Alma la guardabosques

 

“Ciudad Arbórea” era en realidad un bosque. Era lo que Alma la guardabosques, siempre había conocido como el bosque ancestral.

-¿Qué es una ciudad?- le había preguntado Aritz el roble, en su primer encuentro. -¿Qué es un guardabosques?- le había preguntado también ese mismo día.

Desde ese primer encuentro con Aritz el roble, el universo de Alma había cambiado drásticamente. Ahora se había convertido en una ladrona de árboles de ciudad, a la que perseguía el jefe de policía de “Ciudad Acorazada”.

Aritz no era un anciano roble porque tuviera más de 3.000 años. En el planeta Cromado todavía había muchos árboles de más de 3.000 años, a pesar de los hombres, que poco a poco estaban colonizando y cambiando el planeta.

Aritz era anciano porque sus raíces llegaban a comunicarse con el tocón más anciano del planeta que era un descendiente de “Ciudad Plantel” Una ciudad de otra época, ya muy lejana. De cuando los árboles gigantes habitaban el planeta. Nadie sabía que edad podía tener el tocón. Sus anillos pararon de crecer aproximadamente a los 90.000 años pero las pruebas de carbono 14 habían determinado una edad de al menos 400.000 mil años.

El tocón  de 33 metros de diámetro, lo que hacía presuponer un árbol de más de 400 metros, estaba aún vivo y la fotosíntesis se seguía realizando a pesar de no tener hojas. El bosque que lo rodeaba mantenía vivo al anciano tocón.

Alma como guardabosques siempre había destacado por su capacidad de observación y por su olfato. Ella podía distinguir el humor de los árboles por su olor. Si aparecía alguna plaga, los árboles cambiaban de olor. Siempre pensó que quizás esa, era la manera de comunicarse de los árboles. Alma pensaba que de alguna manera los árboles hablaban entre ellos. Un día guiada por un extraño olor llegó al centro mismo del bosque. Allí encontró al tocón y estaba tan fascinada que hasta que se hizo de noche no se dio cuenta de que estaba perdida.

Se acurrucó bajo un viejo roble con la esperanza de que la noche no fuera muy fría. Por la mañana, se despertó feliz. No había pasado frío. Curiosamente la cubría un manto de hojas que ella no recordaba haber acumulado. Pensó que el viento la habría tapado.

Ese día encontró el camino de vuelta a casa y empezaron sus investigaciones científicas. Durante un año, estudió el tocón. Lo midió, analizó y examinó rigurosamente y su conclusión era indiscutible. Ek tocón estaba vivo y eran los árboles que lo rodeaban aliados con los hongos quienes lo mantenían vivo. La pregunta que no podía responder y le traía de cabeza era el por qué.

Durante ese año sucedieron cosas extraordinarias. Siempre que se quedaba a dormir, despertaba con un manto de hojas cubriéndole que ella no había recogido. Al principio, aunque ella marcaba el camino para no perderse, nunca conseguía llegar por el mismo camino pero siempre llegaba. Al final dejó de marcar. Parecía que el camino siempre se abría a su paso.

Otras cosas extraordinarias también pasaron pero la que lo cambió todo fue cuando Alma habló con Aritz el viejo roble guardabosques.

Alma, después de un largo día de trabajo se fue a sentar bajo el roble donde se había quedado a dormir algunas noches de verano.

Al principio pensó que le picaba la espalda, luego que había algún animalillo entre el tronco y su espalda. Puso sus manos sobre el tronco y sintió una corriente como el hormigueo de los cables de teléfono. El tronco vibraba como el pulso de un corazón. La savia subiendo y bajando por el tronco del viejo roble cuya corteza era gruesa y dura por lo que Alma no entendía como era posible sentir ese latido que llegaba de más a dentro, tras la corteza.

Alma como científica intentaba comprender esto pero no tuvo tiempo de estudiar, ni siquiera de pensar. La vibración llegó a su cerebro y se crearon imágenes. Imágenes que ella convirtió sin querer en palabras. El viejo roble le estaba hablando.

Le estaba contando la historia del bosque y la historia del planeta. Una información almacenada en el viejo tocón.

Fue así, como Alma supo el por qué los árboles jóvenes mantenían vivo a su ancestro.  Todos los árboles en el bosque eran una gran familia.

Aritz le indicó otra manera de mirar al bosque y entornando los ojos. Mirando sin mirar, con una mirada abierta pudo ver una gran columna de luz que se elevaba sobre el tocón y descubrió que aunque su tronco, sus ramas y sus hojas ya no se veían, una figura de luz translucida del árbol que en su día fue, se fundía con la luz del cielo.

Alma descubrió que los árboles no solo se comunican por el olor, atrayendo a los polinizadores y repeliendo a las plagas. También se comunicaban por las raíces y cada árbol y cada planta vibraba en una frecuencia diferente. El tocón conocía todas las frecuencias y almacenaba todo el conocimiento de las plantas del bosque. Los hongos que vivían bajo tierra y por todo el bosque eran la red de comunicaciones que usaban los árboles para comunicarse unos con otros.

