, que al impregnar el aire, mostraron el vivo retrato del ojo derecho de la anciana.

Una imagen que a semejanza de unos fuegos artificiales quedó en la memoria de todos los presentes durante el fugaz instante en que la obra se quemó y desapareció del aire.

Nadie podía imaginar que un carboncillo negro pudiera crear todos los colores del universo y el que menos podía imaginarlo, era el rey Tizón, que recordó porque su apellido era Fuego y recordó el planeta cuando en las hogueras donde vivían los Tizones, ellos eran los que contaban las historias de colores de los tiempos antiguos. Recordó las risas y  la ley antigua del renacer:  “morir para vivir y vivir para morir”.

Volvió a su palacio de carbón y diamantes. Apagó sus maquinas de guerra y la luz y el color volvieron al planeta Cromado.

 

 

Basajaun

 

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Txomin cerró los ojos y disfrutó de la tibieza del sol en su cara. A sus pies un mar de nubes tan espeso que invitaba a

pasear sobre él. El sol hacia ya una hora que  se elevaba por encima y Txomin tuvo que recordarse que últimamente , a sus 92 años siempre perdía el reto que hacía al sol cuando dormía en el valle.  Los tiempos en que ganaba la carrera y  sentado sobre el mar de nubes, esperaba hasta ver salir los primeros rayos que iluminaban las Malloas, ya eran historia. Lo mismo que su oficio. Txomin era el último pastor del valle de Araitz. Ese valle que ahora seguramente despertaba inquieto allá abajo. Para Txomin despertar con el sol y subir por encima de las nubes era importa

nte. Esos días, el valle desparecía de la vista, y el silencio de las montañas de Aralar  que sobresalían sobre las nu

bes como castillos de piedra y bosque,  le transportaban al principio de los tiempos cuando todo lo que tiene nombre, existe.

Los jóvenes habían perdido el

don de ver y hablar con los ancianos.

A veces, algunos jóvenes escuchaban atentos las historias que Txomin contaba sobre Basajaun pero cuando les proponía ir a visitarlo, todos le trataban de viejo supersticioso que todavía creía en cuento

s mitológicos.

Una vez un joven le acompaño hasta el viejo roble de 400 años donde habita basajaun y pasaron un semana entera a su alrededor con sus ovejas, mientras hubo pasto. Txomin por las noches trataba de e

xplicar al joven los mensajes que Basajaun le daba durante el día pero el joven era incapaz de ver o de sentir el espíritu del viejo roble. El último Basajaun del valle.

Txomin, apoyada su espalda contra el roble, recibía con claridad sus mensajes sobre lo que es justo y lo que es desproporcionado.

El invierno llegaba con retraso. El viejo Basajaun era el único que lo sabía y por ello mantenía sus hojas verdes mientras los de

más árboles hacia tiempo que se habían desprendido de ellas.

Algo va mal, le dijo Txomin al joven. Basajaun nunca antes había estado tan cargado de bellotas. Muchos van a morir. Creo que es viene una guerra.

El joven después de  unos días volvió al valle, pensando que Txomin se hacía mayor y que estaba cada vez peor.

Y Txomin anduvo preocupado durante muchos días, porque sabía que Basajaun nuca se equivocaba y la muerte acechaba.

Por suerte, fue cuando bajó al valle, a por algunos alimentos, cuando entendió. No era una guerra de hombres lo que se avecinaba sino el genocidio de una especie. Los árboles muertos apilados en los bordes de las carreteras. Cementerios de almas, Los madereros estaban talando sin medida e indiscriminadamente. Vaciando el valle de su mayor preciado tesoro. El pulmón y el agua del valle camino de convertirs

e en un desierto de zarzas y espinos.

Por eso, estaba Txomin esa mañana sobre el mar de nubes dejando su oficio de pastor para plantar todas las bellotas que había podido atesorar.

Había tratado de explicar a

los demás el mensaje de Basajaun pero nadie le había querido hacer caso. Nadie entendía que para que el último de los ancestros no abandonara el valle, la reforestación era imprescindible.

Que para que la abundancia de la vida siguiera habitando el valle, la regeneración de lo perdido era el único camino.

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De seguir así, en dos generaciones más, todo podría estar perdido, le había dicho Basajaun y Basajaun nunca, desde el inicio de los tiempos se ha equivocado.

Elur ttanttak

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Era un invierno que no era invierno. Había llegado diciembre y aún no había nevado.

La luna estaba preocupada y por eso preguntó al sol:

-       ¿Por qué calientas tanto este invierno?

-       Por qué la tierra me ha dicho que los hombres  le están haciendo mucho daño y tiene frio.

-       Sin nieve no podré enviar los buenos deseos de año nuevo a mis amigos, los niños que sueñan.

-       No te preocupes, para cuando estés en luna nueva, viene una tormenta y podrás enviar los deseos.

Llegó la tormenta y la luna envió en lagrimas de plata los deseos para que pudieran bajar a la tierra sobre estrellados copos de nieve.

Pero sucedió que ese mismo día llegó un viento malhumorado y gruñón y comenzó a discutir con la tormenta.

Truenos, relámpagos, ráfagas de viento y torbellinos por el cielo arrastraban y subían y bajaban a los copos de nieve, que no podían volar hacia la dirección que ellos querían.

La luna pidió ayuda al sol. Sus deseos se iban a perder en la tormenta.

El sol que siempre tenía ideas brillantes, le dijo que no se preocupara. Que se diera la vuelta para que la luna nueva se convirtiera en luna llena. Una luna de plata que reflejara el sol y con su fuerza pudiera traspasar las nubes.

Se hizo un claro de nubes y la tormenta se suavizó. Los rayos del sol pudieron llegar hasta las lagrimas de plata que viajaban en los copos de nieve y estos pudieron volar hacia sus destinos cayendo suavemente en el silencio de la noche para que por la mañana los niños pudieran encontrar y jugar con sus deseos entre muñecos , trineos y bolas de nieve.

Meditación y escritura creativa

Diapositiva1Diapositiva2   MEDITACION Y ESCRITURA CREATIVA

¿De qué trata el taller?

Es una exploración del subconsciente con claves de humor y amor.

¿Amor?

Porque a través de la meditación y unas pautas de reflexión haremos una regresión (opcional), donde el perdón y la gratitud conformarán una guía de aprendizaje para sacar a la superficie y limpiar obstáculos y anclas del pasado.

Con la comprensión es posible la aceptación y con ésta es posible el amor incondicional.

En caso de no sentir la necesidad de hacer una regresión, la conexión del silencio en la meditación también nos acerca al amor incondicional desde la comprensión de que todos somos uno.

¿Humor?

Porque aprovecharemos las reflexiones y la escritura espontánea para escribir en clave de humor nuestra vida, como un cuento desde que nacimos hasta el presente.  Usaremos la cualidad del elemento fuego que en medicina china se asocia con la alegría, la dirección y la claridad, por un lado y con la idea de adherirse a lo positivo, por otro.

No como bueno o malo, sino en el sentido, de qué de toda experiencia se puede aprender algo. Hay mucha claridad en el relativizar la importancia que nos damos y reírse de uno mismo.

¿QUÉ HAREMOS?

Lo que salga de nuestro interior. Desde esta idea original de escribir nuestra vida en clave de humor y amor, tendremos la libertad de la escritura creativa espontánea.

Cada uno decidirá si quiere seguir ese guión o no.

Podemos escribir sin guión y dejar que salga la expresión del laberinto de nuestras ideas.

Podemos querer vivir una aventura épica, una historia de amor…

Podemos trabajar con los sueños futuros o pasados y cambiarles el final o escribir uno nuevo.

En el transcurso del fin de semana propondremos practicas  que nos ayuden a dejar salir el subconsciente a la superficie. para ello:

ADEMÁS

- Las disciplinas que nos acompañaran en este viaje serán fundamentalmente la meditación y la escritura pero para fortalecer nuestro espíritu, también practicaremos algo de Chi kung, Clow, un danzar con la energía y consignas para la interpretación de sueños.

DATOS PRACTICOS

Empezaremos el sábado 21 a las 9:30 y terminaremos el domingo 22 a las 14:00, para despedirnos con la comida.

El coste del taller será de 80 € más la pensión completa de sabado y domingo de 50 €. En total  130 €.

En caso de que alguién quiera llegar el día antes (viernes). Dormir y desyunar serán 15 € más.

La inscripción se formalizará al ingresar 30 € 10 días antes. En caso de apuntarse más tarde si quedan plazas el taller costará 50 € más.

Para realizar el ingreso ponerse en contacto con Juanjo:

jjelola@hotmail.com    ó    T:  677 08 62 68

BAILANDO

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“Ella era el silencio del aire en una habitación llena de extraños. Viajaba por cada arruga de la tierra, por cada poro de la existencia. Se dejaba balancear, y de vez en cuando posaba su quietud en otro mundo, brevemente, con cuidado, de nuevo dando pequeñas pinceladas a una realidad que era irreal porque solo existÍa fuera. Ella decía que se llamaba observar, tocar, cantar, oler.

Era niña, era anciana.

Era que era una PERA.”

“El aire recorre mi piel, salvo el aire de mis ojos. A través de mis ojos lo de fuera esta dentro pero no a la inversa. Dos huecos llenos del todo que esta fuera. El aire hace ser pájaro a mi voz, colarse por todo, para otra vez volver a mi, a través de mis ojos. Reconozco, me reconozco y por eso me nombro como Patricia. Puedo mirar con cuidado. Doy pinceladas a ese cuadro que estoy viviendo”

 

12 días de poesía cuasitaoista.

 

 

 

12 DIAS

 

1

En el tiempo de la espera,

renace el recuerdo del tiempo de la esperanza.

Con el tiempo de los recuerdos,

se unen los hilos de la hebra de nuestro querer

que es ahora amor.

En el tiempo compartido de tornados y brisas,

de caricias que han sido sonrisas

se ha forjado la invisibilidad de la distancia

que nos mantiene en el mismo espacio,

en el mismo palpitar de la existencia.