Así fue como Aritz  que estaba en medio del bosque junto al tocón, había tenido noticias de los árboles de Ciudad Acorazada y su sufrimiento. Durante años algunas semillas de los árboles de ciudad Acorazada gracias al viento o a los pájaros habían podido huir de la ciudad y con el tiempo la información de esas semillas fue pasando de generación a generación, de árbol a árbol hasta llegar a los lindes del bosque ancestral que se encontraba a 242 kilómetros de Ciudad Acorazada.

Aritz supo como a los árboles se les encarcelada en rectángulos de hormigón  que las raíces no podían traspasar, por lo que tampoco podían crecer en proporción a sus ramas, las cuales, al vivir incomunicadas y solas, sin sombra de otros árboles y con toda la luz del sol para ellas crecían demasiado y cuando el viento era demasiado fuerte se quebraban y cuando la nieve se acumulaba demasiado también se quebraban. Si aún así no se quebraban, las podaban y las herían tan brutalmente que antes de alcanzar la edad adulta morían. Casi ningún árbol superaba los 150 años, apenas comenzando la adolescencia.

Por todo esto y muchas más razones Aritz se comunicó con Alma y le pidió que devolviera los árboles al bosque.

Así fue como Alma se convirtió en la ladrona de árboles de ciudad.

 

Jim Metal era el jefe de policía de Ciudad Acorazada. Por lo que el sabía, debía su nombre a algún ancestro minero de la familia, pero el contaba a todo el mundo que era un apodo, por su gusto por la música Heavy Metal.

Jim estaba muy enfadado. El alcalde le presionaba para que descubriera quien estaba robando los árboles de la ciudad. Como si no tuviera otros problemas más importantes. ¿Qué podía saber el de árboles? y ¿Qué importaban unos pocos árboles? En su opinión no hacían falta árboles en su ciudad.

Como no sabía por donde empezar decidió consultar a un guardabosques que le explicará cuando menos, qué había qué hacer para robar un árbol.

Según el alcalde al principio solo desaparecieron los árboles pequeños, pero últimamente estaban desapareciendo árboles de más de 50 años. Una secuoya que  alcanzaba ya los 16 metros, se la llevaron a plena luz del día. A los transeúntes les dijeron que estaba enferma y se la llevaban una temporada para reanimarla. Algo totalmente imposible, eso de reanimarla y volverla a traer, por lo que le contaron más tarde.

Alma escuchó pacientemente al jefe de policía y tuvo que agarrarse las manos para que no se le notaran los nervios, de lo asustada que estaba con aquella visita inesperada.

Cuando Alma se dio cuenta de que ella no era sospechosa, se tranquilizó y ofreció al policía un te azul para equilibrar su enfado.

En lugar de darle pistas sobre lo que era necesario para transplantar un árbol, le contó que en realidad ella estudiaba la vida de los árboles en el bosque ya que en la ciudad todos los árboles estaban condenados a morir muy jovenes y no se los podía cuidar, ni hablar igual que a los del bosque.

-¿Hablar?- le preguntó Jim.

Y Alma rápidamente para eliminar sospechas, le dio una pista sobre los posibles ladrones, a los que alma llamó vándalos sin escrúpulos haciéndose la escandalizada y sorprendida.

Para tranquilizarlo Alma le dijo que por el patrón que parecían seguir  los ladrones, estos no iban a robar los árboles que formaran un pequeño núcleo parecido a un bosque, sino árboles solitarios o separados unos metros unos de otros. En su opinión podrían ser ecologistas radicales que querían llamar la atención por la tala desmesurada de bosques o gente pobre que necesitaba combustible. Pero ella no era una experta policía.

  • Muy interesante observación -  dijo Jim Metal y se quedó pensativo.

Alma aprovechó para contarle la animada vida de los árboles en el bosque. Habló de los árboles y sus similitudes con la organización social de los seres humanos y como los bosques evolucionan aunque sea tan lentamente que es muy difícil darse cuenta de los cambios sutiles. Le hizo comprender que 150 años apenas eran el comienzo de la vida de un árbol que podría vivir más de mil años y cientos de miles en un bosque antiguo.

Le explicó que los árboles no hablan con palabras sino mediante el olor, la vibración, la química y la vista.

- ¿La vista? Jim metal estaba fascinado. Cuanto más hablaba la guardabosques, más guapa le parecía. Su pasión por los árboles le parecía fascinante y a Jim Metal, el policía de peor humor de la ciudad, se le empezaron a cruzar pensamientos de dulzura y admiración que le hormigueaban en el estomago.

- Claro. La vista.- Respondió Alma. Las llamativas flores son un claro ejemplo. Las flores son un mensaje para los insectos, para qué les ayuden a polinizarse y así poder reproducirse. Es como cuando tu te vistes elegante para quedar con una mujer a la que quieres agradar o como cuando al verla el corazón se te acelera o se te pone un hormigueo en el estomago. No son mensajes hablados pero todos los sentimos.