Donde a pesar del tiempo,

uno más uno, es uno.

Somos uno.

—————————

2

MEJOR DOS

En la espera, el tiempo se detiene.

La unidad. La quietud. El todo.

Sin embargo,

en el movimiento está el misterio.

En el movimiento está el gozo del descubrimiento.

Solo sentir,

solo amar,

solo estar.

Solo, es demasiado.

Mejor dos, que es menos.

Mejor dos que te permite sentir,

que te permite amar,

que te permite estar para el dos,

incluso, quizás para el tres,

o para el cuatro,

o finalmente también,

para el todo.

———————————————–

3

Es la magia del destino, la espera.

En el tiempo de los susurros y las caricias,

un destello de vida

se abre paso en el laberinto de los deseos.

El espacio que los separa

es eterno, es presente,

anula el tiempo,

es ausente.

 

No queda tiempo entre tu piel y mi piel:

TRES

———————————————

4

Lau haizetara dice la canción.

Nace una mirada que grita ese sentimiento.

El calor desborda el palpitar de mi alegría cuando me toca,

Inhalo un suspiro de aliento de vida que lo alimenta.

Escucho su música en el tintineo de la lluvia cuando paseo por las sombras.

En silencio, en el espacio vacío, en mi centro oigo el susurro de las cuatro paredes que alimenta el secreto de nuestra unión:

 

Ese sentimiento

——————————————-

5

El sabor de la tierra que desprendes al caminar,

se hace tacto en el aire al bailar

y fluyen los ríos de tu cintura,

que ondulan al viento el porte de tu presencia.

 

Es la luz de tu esencia la que llena tu ausencia.

———————————

6

MÍSTIKA

Viajo en el tiempo de tu ausencia,

acumulando espacios vacíos

que pesan en mi memoria

para deleitarme en los detalles

de tu fragancia,

como sutiles imágenes que cautivan

la mística percepción

de un sexto sentido

que me deleita

con el gozo de tu llegada,

más allá,

del tiempo de tu ausencia.

—————————-

7

Es la alquimia que surge del caldero,

quien me sostiene.

En el filo del camino recorro

los cañones que conducen los ríos

de mis sentimientos.

La luz de sus cielos, me mantiene

despierto en los atardeceres,

sacándome de las tinieblas

cuando llego a la bifurcación de los siete caminos:

 

alegría, Ira, Preocupación, Tristeza, Pensamiento, Miedo, Conmoción.

———————————————

8

Infinito no es un número.

Es la realidad última de su movimiento.

Ondulante, desde el suelo al

salto fuera de la gravedad.

Rodando, deslizándose.

Equilibrios de pasos, giros y caídas premeditadas.

La realidad de su movimiento en un eterno presente

que convierte el infinito caído,

en la esbelta silueta del número 8 donde

puedo asirme  a su cintura

de apoyos, caricias y abrazos eternos.

 

Es el sueño del baile eterno

donde no existe el tiempo,

solo el espacio de nuestros círculos

abrazados al infinito.

—————————–

9

En el estomago una sensación de vacío,

podría ser hambre pero no lo es.

En el pecho un pulso,

como un sutil pinchazo discontinuo.

En la cabeza una nebulosa,

como un recuerdo latente que no termina de llegar.

A ratos levanto la cabeza de golpe,

mirando a todos lados,

renazco por un destello de luz

confundido con el encuentro del tiempo.

Llego a casa, son las nueve

y sonrío con el residuo del recuerdo

que atesoro en mi cuerpo,

aunque nostálgico y resignado,

porque el silencio me recuerda

que aun estamos en el tiempo de la distancia.

————————————-

10

En el 10 se sitúan el uno y el cero.

El espacio vacío que deja tu huella en mi.

Y el tiempo completo que deja tu huella en mi.

Dos huellas, dos pasos

y el baile de la vida que nos lleva

a ser uno,

ser círculo sin fin.

Caminando sobre huellas,

caminando sobre pasos.

de pasado y el futuro.

Añoro el presente.

Aroma, tacto, música, sabor y

tu luz.

———————————

11

Dos líneas en paralelo.

Parecerían no destinadas a juntarse.

Un giro menor a 360 grados.

El comienzo de un círculo.

Un cruce sobre ellas mismas.

Del círculo a la cuadrícula.

Otro giro seguido de infinitos giros.

Infinitos cruces de encuentros.

De uniones y conjunciones.

Enhebrando la red un camino tridimensional.

Dos líneas, dos raíles.

El sustento de una línea,

el tren de una vida.

Llega del universo de los infinitos unos indivisibles

que son uno,

al mundo de los dobles uno,

que son uno.

————–

12

En Primavera, el viento y la madera

consagran su unión

con el verde manto de la vida.

En Verano juegos de luz

despejan las sombras

de las dudas.

En Otoño los tintes

de la pasión

siembran los frutos

del futuro.

En invierno

el punto de la partida

acoge la llegada

del final.

Un ciclo de vida y muerte

12 meses.

12 días.

12 respiraciones.

El Uno inspira, el Dos expira.

Ahí.

Más cerca que tu respiración.

 

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