Jim Metal sintió el calor en sus mejillas, nervioso y sorprendido a la vez, pues se le paso por la cabeza que aquella mujer le había leído sus pensamientos.

Se despidió rápida, cortésmente, agradeciéndole su ayuda y con un breve:    le mantendré informada, que dejó a Alma algo alarmada. Quizás había hablado demasiado y se había delatado.

Alma llamó a su amigo el mago, el que le había explicado que el secreto de la magia era distraer al público para que no descubrieran el truco. La maniobra de distracción había servido para robar la Secuoya, pero ahora toda la ciudad estaba alarmada por la desaparición de los árboles, tenían que idear un plan para desviar la atención.

Su amigo el mago Xun consiguió inventar algunas argucias, pero transplantar un árbol y que no muriese en el intento requería mucha delicadeza y tiempo.

Consiguieron algo de tiempo y ventaja robando en otras ciudades, haciendo creer así a la población, que el ladrón de árboles ya no estaba en la ciudad.

Pero en el siguiente robo, la población se asustó y se enfado más. Todo el mundo quería ver al ladrón entre rejas y castigado.

Alma sentía un desasosiego en su interior que no le dejaba dormir hasta que un día cuando visitaba al roble Aritz encontró una posible respuesta: hacer magia de verdad le había recomendado Aritz.

Cuando Alma conversaba con Aritz era una inmersión en el mundo vegetal que era como transitar una ciudad.

El bosque es una ciudad le había dicho Aritz. Yo también soy una ciudad.

Alma pasaba horas y horas observando como por la corteza agrietada de aquel roble los insectos, los líquenes, musgos y todo tipo de animales transitaban y trabajaban y se alimentaban y se protegían unos a otros. También había alguna pequeña guerra cuando algunos insectos u hongos avariciosos atacaban al viejo roble cuando a este se le caía una rama y quedaba herido. La herida abierta era un manjar de azucares de fácil alcance. Pero el roble que ya había sobrevivido a muchos ataques, generaba un olor que atraía a otros insectos o pájaros que se alimentaban de  los atacantes. El viejo roble con su gran copa alimentada por el sol y sus grandes raíces alimentadas por el agua, alimentaba y daba cobijo a una gran comunidad de seres, pero no se dejaba matar por los avariciosos.

Yo mismo soy una ciudad recordó Alma que Aritz le había dicho y observar esa ciudad y esa vida le parecía pura magia. Verdadera magia. Tenía que convencer a la población que robar los árboles no era un robo sino un acto de compasión, pero mientras estuvieran asustados nadie podría comprenderlo.

Alma decidió crear una nueva ciudad. La llamaría Ciudad Arborea, en honor al bosque ancestral, una ciudad donde se diera cobijo a los árboles enfermos y donde sus habitantes trabajasen para cuidar y sanar a los árboles y a las personas enfermas de asfalto, hormigón y luces artificiales. Sería una ciudad sin electricidad. No sería una ciudad fácil de habitar, nada atractiva para los consumidores y perezosos, pero si para aquellos dispuestos a trabajar y vivir en comunidad.

Por otro lado, para transformar el miedo en oportunidad, debería reconvertir Ciudad Acorazada. La transformaría en una ciudad jardín, donde las plantas pudieran comunicarse. Una ciudad donde en cada balcón, en cada terraza pudieran sembrarse plantas, incluso hortalizas, que no árboles. Plantas que no necesitan un entramado de raíces. Plantas que se comunican por el aire. También habría que construir acueductos y canales que aliviaran el sofoco del asfalto. Ciudad acorazada debería convertirse en una ciudad verde para que sus ciudadanos no echaran de menos a los árboles, qué habían esclavizado durante años, los cuales solo deberían vivir en comunidad en alguno de los grandes parques. Aunque cierto es que siempre se podría recurrir a los solitarios sauces, los cuales prefieren vivir en soledad en lugar de en un bosque.

De camino a casa y con su cabeza repleta de ideas, sonrió pensando en Jim Metal, quien en los últimos meses con la excusa de pedir consejo técnico había visitado asiduamente y había conquistado el corazón de Alma. A la vez que el rudo Jim Metal había descubierto su amor por Alma la guadabosques y sus árboles.

Alma sonreía porque ahora comprendía porque Aritz el primer día le preguntó  por su soledad. Alma había sentido cuando se comunicó con Aritz que no debía estar sola, que debía compartir esa experiencia, pero por aquel entonces todavía no se había encontrado con Jim Metal. De quién tuvo, desde el principio la extraña sensación de que ya se conocían de tiempo atrás.

Al despedirse Aritz habló directamente a la mente de Alma y la despidió:

- Hasta la vista Alma, en otra era conocida como Acuarela coloreada, esposa y amante del famoso minero y fotógrafo, Jim Metal, padre de la gran artista Pigmenta Arcoiris que muchos años después fundaría el castillo de lápices de colores.

Alma no entendió todos esos nombres y parentescos pero sí, que Jim Metal era la clave para comenzar un nuevo camino entre árboles y personas.

 

 

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